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Dijo esto, sabiendo que Millie no podía ir a buscarlo porque estaba en combinación.
– Desde luego. Voy a buscarlo en seguida… Señorita Pole, atienda a la señora.
Al quedarse a solas, las dos muchachas se sonrieron. – ¿Le agrada el empleo, ahora que lo tiene?
– No es exactamente lo que yo suponía, señorita. – ¿No le da satisfacciones?
– Creo que nada es como nos lo figuramos. Naturalmente, podría ser peor.
– He entrado para volverla a ver a usted.
– ¿De veras? Pero espero se quedará con el traje, señorita. Le sienta como pintado y es adorable.
– Si no anda con cuidado la enviarán a la sección de ventas, Millie.
– ¡Oh, no iría! No se reciben más que cumplidos. – ¿Dónde está el corchete?
– Aquí. No hay más que uno solo y puede cerrarlo usted misma, con un poco de esfuerzo. He leído lo de su hermano, señorita. ¡Es horroroso!
– Sí – contestó Di
– ¡Buena suerte a usted, señorita!
Acababan de dejarse las manos cuando volvió la empleada. – Siento haberla molestado – dijo Di
– ¿Usted cree, señora? Es un modelo de París. Veré si puedo convencer al señor Better para que haga algo por usted. este es su traje. Señorita Pole, vaya a decirle al señor Better que venga, ¿quiere?
La joven, que ahora llevaba puesto el modelo blanco y negro, salió.
Di
– ¿Permanecen mucho tiempo con ustedes sus maniquíes?
– Bueno, no. Quitarse y ponerse trajes todo el día es una ocupación que impacienta bastante.
– ¿Y qué es de ellas?
– De un modo u otro, acaban casándose.
¡Cuánta discreción! Algo más tarde, cuando el señor Better – un hombre flaco, de cabellos grises y modales perfectos – hizo saber que apara la señora» reduciría el precio a de terminada cantidad, que aun así continuaba siendo espantosa, Di
Llegó a Oxford Street y se detuvo al borde de la acera, esperando el momento de cruzar la calle. Muy cerca suyo estaba la cabeza blanca y huesuda de un caballo de tiro. Comenzó a acariciarlo en el cuello, deseando haber tenido un terrón de azúcar. El caballo no le hizo caso y tampoco se lo hizo su dueño. ¿Por qué habría debido hacérselo? Desde el primero hasta el último día del año pasaban y se paraban, se paraban y pasaban por aquel maelstrom, lentamente, pacientes, sin esperanza de liberación, hasta que los recogieran en el suelo, agotados, y se los llevaran.
Un urbano invirtió la dirección de sus mangas blancas, el cochero sacudió las riendas y el caballo avanzó, seguido de una larga procesión de coches. El urbano invirtió nuevamente la dirección de sus mangas, y Di
– Usted perdone, ¿le he pisado un pie, señorita? Mientras sonriendo decía que no, el urbano invirtió la dirección de sus mangas blancas y ella cruzó la calle. Llegó a Gower Street y superó rápidamente su singular desolación. «Un río más, un río más que atravesar, y se encontró en los Meads, con su laberinto de callejuelas miserables, de arroyos, de vida infantil. En la Vicaría, su tío y su tía estaban por una vez en casa los dos y se disponían a sentarse a la mesa. También Di
– El viejo Tasburgh y yo convencimos a Bentwarth para que hablase con el Secretario de Estado y, anoche, el «Squire» me envió este billete: «Todo cuanto Walter ha querido decir, es que tratará el asunto desde el punto de vista de la justicia, sin contemplaciones para con lo que él llama el "rango" de su sobrino… ¡qué palabra! Siempre he dicho que el individuo hubiese tenido que seguir siendo liberal.»
– ¡Desearía que tratara el asunto desde el punto de vista de la justicia! – exclamó Di
– Es una relación contra los tiempos antiguos, Di
– Mientras venía hacia aquí, he estado pensando en varias cosas, tío. ¿De qué ha servido que tú y Hubert, papá y tío Adrián y millones de otras personas hayáis cumplido lealmente con vuestro cometido? Aparte de lograr pan y vino, desde luego.
– Pregúntaselo a tu tía.
– Tía May, ¿de qué sirve?
– No lo sé, Di
– Ya sabía que tía May evitaría contestarme. Hazlo tú, tío. – Bueno, Di
– Hubert dice en su Diario que una atención hacia los demás es una atención hacia consigo mismo. ¿Es verdad?
– Es un modo más bien imperfecto de exponer la cuestión. Yo prefiero decir que dependemos tanto los unos de los otros que, para cuidarnos de nosotros mismos, es necesario no descuidar a los demás.
– Pero, ¿vale la pena?
– ¿Quieres decir si vale la pena vivir? – Sí.
– Después de cincuenta mil años (Adrián dice que por lo menos un millón) de vida humana, la población del mundo es, en modo notable, mucho más abundante de cuanto jamás haya sido. Pues bien, considerando todas las miserias y las luchas del género humano, la humanidad, tan consciente como está de sí misma, ¿habría continuado si no valiese la pena vivir?
– Creo que no – repuso Di
En ese momento entró la doncella.
– El señor Cameron desearía verle, sir.
– Hágale pasar, Lucy. Te ayudará a volverlo a encontrar, Di
El señor Cameron entró. Era un hombre bajo y demacrado, sobre los cincuenta, de ojos célticos, grises y brillantes, cabellos oscuros algo canosos y nariz ligeramente ganchuda.