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– ¿Guardaste los que te hiciste cortar? -Sí, tía.

– Entonces no los dejes salir de la familia. Dicen que volveremos de nuevo a lo antiguo. Antiguas, pero modernas, ¿sabes?

Sir Lawrence le guiñó un ojo

– ¿Es que no lo ha! sido nunca, Di

¿ Qué tipo? – preguntó lady Mont -. No constituyas un tipo, Di

– ¿Por qué no haces posar a tía Em en mi lugar, tío? Creo que es más joven que yo, ¿no es cierto, tía?

– No me faltes al respeto. Blox, mi Vichy.

– Tío, ¿cuántos años tiene Bobbie?

– Nadie lo sabe a ciencia cierta. Probablemente sesenta. Un día u otro se descubrirá la fecha de su nacimiento; pero tendrán que hacer como con las plantas: cortar una sección transversal y contar los círculos. No pensarás casarte con él, ¿verdad, Di

– No es fácil hacerle la corte a Di

– Dile que mañana por la mañana iré a ver a Kit. Le he comprado un nuevo juguete llamado «Parlamento». Son unos animales divididos en varios partidos. Todos chillan y albo rotan de modo diferente y se quedan quietos cuando no es el momento oportuno. El Primer Ministro es una cebra y el Ministro de Hacienda un tigre estriado. Blox un taxi para la señorita Di

Michael había ido a la Cámara, pero Fleur estaba en casa y le comunicó que el prefacio del señor Blythe ya se había enviado a Bobbie Ferrar. En cuanto a los bolivianos, el ministro aún no estaba de regreso, pero el agregado había prometido conocerle a Bobbie una entrevista extraoficial. Había estado tan amable que Fleur no podía decir qué intenciones tenía, incluso dudaba que tuviese alguna.

Di

Otro día parecido al que acababa de transcurrir y luego, al igual que un marino que se despierta al primer movimiento que nota debajo de sí, así se despertó Di

«Apreciada señorita Cherrell:

Ayer tarde entregué el Diario de su hermano al Secretario de Estado. Prometió leerlo por la noche, y yo tengo que verle hoy, a las seis en punto. Si quiere usted venir al Foreign Office a las seis menos diez, podríamos entrar juntos.

Sinceramente suyo,

R. FERRAR.»

¡Aún todo un día entero! Pero ahora Walter ya había leído el Diario, quizá ya había tomado una decisión. Al recibir esa nota formal, tuvo la sensación de estar tomando parte en una conspiración y de tener la obligación de guardar el secreto. Instintivamente, nada dijo de ello, e instintivamente también quiso mantenerse alejada de todos hasta que la cuestión no se hubiese resuelto. Eso mismo tenía que experimentar alguien que estuviese esperando una intervención quirúrgica. La mañana era hermosa y salió, sin saber adónde iría. Pensó en la National Gallery, pero decidió que mirar cuadros era una cosa que requería demasiada atención. Entonces pensó en la Abadía de Westminster y en la joven Millicent Pole. Fleur le había encontrado colocación como maniquí en la casa Frivolle. ¿.Por qué no ir allí a mirar los modelos de invierno y de paso a ver de nuevo a la muchacha? Sin embargo, era bastante odioso el hacerse enseñar trajes no llevando la intención de comprar y causar tantas molestias en balde. Pero si Hubert era puesto en libertad, daría una «zambullida en las profundidades» y se compraría un regio traje, aunque le costara todo lo que tenía. Por lo tanto, dándose ánimos, se encaminó hacia Bond Street, atravesó la estrecha corriente de gente siempre en movimiento, llegó a la. casa de modas Frivolle y entró.

– Pase usted, señora.

La acompañaron al piso superior y se sentó en una silla. Permaneció allí, con la cabeza algo ladeada, sonriendo y diciéndole cosas amables a la empleada, porque recordaba que un día, en una gran tienda, una dependienta le había dicho: «No tiene usted idea, señora, de lo distinto que es para nosotras cuando una cliente sonríe y se interesa por lo que tenemos. ¡Encontramos a tantas señoras difíciles ¡Los modelos eran muy «nuevos», muy caros y sobre todo poco convenientes, a pesar de la insistencia de la empleada

– Con su figura y su color, señora, este traje le sentaría maravillosamente.

No sabiendo si al preguntar por la señorita Millicent Pole le haría un bien o un mal, escogió dos trajes para examinarlos. Una muchacha muy esbelta, altanera, de cabecita bien conformada y de hombros anchos, entró llevando puesto el primero, una «creación» en blanco y negro. Con paso lánguido, atravesó la sala, apoyando una mano donde habría debido estar la curva de la cadera y la cabeza vuelta como si buscara la otra, de forma tal que confirmó la aversión de Di

– Me alegro de volverla a ver.

La boca suave de la muchacha, semejante a una mórbida flor, sonrió dulcemente.

«Es maravillosa» – pensó Di

– Conozco a la señorita Pole – le dijo a la empleada -. Este traje, vestido por ella, parece magnífico.

– Está hecho completamente para su tipo. La señorita Pole es un poco redondita. Permítame probárselo.

No muy convencida de haber recibido un cumplido, Di

– Hoy no puedo decidir. Además, no estoy segura de que pueda permitírmelo.

– No importa, señora. Señorita Pole, entre ahí y quíteselo; se lo probaremos a la señora.

La muchacha se lo quitó. ¡Aún más maravillosa! – pensó Di

– La señora es extraordinariamente esbelta – observó la empleada.

– ¡Seca como un arenque!

– ¡Oh, no! La señora tiene los huesos bien cubiertos.

– A mí me parece perfecta – repuso la muchacha impetuosamente-. La señora tiene estilo.

La empleada cerró el corchete.

– Perfecto -dijo- Algo ancho quizá; pero podemos arreglarlo.

– Se me ve demasiado desnuda.

– Oh, pero con una piel como la de la señora, está muy bien.

– ¿Quiere enseñarme el otro traje llevado por la señorita Pole?