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El sargento mayor Idiáquez se adelantó bastón en mano e intimó a los rebeldes a deponer su actitud de inmediato. Era mero formulismo, e Idiáquez, un veterano que habíase amotinado él mismo no pocas veces en otros tiempos -sobre todo en el año 98 del siglo viejo, cuando la falta de pagas y la indisciplina nos hicieron perder media Flandes-, intervino breve y seco volviéndose a nuestras filas sin esperar respuesta. por su parte, ninguno de los que teníamos enfrente pareció dar más importancia al trámite que el propio sargento mayor, Y sólo se escucharon gritos aislados de «las pagas, las pagas». Tras lo cual, siempre muy erguido sobre la silla de montar e implacable bajo su coraza repujada, don Pedro de la Daga alzó una mano guarnecida de ante.

– ¡Calaaaad… arcabuces!

Los arcabuceros encararon sus armas, el dedo en el gatillo de la llave de mecha, y soplaron las cuerdas encendidas. Los mosquetes, más pesados, apoyábanse en las horquillas apuntando a los de enfrente, que empezaban a agitarse en sus filas; inquietos, pero sin resolverse en actitud hostil.

– ¡Orden de fuego!… ¡A mi voz!

Aquello resonó bien claro en la explanada, y aunque algunos hombres de las hiladas rebeldes retrocedieron, debo decir que casi todos permanecieron impertérritos en sus puestos, pese a las bocas amenazantes de los arcabuces leales. Yo miré a Diego Alatriste y vi que, como la mayor parte de los soldados, incluso quienes sostenían las armas y quienes enfrente aguardaban a pie firme la escopetada, miraba al sargento mayor Idiáquez; y los capitanes y sargentos de compañías también lo miraban, y éste miraba a su vez a usía el señor maestre de campo. Que no miraba a nadie, como si estuviera en un ejercicio que lo fastidiara mucho. Y ya alzaba la mano Jiñalasoga cuando todos vimos -o creímos ver, que es más propio- cómo ldiáquez hacía un levísimo ademán negativo con la cabeza: apenas un movimiento que ni siquiera podía considerarse como tal; un gesto inexistente, digo, y por tanto no reñido con la disciplina, de modo que más tarde, cuando se indagaron responsables, nadie pudo jurar haberlo visto. Y con ese gesto, justo en el instante en que don Pedro de la Daga daba la voz de «fuego», las ocho compañías leales abatieron sus picas, y los arcabuceros, como un solo hombre, dejaron sus armas en el suelo.