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Pero volvamos a Oudkerk. Aquél fue el primero de los muchos motines que también yo conocería más tarde, en los veinte años de aventuras y vida militar que habrían de llevarme hasta el último cuadro de la infantería española en Rocroi, el día que el sol de España se puso en Flandes. En el tiempo que narro, este tipo de alboroto habíase convertido ya en institución ordinaria de nuestras tropas; y su proceso, viejo de cuando el gran emperador Carlos, se llevó a cabo con arreglo a ritual conocido y preciso. Dentro de algunas compañías, los más exaltados empezaron a gritar «pagas, pagas», y otros «motín, motín», entrando en alboroto, la primera, la del capitán Torralba, a la que pertenecían los dos condenados a muerte. Lo cierto es que, al no haber antes carteles ni conspiración, todo vino a hilarse espontaneo, con opiniones contrapuestas: algunos eran partidarios de conservar la disciplina, mientras otros se afirmaban en abierta rebeldía. Pero lo que agravó el negocio fue el talante de nuestro maestre de campo. Otro más flexible habría puesto velas a Dios y al diablo, obsequiando a los soldados con palabras que quisieran oír; pues nunca, que yo sepa, hubo verbos que al más avaro le dolieran en la bolsa. Me refiero a algo del tipo señores soldados, hijos míos, etcétera; argumentos que tan buena tajada dieron al Duque de Alba, a don Luis de Requeséns y a Alejandro Farnesio, que en el fondo eran tan inflexibles y despreciaban tanto a la tropa como el propio don Pedro de la Daga. Pero jiñalasoga era fiel a su apodo, y además se le daban públicamente un ardite sus señores soldados. Así que ordenó al barrachel y a la escolta de tudescos que llevaran a los dos reos al primer árbol que hubiese a mano, seco o verde ya daba lo mismo; y a su compañía de confianza, ciento y pico arcabuceros de los que el maestre de campo era capitán efectivo, que se viniera al centro del rectángulo con las cuerdas de mecha encendidas y bala en caño. La compañía, que tampoco estaba pagada pero gozaba de ventajas y privilegios, obedeció sin rechistar; y aquello calentó más los animos.

En realidad sólo la cuarta parte de los soldados quería el motín; pero los revoltosos hallábanse muy repartidos por las banderas y llamaban a la sedición, y muchos hombres se veían indecisos. En la nuestra era Curro Garrote quien más alentaba el desorden, hallando coro en no pocos camaradas. Eso hizo que, pese a los esfuerzos del capitán Bragado, amenazasen con romper casi toda la formación, como ocurría ya en parte de las otras compañías. Corrimos los mochileros a las nuestras, resueltos a no perdernos aquello, y Jaime Correas y yo mismo nos abrimos paso entre los soldados que vociferaban en todas las lenguas de las Españas, algunos con el acero desnudo en la mano; y como de costumbre, según esas mismas lenguas y sus tierras de origen, tomaban partido unos contra otros, valencianos a una parte y andaluces de la otra, leoneses frente a castellanos y gallegos, catalanes, vascongados y aragoneses cerrando para sí mismos y por su cuenta, y los portugueses, que alguno teníamos, viéndolas venir agrupados y en rancho aparte. De modo que no había dos reinos o regiones de acuerdo; y mirando hacia atrás, uno no lograba explicarse lo de la Reconquista salvo por el hecho de que los moros también eran españoles. En cuanto al capitán Bragado, tenía en una mano una pistola y en la otra la daga, y con el alférez Coto y el sotalférez Minaya, que llevaba el asta de la bandera, intentaban calmar a la gente sin lograrlo. Empezaron a pasar entonces de compañía en compañía los gritos de «guzmanes fuera», voz muy significativa del curioso fenómeno que siempre se dio en estos desórdenes: los soldados ostentaban muy a gala su condición de tales, decíanse todos hijosdalgos, y siempre querían dejar claro que el motín iba contra sus jefes, no contra la autoridad del rey católico. Así que, para evitar que esa autoridad quedara en entredicho y el tercio deshonrado por el suceso, se permitía de mutuo acuerdo entre la tropa y los oficiales que estos últimos saliesen de filas con las banderas y con los soldados particulares que no querían desobedecer. De ese modo, oficiales y enseñas quedaban sín menoscabo de honra, el tercio conservaba su reputación, y los amotinados podían retornar después disciplinadamente bajo una autoridad de la que, en lo formal, nunca habían renegado. Nadie quería repetir lo del tercio viejo de Leiva, que tras un motín fue disuelto en Tilte, y los alféreces rompían entre lágrimas las astas y las banderas quemándolas por no entregarlas, y los soldados veteranos desnudaban los pechos acribillados de cicatrices, y los capitanes arrojaban a tierra quebradas las jinetas, y todos aquellos hombres rudos y temibles lloraban de deshonra y de vergüenza.

De modo que retiróse de las filas muy a su pesar el capitán Bragado, llevándose la bandera con Soto, Minaya y los sargentos, y lo siguieron algunos cabos y soldados. Mi amigo Jaime Correas, encantado con el zafarrancho, andaba de un lado para otro e incluso llegó a vocear lo de afuera guzmanes. Yo veíame fascinado por la algarada y en algún momento grité con él, aunque se me retiró la voz cuando vi que de veras los oficiales dejaban la compañía. En cuanto a Diego Alatriste,diré que estaba muy cerca de mí con sus camaradas de escuadra; y tenía grave semblante, con ambas manos descansadas en la boca del arcabuz cuyo mocho se apoyaba en el suelo. En su grupo nadie cambiaba palabra ni se descomponía lo más mínimo; excepción hecha de Garrote, que ya había formado concierto con otros soldados y llevaba la voz cantante. Por fin, cuando Bragado y los oficiales salieron, mi amo volvióse a Mendieta, Rivas y Llop, que se encogieron de hombros, sumándose al grupo de amotinados sin más ceremonia. Por su parte, Copons echó a andar tras la bandera y los oficiales, sin encomendarse a nadie. Alatriste emitió un suave suspiro, se echó al hombro el arcabuz e hizo ademán de ir detrás. Fue entonces cuando reparó en que yo me hallaba cerca, encantado de estar allí adentro y sin la menor intención de moverme; de modo que me dió un pescozón bien recio en el cogote, forzándome a seguirlo.

– Tu rey es tu rey -dijo.

Luego caminó sin prisa, yéndose por entre los soldados que le abrían plaza y de los que nadie, viéndolo retirarse, osaba hacerle reproches. Así fue a situarse conmigo en la explanada, cerca del grupo de diez o doce hombres formado por Bragado y los leales; aunque lo mismo que Copons, quien se estaba allí quieto y callado como si nada fuera con él, procuró mantenerse un poco aparte, casi a medio camino entre ellos y la compañía. Y así apoyó de nuevo el arcabuz en el suelo, puso las manos sobre la boca del caño, y con la sombra del chapeo en los ojos glaucos se estuvo muy quieto, mirando lo que pasaba.

Jiñalasoga no daba su brazo a torcer. A los dos reos los estaban colgando los tudescos entre gran alboroto de la tropa, de la que otras banderas y oficiales habían salido también afuera. Pude contar cuatro compañías amotinadas de las doce que formaban el tercio, y los revoltosos empezaban a juntarse unos con otros, con gritos y amenazas. Oyóse un tiro, que no sé quién disparó, y que no dio a nadie. Entonces el maestre de campo ordenó a su bandera calar arcabuces y mosquetes en dirección a los amotinados, y a las otras leales maniobrar para situarse también frente a ellos. Hubo órdenes, redobles de cajas, clarinazos, y el propio don Pedro de la Daga hízose un par de gallardas cabalgadas de un lado a otro del campo, poniendo las cosas en su sitio; y he de reconocer que con muchas asaduras, pues cualquiera de los descontentos podía haberle enviado lindamente una rociada de arcabuz que lo dejase listo de papeles sobre la silla. Pero no siempre el valor y la hideputez andan reñidos. El caso es que a trancas y barrancas, las más de las veces con manifiesta desgana, las compañías leales vinieron a situarse en línea frente a los amotinados. Hubo entonces más redobles y toques de corneta, ordenando a los oficiales y soldados fieles unirse a las compañías escuadronadas; y allá se fueron Bragado y los otros. Copons estaba junto a Diego Alatriste y yo mismo, como dije algo separados del resto- y al oír la orden y comprobar que el tercio se situaba frente a los rebeldes armas en mano y humeando las cuerdas de mecha, los dos veteranos dejaron sus arcabuces en el suelo, se despojaron de los doce apóstoles -el correaje con doce cargas de pólvora que llevaban en una pretina cruzada al pecho- y de ese modo echaron a andar detrás de su bandera.

Yo nunca había visto nada semejante. Al escuadronarse en batalla los leales del tercio, las cuatro compañías amotinadas terminaron juntándose a su vez; y también ellas adoptaron la formación de combate, piqueros en el centro y mangas de arcabuces a los ángulos, viéndose reordenar susfilas, en ausencia de oficiales, a cabos de escuadra e incluso a simples soldados. Con instinto natural de veteranos, los amotinados conocían de sobra que el desorden era su pérdida, y que, paradojas de la milicia, sólo la disciplina podía salvarlos de su indisciplina. Así que sin disminuirse un punto ejecutaron sus maniobras al uso que solían, hilándose muy uno por uno en sus puestos de combate; y pronto llegó hasta nosotros el olor de sus cuerdas de arcabuz encendidas, y las horquillas de mosquetes empezaron a afirmarse en tierra con las armas listas para hacer fuego.

Pero el maestre de campo quería sangre u obediencia. Los dos sentenciados ya colgaban de un árbol; así que, resuelto el negocio, la escolta de tudescos -grandes, rubios e insensibles como trozos de carne- rodeaba de nuevo alabardas en alto a don Pedro de la Daga. Dio nuevas órdenes éste, Volvieron a sonar cajas, corneta y pífanos, y siempre con su maldito puño derecho en la cadera, Jiñalasoga vio cómo las compañías leales se ponían en marcha avanzando contra los amotinados.

– ¡Tercio de Cartagena!… ¡Aaaal…to!

De pronto quedó todo en silencio. Compañías leales y rebeldes estaban en filas cerradas a unas treinta varas de distancia unas de otras, todas con las picas dispuestas y los arcabuces bala en caño. Las banderas salidas de las filas habíanse juntado en el centro de la formación, con los soldados fieles escoltándolas. Yo estaba entre ellos, pues me quise meter en la línea junto a mi amo; que ocupaba su puesto con la docena de hombres de la compañía que no estaban del otro lado, entre el sotalférez Minaya y Sebastián Copons. Sin arcabuz, con la espada en la vaina y los pulgares colgados del cinto, Diego Alatriste parecía hallarse allí sólo de visita, y nada en su actitud indicaba que estuviese dispuesto a acometer a sus antiguos compañeros.

– ¡Tercio de Cartagena!… ¡Alistaaaar… arcabuces!

Recorrió las filas el sonido metálico de los arcabuceros al preparar sus armas poniendo pólvora en la cazoleta y la cuerda encendida en la llave. Entre el humo grisáceo que despedian las mechas, veía yo desde mi lugar los rostros que teníamos enfrente: curtidos, barbudos, con cicatrices, ceños resueltos bajo las rotas alas de los sombreros y los morriones.

Al movimiento de nuestros arcabuces algunos hicieron lo mismo, y muchos coseletes de las primeras filas calaron sus picas. Pero oyéronse entre ellos gritos y protestas -«señores, señores, razón», se voceaba- y casi todos los arcabuces y picas rebeldes se alzaron de nuevo, dando a entender que no era su intención batir a compañeros. A este lado, todos nos volvimos a mirar al maestre de campo cuando su voz resono en la explanada:

– ¡Sargento mayor!… ¡Devuelva a esos hombres a la obediencia del rey!