Страница 32 из 69
Capítulo 9. LAUREN
Estoy escondida detrás del cajón de cartón lleno de calcetines que hay en el armario de Ed. Llamé diciendo que estaba enferma, cogí el puente aéreo de Delta a La Guardia, y me fui en taxi al estupendo apartamento de dos habitaciones que Ed tiene en el Upper East Side. Chuck Spring volvió a darme la tabarra ayer por no escribir con un estilo lo suficientemente «latino», y en vez de arriesgarme a darle una patada en la boca, decidí tomarme un tiempo libre y husmear por ahí. Entré con mi llave. No me espera hasta el fin de semana que viene.
Hace unos minutos he registrado los cajones y bolsillos en busca de pruebas. He encontrado una caja grande de condones azules y faltan seis, y una pinza del pelo que no es mía. Ed no es de los que usan condón; la pinza podría ser suya.
Acaba de entrar por la puerta y no está solo. Espío por una rendija de la puerta del armario y la veo caminar sobre tacones vulgares, sandalias de plástico blanco de tacón alto. Fuera hace un frío glacial. Deduzco que debe de estar loca. También lleva una minifalda de punto rosa con triangulitos blancos y medias color carne. Le veo la cara de refilón. Parece tan joven como la voz que había en el contestador, pero tiene la piel más oscura de lo que esperaba. Por algún motivo su voz de niña bien no me sonaba a la de una puta callejera de Juárez, con los labios resquebrajados pintados de naranja y una fosca permanente en el pelo. Su último mensaje confirmaba su cita de esta noche para cenar.
– Cocinaré para ti -decía, ida y orgásmica-, en tu casa.
Soy una psicópata, claro. Pero tengo motivos. Necesito toser. Maldita sea. Aguanta, Lauren, aguanta. Trago, cierro los ojos, me concentro en otra cosa. Ya pasa. Abro los ojos justo cuando Ed le palmea el trasero. Se quita el blazer azul marino con botones de ancla dorados y se lo da a ella, riéndose. Oh, oh. Me paralizo. ¿Abrirá el armario? Susurro como si fuera un mantra:
– Por favor no, por favor no.
Y funciona. Suelta la chaqueta en una silla.
Oigo a Ed hacer un pis sorprendentemente largo con la puerta del baño abierta. Lola empieza a abrir armarios buscando ollas y sartenes. Ed tira de la cadena, sale silbando. Se para ante el armario y se estira, eructa, se va al salón. De hecho, cocina y salón forman parte de la misma habitación, delimitados tan sólo por los azulejos y la alfombra. Ed se desploma en un sillón de cuero, uno de esos de masaje, y pone la CNN en la tele. Vuelve a eructar. Es encantador. Hablan en pausado español mexicano mientras ella corta una cebolla con precisión y rapidez. Intento oír lo que dicen, pero las cañerías que pasan junto a mí han empezado a rugir. Edificio antiguo, calefacción de vapor. Me aclaro un poco la garganta confiando en que nadie me oiga. En un momento me llega el olor de aceite caliente y cebolla frita con chile en polvo, frijoles y carne. Se oye un anuncio del partido de los Cowboys y, como era de esperar, Ed sube el volumen, se levanta de un salto y alza un brazo a lo John Travolta en Saturday Night Fever. He visto ese gesto muchas veces; hace como si golpeara el suelo con un balón de fútbol americano, su pequeño touchdown personal.
– ¡Aja! -grita sacudiendo el trasero.
Lola no levanta la vista. Ed parece desilusionado por que no haya reparado en su proeza. Se encoge de hombros, se sienta y se ríe solo de un anuncio de cerveza con unos tíos haciendo estupideces. Me echo hacia delante y guiño un ojo en la rendija para ver a Lola delante del fuego removiendo la comida con tanto ímpetu que se le mueve el firme culazo. Una vez, cuando la madre de Ed me preguntó si sabía guisar los platos favoritos de «mi'jo», bromeé diciéndole que sabía hacer «la tostada con mantequilla perfecta, eso cuando no trabajo». Frunció el ceño, le dijo algo al oído a Ed, y salió de la habitación.
Me pica todo y tengo que hacer pis cuando Lola llama por fin a Ed a la mesa. Oigo ruidos, sillas desplazándose, Ed silbando la sintonía del programa de O'Reilly. Tengo un pie dormido. Estoy sofocadísima. Oigo cubiertos raspando los platos. Ed abre otra lata de cerveza. Y otra más.
– Delicioso -dice Ed-. Eres una gran cocinera, Chula, así como mi madre…
Oh, oh.
Si aparezco ahora, va a decir que sólo son amigos. Tengo que esperar.
Me encojo y espero hasta que Lola ha lavado los platos, los ha secado con un paño, los ha recogido y le ha dado un masaje en los hombros a Ed mientras él se hurga los dientes con el dedo. Finalmente, oigo el húmedo chasquido de un beso. Él muge como un toro enfermo, ella se ríe como un pollo. Le dice que es guapísima. Lola le llama «guapo», ahora sé que está loca.
Ed puede ser muchas cosas, pero guapo no es una de ellas.
Las voces retroceden hasta el dormitorio. Es sorprendente cuántas mujeres quieren acostarse con este mexicano feo y grande. Podría abalanzarme ahora, darle una patada en el culo. Pero quiero pillarle en plena faena. Le daré un minuto o dos, más allá de eso habrá terminado. Estúpido armario, huele como un almacén. Guarda los trajes en el dormitorio, la ropa de sport aquí. En el caso de Ed, eso son pantalones khakis, mocasines, botas camperas y gorras de los Dallas Cowboys que no quiere tirar por superstición.
¿Guapo? Quizá, si entornas un poco los ojos. Es casi guapo, que es peor que feo de remate, porque puede engañar con su buen tipo y el guardarropa. Es cabezón, creo que lo he mencionado un par de veces, y tiene la cara cubierta de cráteres de acné mal curado. Tiene los lóbulos de las orejas protuberantes, algo que pasa desapercibido inicialmente, pero que cuando reparas en ello no puedes dejar de mirar. Tiene la nariz torcida y ancha, y un ojo más caído que el otro, como un San Bernardo abandonado. Pero es alto -ya saben lo que cuenta eso en el caso de un hombre-, y tiene una dentadura preciosa y una bonita sonrisa. Su cuerpo es casi espectacular, fruto del squash y el sushi, pero tiene papada. No me preguntes por qué; no encuentro otra explicación que la predisposición genética. Fuma de vez en cuando, pero nunca lo notas porque siempre lleva chicle en el maletín. Con un tipo así, puedes escoger la botella medio llena o la medio vacía. Tú decides.
Empiezo a moverme, lo más clandestinamente que puedo, con las articulaciones doloridas y heladas, y la vejiga a reventar. Un par de pantalones me golpean la cabeza, bien bien almidonados. Los aparto de un manotazo; tiene unos veinte pares, todos planchados con raya. Viste como si hubiera crecido yendo a clubes de campo, en vez de a rodeos mexicanos. Al salir de trabajar los viernes, se pone cómodo y sale a tomar unas copas con «los chicos» (todos blancos) en los bares del UpperWest Side. Me dijo que le habían preguntado si era camboyano, paquistaní, o algo así. Nunca le han preguntado si es mexicano, ¿sabes? Cuando lo contó le miraron como quien ve pasar a Elvis desnudo montado en una cabra.
Cuando le conocí, era funcionario de información del alcalde de Boston; yo era una corresponsal novata que cubría el ayuntamiento. Andaba detrás de otros hombres, pero había perdido toda la fe. Él fue el primer latino que conocí capaz de distinguir de un vistazo a una mujer de una drag queen. La mayoría no pueden. Ven a algo ambiguo con nuez, piernas afeitadas, falda ajustada, peluca rubia y larga, labios rojos y grandes y tetas postizas, y se atropellan unos a otros, poniendo boca de beso y tarareando: Ay, Mami. Ven aquí, preciosa, bella, mujer de mi vida, te amo, te adoro, te quiero para siempre. Cerebros de mosquito.
Ed no era así. Fue el primer latino que conocí moderado y profesional, el primero que no se quejaba todo el rato de la opresión y el imperialismo. Fue el primer chicano que conocí sin ningún interés en lowriders o en murales de graffiti. Jugaba al golf, y se movía entre los blancos como ellos. Usaba la palabra «absolutamente» a todas horas, marcando cada sílaba, y movía la cabeza mostrando preocupación. Irradiaba tanto estilo y puro poder que me deslumBró. Ed es exactamente el tipo de hombre estable con el que me gustaría tener hijos. Parecía de los que nunca deja la manguera pudrirse al sol, como hacía papá. Un caballero ordenado. Así que qué importaba que no me atrajera lo más mínimo sexualmente. Pocos matrimonios conozco que tengan buenas relaciones sexuales.
Me arrastro fuera del armario y veo unos Tupperware amontonados sobre el mostrador con etiquetas amarillas: lunes, martes, miércoles, jueves. La hermana de Ed, María, viene los fines de semana a lavar la ropa y cocinarle. Es diseñadora gráfica, pero lo hace como si fuera su obligación. Deja enchiladas de pollo, menudo, tamales, frijoles y arroz rojo para cada comida, y se va sin sonreír. Tenía una oferta de trabajo mejor en Chicago, pero se quedó en Nueva York para estar cerca de su hermano. ¿Cuántos años cree que tiene? ¿Seis? Le pregunté a él, y me contó que fueron criados en un ambiente pobre y tradicional por una madre soltera mexicana que no tuvo reparos en usar el cinturón con ellos, por lo que María y él llegaron a estar muy «unidos». María me mira de arriba abajo y evita hablar cuando intento darle conversación, sólo porque soy la novia de su hermano. Eso es muy raro. No estoy segura de querer saber cómo de unidos llegaron a estar, ¿vale? Le cocina. Le lava los calzoncillos de Calvin Klein. Le plancha los calcetines.
Me acerco de puntillas a la puerta entreabierta del dormitorio, pasando sobre el sucio sostén amarillo de Lola. Es tan barato y vulgar como los zapatos de plástico. Oigo los muelles de la cama Ethan Alien chirriar. Se me hiela la sangre y no puedo ni respirar bien. Paro, escucho durante un buen minuto y trato de recordar por qué amo a este hombre.
Se declaró en Nochevieja, en un elegante hotel del centro de San Antonio, mientras su madre lagrimeaba en la servilleta, con servilletero navideño incluido. Fue una gran velada, con champán, cena y baile, y su familia al completo. Lo convirtió en todo un acontecimiento, arrodillándose y ofreciéndome ese anillo barato con tal dramatismo, que todo el mundo dejó lo que estaba haciendo y se puso a aplaudir, un puñado de absolutos desconocidos, todos texanos cabezones. Fui feliz durante una hora, mientras bailamos con un malísimo grupo tipo Huey Lewis, soplamos matasuegras y nos llenamos el pelo de confeti. Entonces fuimos a nuestra habitación para consumar el compromiso, por decirlo de alguna forma. A partir de ahí cambió. Se volvió brusco y empezó a hablar en español, algo que no suele hacer.
– ¿Eres mi puta? -mascullaba con la mirada ida-. ¿Eres mi puta? ¿Eres mi pequeña prostituta abierta sólo para mí? ¿Eres mi zorra?
Cuando le pregunté después, se disculpó y dijo que su primera experiencia sexual lo había marcado para siempre. Ocurrió en un pueblecito cerca de la frontera mexicana. Sus tíos le llevaron a una casa de putas para convertirle en un hombre cuando tenía trece años. Bebieron tequila y se fue a una habitación pestilente de color rosa con una prostituta embarazada. Cuando salió, sus tíos le dieron una palmada en la espalda y un fajo de dinero en una caja de zapatos. Se arrejuntaron en el Crown Victoria del tío Chuy y cantaron corridos hasta llegar a San Antonio. Como ya he dicho, debería habérmelo imaginado entonces. Pero decidí ver la botella, bien, ya sabes, medio llena. Lo que no sabía es que estaba medio llena, pero de bilis.
No me choca, pues, que jadee los mismos insultos a la señorita Lola cuando reúno el valor suficiente como para plantarme en el umbral del dormitorio.
– ¿Eres mi puta, mi putita estúpida, abierta sólo para mí?
Sólo que ella dice: