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Señala una cifra enterrada entre la abundante letra pequeña del contrato. Me quedo boquiabierta y Frank se ríe. Hago un cálculo rápido. Hablamos de millones. Habría salido de allí feliz con cien mil.
– Es para cubrir tus gastos, claro, pero fundamentalmente para producir tu primer álbum, que saldrá a finales de marzo, previa distribución de copias promocionales con la mayor antelación posible. No lo malgastes. Parece mucho, pero tendrás que pagar todo tú misma, el alquiler del estudio, la producción, los aparatos, las mezclas, los músicos. Todo menos la promoción, que empezaremos desde ahora mismo -me explica Joel.
Miro fijamente la cifra.
– Si entregas el disco a tiempo -prosigue- recibirás el resto.
Señala otra cifra: más millones. Me quedo helada de nuevo. Los ojos de Frank brillan y despliega la poderosa y ancestral sonrisa de nuestra gente.
– Además -continúa Joel-, obtendrás un porcentaje adicional por cada disco vendido, y por las canciones que se pongan en la radio, como compositora, artista y productora ejecutiva. Y por supuesto, cualquier beneficio derivado de la gira promocional de proyección internacional. Hemos acordado invertir mucho en promoción, así que supongo que te conocerán bien en Latinoamérica, España y en el mercado hispanohablante de Estados Unidos. Asia es una posibilidad para este tipo de música. Siempre lo es. Los derechos extranjeros son otro asunto, pero Frank se asegurará de conseguir un buen acuerdo. ¿No, Frank?
Frank asiente.
– Eh, Cuicatl, sé que no querrás grabar un single en inglés. Pero piénsatelo. Cada vez colaboramos más con Wagner. Tu música tiene el doble potencial -dice Joel.
– ¿Cuánto más supondría? -pregunto.
No estoy casada con el español. Me da igual un idioma europeo que otro.
Joel lanza un silbido.
– Depende de ti -dice Frank-. Pero podrían ser unos millones más.
– Chinga -digo, sin pensar.
– Oye eso -dice Joel, mirándome divertido.
Entonces, porque se ha firmado el contrato, porque soy Cuicatl, protegida por el espíritu de Ozomatli y el del jaguar, y me da igual parecer una paleta sorprendida, repito la misma palabra a voz en grito.
Joel se levanta cuando nos vamos a marchar, y me abraza.
– Bienvenida a la familia Wagner, Amb… errr, Cuicatl -dice-. Que te quede claro desde ahora que esperamos mucho de ti.
No bromea.
Estamos a mediados de febrero, que suele ser una buena época para el mercado inmobiliario, pero la mayor parte de la gente no encuentra casa en esta ciudad ni por asomo. ¿Por qué? Porque el precio medio de una casa en Boston es tres veces más elevado que en el resto de Estados Unidos, según un nuevo estudio. Una casa aquí vale casi el triple de lo que costaría en cualquier otra parte. Ojalá pudiera comprarme una, pero como millones de personas aquí, seguiré con mi apasionado idilio de alquiler con este sobrevalorado burgués, en esta carísima ciudad, pagando, como suelo, un precio muy alto por el amor.
De «Mi vida», de LAUREN FERNÁNDEZ