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La reina de la belleza colombiana y ex modelo ha sido escogida por la revista Beantown de Boston como una de las solteras más codiciadas desde hace tres años, desde que su aparición en el programa matinal de WRUT disparó los índices de audiencia y catapultó el programa al primer puesto. Era la primera vez que un canal en Boston había contratado a una presentadora con acento, una opción arriesgada que resulto rentable porque Liz era tan vivaz y encantadora que todos encontraban excitante su pronunciación y aspecto exóticos. La pregunta es, ahora que sabemos que la esbelta latina juega para el equipo contrario, ¿seguirán los bostonianos adorando a la adorable Liz? ¿O deberíamos llamarla «la adorable Les»?

Escucho el resto del artículo, tan mal escrito como la primera parte, y me siento fatal.

– Deben de tener algo contra ella -digo.

– No sé, esta foto parece auténtica.

– Deben de estar intentando hundirla por alguna razón.

– No creo.

– Voy a llamarla. Vilma, por favor, acérqueme el teléfono.

– No, no lo harás -dice Roberto apuntando con el dedo a mi cara-. No quiero que vuelvas a hablar con ella, ¿has entendido?

Vilma sale del cuarto suspirando en alto.

– ¿Por qué?

Me lanza esa mirada, la misma que cuando cree que me estoy tirando al vendedor de entradas de la ópera o al viejo abogado sentado a mi lado en «la Fiesta» (léase: Navidad) de la empresa de Roberto.

– Oh, por favor -digo-. ¿Qué te pasa? ¿Crees que quiero montármelo con mi mejor amiga? ¿Estás loco?

– No soy yo el que tiene un problema -dice-. Ya lo sabes. Eres tú quien lo tiene. Las mujeres normales, las mujeres decentes no tienen esos problemas, y sabes de qué te estoy hablando. Tu clítoris y todo eso.

– No me lo puedo creer. ¿Piensas que voy a liarme con Elizabeth? ¿Es eso lo que estás intentando decirme?

– Tú lo has dicho. No yo.

– Sólo porque tú la hayas deseado durante años, no me acuses de lo mismo. Estás mal de la cabeza. Enfermo y retorcido.

– ¿A quién, a ella? Es negra, Sara. No me gustan las negras.

– Vamos. Admítelo. He visto cómo la miras. ¿Crees que estoy ciega?

– ¿De qué estás hablando? No la miro. Nunca miro a nadie más que a ti.

Se ríe.

– Lo que tú digas, Roberto.

– No quiero que hables con ella. Y no quiero verla por aquí. Se acabaron los almuerzos los domingos. ¿Entendido?

– Para decirlo claro, Roberto, puede que ni sea lesbiana, y lo sabes. Probablemente sea hetero. Pero si lo fuera ¿qué más da? ¿Importa?

– Te gustaría averiguarlo, ¿verdad? Sí, apostaría a que sí.

– ¿Qué?

Se acerca, me agarra por el cuello y me agita ligeramente.

– Sin llamadas. Sin visitas. Sin… clítoris.

– ¿De qué demonios estás hablando?

– Ya lo sabes.

Me aprieta hasta hacerme daño.

Me zafo de sus manos.

– Sólo quieres pelea -digo-. Tranquilízate. Ahora mismo no me siento con ganas de pelear.

– No es eso. Piensa en ello, nunca tiene novio, ¿verdad? La he visto mirarte en muchas ocasiones. Apostaría a que ya lo sabías, ¿no? Las mejores amigas de la universidad, ¿eh? ¿Qué otras cosas hacíais?

– Oh, cállate.

– Hablo en serio. La he visto mirarte como lo haría un hombre. Te lo dije una vez, ¿recuerdas? Apostaría a que te gustó.

– Dios, Roberto. Cállate. Estás desvariando.

– Lo sabías.

– No, no lo sabía. No quiero oír nada más.

– Eh, eh. No me hables así -dice, con el pecho erguido y su voz reverberando contra el azulejo del suelo-. Te lo advierto: no quiero que vuelvas a salir con ella. Es una pervertida. No quiero volver a verla en esta casa. Y más vale que no me entere de que ya lo sabías, ¿entiendes? No quiero descubrir que estoy casado con una pervertida.

– Es Elizabeth, Roberto. Mi dama de honor. Mi mejor amiga. Nuestros hijos la quieren como a una tía. ¿Por qué te preocupa tanto con quién se acueste? Dios mío.

– Mis hijos no quieren a ninguna lesbiana.

– ¡Pero si ni siquiera sabes si esta basura es verdad!

Da un golpecito en la esfera del reloj.

– Tengo que irme a trabajar. No quiero llegar a casa y descubrir que has hablado por teléfono con ella. Sin llamadas. ¿Entendido?

Recojo el periódico y miro la fotografía de nuevo. No parece retocada. Y se ve su camioneta al fondo.

– No -digo, recostando la cabeza sobre la mesa. Intento controlar el impulso de vomitar-. No lo entiendo. No entiendo nada en absoluto.

Hoy el gimnasio estaba abarrotado y la semana pasada no había nadie. En mi clase de spi

De «Mi vida», de LAUREN FERNÁNDEZ