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Estoy muerta de miedo, chica. Me acuerdo de los dolores del parto y me echo a temblar. Tuve los gemelos de forma natural y me hicieron una episiotomía que creí que me mataría; el dolor de aquella cicatriz roja y blanda allí abajo fue peor que los dolores de parto. Juré que jamás repetiría, y aquí estoy ahora, sin escapatoria. Consigo levantarme y llegar hasta mi armario, abro la caja floreada que he preparado con todas mis cosas del embarazo. También guardo algunos libros: Qué esperar cuando esperas; Dieta para un embarazo saludable; Cómo financiar la universidad de su hijo; Los mejores nombres judíos para bebés, y cosas así. Nunca las tiré, por si acaso. También guardo aquí las pulseritas para el mareo, aunque debería deshacerme de las cosas inútiles.
Roberto no encontrará todo esto porque tengo muchas cajas, y no es el tipo de hombre que se interese por cosas forradas en papel floreado. Es el tipo de hombre que tira la ropa al suelo sabiendo que otro la recogerá.
Me desnudo y me examino el vientre en el espejo del baño; es básicamente del tamaño de siempre. No se me notaron los chicos hasta el cuarto o quinto mes, y eso que eran gemelos. Cuido lo que como. Pero Roberto tiene razón. Podría empezar a hacer ejercicio. Estoy algo flácida, sobre todo en los antebrazos. Aunque odio el deporte. Me hace sentir mal. Sinceramente, el ejercicio no me sienta bien. Sin embargo, ahora que estoy embarazada debo ponerme en marcha. Es bueno para el bebé. Lo dicen todos los libros. Y no estoy segura de que mi matrimonio pueda soportar otro par de kilos. Ha estado a punto de estrangularme por ponerme lo que no debía. Así de estúpido es. No te cuento lo que puede llegar a hacer.
Entro en la ducha y me quedo en el medio para que me alcancen los cinco chorros. Me pregunto si tendría que dejar de ducharme aquí ahora que estoy embarazada. No teníamos esta ducha en mi embarazo anterior. Es nueva. Reformamos el baño. Fue mi recompensa por la vez que enloqueció por el arañazo en el lateral del Range Rover. No sé cómo sucedió. Llevé a los niños al cine de Chestnut Hill, y cuando salimos lo vimos. Roberto estaba muy enfadado. Es un baño precioso.
Estos chorros laterales son muy potentes, pensados para aliviar la tensión de los músculos. No quiero perjudicar al bebé. Supongo que tendré que usar otra ducha. Le preguntaré a la doctora Fisk. Me cubro el vientre con una mano y cierro el grifo, salgo, me pongo los pantalones khakis[7] y la camisa blanca larga que escogí anoche, me acomodo el pelo y me doy un toque de maquillaje, me ato un suéter rosa en los hombros y bajo.
Roberto todavía está aquí, con sus ojos verde oscuro y su reluciente pelo castaño, tan apuesto, con traje azul oscuro, camisa blanca y corbata amarilla, leyendo el periódico. Tiene buen gusto para la ropa y se niega a que la escoja por él. Le gusta hacerlo; es comprensible. ¿Querrías que alguien te vistiera? Yo no. Vilma lleva su uniforme azul claro bordado con el nombre que elegimos para nuestra casa, «Windowmere». Tiene el pelo blanco recogido en un firme moño con una redecilla. Está ocupada limpiando los aparadores y no muestra emoción o preocupación alguna. Intentó intervenir durante una de las rabietas de Roberto, nada más llegar aquí, pero tuve una charla con ella y le pedí que se mantuviera al margen y que se concentrara en su trabajo. Mis aparadores relucen.
– Buenos días, mi amor -dice Roberto, levantándose para recibirme y besarme en la mejilla.
Es alto, mi marido, más que cualquier otro cubano que haya conocido, ronda el metro ochenta y cuatro. Cuando estamos en casa siempre hablamos en español. Vilma no habla inglés. En realidad, lo habla mejor de lo que admite, como mi papá, pero sólo lo hace cuando es absolutamente necesario. Le gusta que crean que no habla inglés. Así aprende mucho sobre la gente.
– Buenos días, señora -dice Vilma con una ligera inclinación de cabeza.
No recuerdo exactamente cuándo empezó a llamarme así. Suena raro. Le he pedido que me llame Sarita, como cuando era pequeña. Me encanta. Pero dice que no procede. Así que ya sabes quién manda aquí, y no somos ni Roberto ni yo.
Amber y Lauren me dan la tabarra con Vilma, me acusan de tener una esclava. Es en broma, claro, pero lo dicen. Soy la única de las temerarias con una chica interna, pero así hacemos las cosas en Miami, y así es como me gustan. Vilma se sentiría perdida sin nosotros. Su hija en El Salvador viene de visita de vez en cuando, pero no parecen muy unidas. Vilma nos quiere como a su propia familia. Las temerarias no lo entienden, sobre todo las que crecieron pobres. Creen que regento una plantación. Ellas no se criaron con Vilma, no saben que es ella la que manda en esta casa.
– Buenos días -contesto haciendo un esfuerzo por parecer alegre, saludable y normal.
– ¿Por qué tan feliz? -pregunta Roberto sentándose de nuevo.
Me siento frente a él en la esquina opuesta y encojo los hombros. Espero que no pueda oír mis pensamientos.
– Por nada, hoy me siento feliz.
– Más vale que no haya otro hombre -bromea agitando un dedo, o casi bromea-. Sé cómo se portan algunas mujeres cuando viene alguien a arreglar cosas a casa. Vilma, más vale que la vigiles, ¿oíste?
Vilma permanece callada y trae la bandeja de plata con tacitas de café cubano. Cojo una de las tazas, pero me detiene.
– Ésa es para el señor -explica.
A mí me gusta el café más dulce. A Roberto le gusta solo. Vilma nos los prepara como nos gusta.
Roberto enrolla el periódico que estaba leyendo, lo golpea contra la mesa y se muerde el labio inferior. Mira a Vilma, y ella lo mira a él, están ocultándome algo. Uno no vive con estos dos sin saber interpretarlos.
– ¿Lo de siempre? -me pregunta Vilma en español.
– Si gracias -contesto.
Se zarandea hacia la cocina y me prepara un huevo frito con queso y una tostada cubana. Tiene las piernas hinchadas. He intentado llevarla a un médico. Tiene diabetes y artritis, pero dice que no quiere molestar. No podemos incluir a Vilma en nuestro seguro médico familiar, pero le pagamos todo lo que necesita. Voy a arrastrarla al médico, antes de que tengan que amputarle un pie o algo así. Mientras el huevo se hace, me sirve un vaso de zumo de naranja fresco y me lo trae. Sólo pensar en su acidez me enferma. Se queda junto a mí con los brazos cruzados y espera a que me lo beba.
– Me alegro de que estés de buen humor -dice Roberto.
Mira a Vilma, y ella silba bajito y agita la cabeza, un gesto que he visto muchas veces y que normalmente significa que está a punto de pasar algo malo.
– ¿Por qué? -pregunto-. ¿Pasa algo?
Roberto despliega el periódico, lo extiende sobre la mesa y da un puñetazo. Tiene el ceño fruncido. Es el Boston Herald, el tabloide. He intentado que lea el Gazette, pero dice que le gusta más el Herald porque es más fácil de leer. Me coloca el periódico delante y golpea con un dedo bajo un titular.
– Lee esto -dice. Deja el dedo extendido frente a mi cara-. Pero no me culpes a mí. Te dije que esa mujer era rara, pero nunca me escuchas.
Vilma coloca el huevo en un plato, añade una tostada, trocitos de mango y un adorno de perejil. Vilma aprecia una buena presentación. Le he robado muchas ideas a lo largo de estos años. El desayuno tiene una pinta deliciosa, pero no me lo pone delante por culpa del periódico. Miro el titular, y tengo que leerlo tres veces antes de entenderlo.
¿Les Cruz? A la popular presentadora matutina le gustan las chicas.
– Oh, apártalo -digo, empujándolo hacia él-. Te he dicho millones de veces que es el peor periódico, no puedes creer ni una línea. ¿Recuerdas cuando dijeron que tu amigo Jack estaba recibiendo sobornos de los constructores locales? Era mentira, ¿verdad? Esto también. Pobre Elizabeth.
Roberto coge el periódico y vuelve la página. Señala una fotografía borrosa y oscura de la que parece ser mi mejor amiga, Elizabeth, besando a una mujer. De repente ya no me siento tan feliz. ¿Cómo va Elizabeth a ser lesbiana? Ha sido mi mejor amiga durante diez años y jamás se me ha ocurrido algo así.
– Ella sale con hombres -le recuerdo a Roberto-. La hemos emparejado con algunos de tus amigos, por decirlo claro.
– Eso fue hace años -dice Roberto-. Piensa en ello, Sara. ¿Cuándo fue la última vez que la viste con un hombre?
Es verdad. Hace años. Siempre le pregunto, y siempre dice que sale con un tipo pero que no es nada serio. Siempre dice que está demasiado ocupada, o que su horario es demasiado raro, o que intimida demasiado a los hombres como para que la cosa pueda funcionar. ¿Por qué iba a mentirme así? Cuando tengo un problema es a ella a quien llamo. Hasta le he contado que Roberto me ha pegado un par de veces, y ella, fiel a su palabra, jamás ha abierto la boca. Ella es mi coconspiradora en la vida. Si es lesbiana, si es verdad, me sentiré tan traicionada como si descubriera a Roberto engañándome. O peor. Sí, peor.
– Es repugnante -dice Roberto, golpeando el periódico con la mano-. ¡Esta foto! No puedo creer que la publiquen en un periódico familiar.
– No puede ser verdad -digo-. Me lo habría contado.
– Sabe que nosotros no aprobamos la homosexualidad. Nunca te lo contaría.
– ¿Nosotros? Tú. A mí me trae sin cuidado. Es mi mejor amiga.
– Era. Se acabó.
– ¿No crees que estás siendo un poco radical?
– Estoy protegiendo a mi familia.
Ay, Dios. Pienso en la cantidad de veces que le he dicho cosas homofóbicas a Elizabeth y las veces que he señalado riéndome a parejas de gays o lesbianas en el cine o en los centros comerciales. Ha tenido que ser muy duro para ella. ¿Por qué no me lo dijo? ¿Piensa que soy de mente tan estrecha que la rechazaría? ¿Tan mala opinión tiene de mí?
– Un desperdicio total y absoluto de una mujer guapa -dice Roberto, examinando de cerca la fotografía de nuevo. Levanta una sola ceja insinuante y añade-: Lo que pasa es que no ha dado con el hombre adecuado.
Vilma recoge el periódico, chista a Roberto y me sirve el desayuno.
– ¿Para qué quiere molestarla? -pregunta en español-. Déjela tomarse el desayuno -y me dice-: Coma. Necesita estar fuerte.
– ¿De qué lado estás, Vilma? -pregunta. Me mira, mira el huevo y dice-: No te hace falta comer tanto. Estás engordando demasiado. Ya te lo he dicho.
Vilma sigue limpiando y yo pincho el huevo.
– No puede ser verdad -digo-. De ser cierto lo habría sabido hace mucho. Conozco a Liz desde hace diez años. Ese periódico es tan sensacionalista. Retocan las fotos. Deben de tener algo contra ella.
Roberto se encoge de hombros y sostiene el periódico delante de él. Empieza a leerlo con su poderosa voz con ligero acento español:
Spy [8] descubrió anoche a la encantadora e inteligente presentadora del programa matinal de WRUT, Elizabeth Cruz, en un recital de poesía en el bar Davios, en Central Square. Para aquellos que no lo sepan, el miércoles por la noche Davios es «sólo para mujeres». Liz, actualmente en espera de un puesto de presentadora para una cadena nacional, también estuvo allí la semana anterior y en ambas ocasiones se marchó con la conocida poetisa lesbiana Selwyn Wbmyngold.
No hay que ser una lumbrera para saber que esta ancla pertenece a un barco atracado en la isla de Lesbos.
– Oh, Dios. Es lo más estúpido que he oído -digo-. ¿Ves cómo escriben? Es horrible. ¿Cómo puedes fiarte de alguien que escribe tan mal?