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– Murió hace dos años -le dije-. Tuvimos un accidente de tráfico.

– ¿Qué?

– Murió justo después de escribirlo.

Detrás de él, las esquinas de la ventana comenzaban a empañarse. Un hombre pasó cubriéndose la cabeza con un diario, intentando no mojarse.

– ¿Chocasteis con otro coche?

– No. Mi padre perdió el control.

Paul frotó con el dedo la imagen de la solapa del libro. Un emblema solitario, un delfín y un ancla. El símbolo de la imprenta Aldina de Venecia.

– No lo sabía -dijo.

– No pasa nada.

El silencio que se produjo entonces fue el más largo que jamás ha habido entre nosotros.

– Mi padre murió cuando yo tenía cuatro años -dijo-. Tuvo un ataque al corazón.

– Lo siento.

– Gracias.

– ¿Qué hace tu madre? -pregunté.

Su mano encontró un pliegue de la sobrecubierta y comenzó a aplanarlo entre dos dedos.

– Murió un año después.

Traté de decir algo, pero todas las palabras que estaba acostumbrado a oír me parecían fuera de lugar en mi boca. Paul intentó sonreír.

– Soy como Oliver -continuó, poniendo las manos en forma de tazón-. «Por favor, señor, un poco más.»

Esbocé una sonrisa forzada, pero no estaba seguro de que fuera eso lo que Paul esperaba.

– Quiero que sepas a qué me refería -dijo-. Con lo de tu padre…

– Entiendo.

– Sólo lo dije porque…

Por la parte inferior de la ventana pasaban los paraguas como cangrejos arrastrados por la marea. En la cafetería, el rumor se había hecho más ruidoso. Paul comenzó a hablar, intentando arreglar las cosas. Me contó que, tras la muerte de sus padres, se había criado en la escuela de una parroquia que acogía a huérfanos y chicos huidos. Que, tras pasar la mayor parte del instituto en compañía de libros, había entrado en la universidad decidido a sacarle el mayor partido a su vida. Que había estado buscando amigos con los que conversar. Terminó por callarse -había en su rostro una expresión de vergüenza- con la sensación de que había puesto punto final a la conversación.

– ¿Y en qué residencia vives? -le pregunté, consciente de cómo se sentía.

– Holder. Igual que tú.

Sacó una copia del anuario de primero y me enseñó la página que tenía la punta doblada.

– ¿Cuánto tiempo has estado buscándome? -pregunté.

– Acabo de toparme con tu nombre.

Miré por la ventana. Un paraguas rojo y solitario pasó flotando. Se detuvo en la ventana de la cafetería y pareció sostenerse en el aire antes de seguir su camino.

– ¿Quieres otra taza? -le dije a Paul.

– Vale. Gracias.

Y así empezó todo.

Qué cosa tan curiosa es construir castillos en el aire. Paul y yo forjamos una amistad de la nada, porque la nada era la esencia de lo que compartíamos. Después de aquella noche, hablar con él me pareció cada vez más natural. Al cabo de un tiempo empecé a comprender cómo se sentía con respecto a mi padre: tal vez sí que lo compartíamos.

– ¿Sabes lo que decía? -le pregunté una vez, mientras hablábamos del accidente en su habitación.

– ¿Qué?

– «Los fuertes se aprovechan de los débiles, pero los astutos se aprovechan de los fuertes.»

Sonrió.

– En Princeton había un viejo entrenador de baloncesto que solía decir eso -le expliqué-. Durante el primer año de instituto, jugué a baloncesto. Papá me iba a buscar a los entrenamientos cada día y cuando me quejaba de ser más bajito que los demás, me decía: «No importa que los otros sean altos, Tom. Recuerda: "Los fuertes se aprovechan de los débiles, pero los astutos se aprovechan de los fuertes".» Siempre lo mismo. -Negué con la cabeza-. Dios mío, eso me ponía enfermo.

– ¿Crees que es cierto?

– ¿Que los astutos se aprovechan de los fuertes?

– Sí.

Reí.

– No me has visto jugar.

– Bueno, pues yo sí que lo creo -me dijo-. Sin duda.

– Estás de broma…

A Paul, los matones del instituto lo habían encerrado en las taquillas y lo habían intimidado más que a ningún otro estudiante.

– No. Para nada. -Levantó las manos-. Después de todo, hemos llegado hasta aquí. ¿No?

Pronunció la palabra «hemos» con un levísimo énfasis.

Luego, en mitad del silencio, miré los libros que había sobre su escritorio. Strunk y White, la Biblia, El documento Bellado