Добавить в цитаты Настройки чтения

Страница 12 из 80

La carta sostenía que los asesinatos formaban parte de un plan tan intrincado, que alguien tan simple como el autor de la carta no hubiera sido capaz de diseñarlo. Las dos víctimas eran para Colo

El descubrimiento que hicimos mi padre y yo aquel verano llegó a ser conocido en los círculos académicos como el Documento Bellado

Los detalles son muy sencillos. El monasterio veneciano donde vivía el monje era un lugar impensable para un filósofo y escritor; la mayoría del tiempo, según contaba mi padre, el lugar era un profano cóctel de música a todo trapo, terribles borracheras y morbosas aventuras sexuales. Cuando el Papa Clemente VII intentó imponer la circunspección entre los hermanos, ellos replicaron que antes se harían luteranos que aceptar cualquier disciplina. Incluso en semejante ambiente, la biografía del Pretendiente parece un listado de antecedentes penales. En 1477 fue condenado al exilio del monasterio por infracciones no especificadas. Cuatro años después regresó, pero sólo para cometer otro crimen, por el cual casi fue expulsado de la orden. En 1516 decidió no refutar los cargos de violación y fue desterrado de por vida. Regresó de nuevo, sin amilanarse, y volvió a ser exiliado, esta vez por un escándalo en el cual había un joyero involucrado. Gracias al cielo, la muerte se lo llevó en 1527. El veneciano Francesco Colo

Francesco el romano, por otro lado, parecía un modelo de virtud erudita. Según mi padre, era hijo de una poderosa familia de la nobleza que lo educó en la mejor sociedad europea; sus profesores fueron los más magnánimos intelectuales del Renacimiento. El tío de Francesco, Prospero Colo

Lo que terminó de confirmar el asunto, al menos para mí, fue el hecho de que este Francesco de sangre azul fuera miembro de la Academia Romana, una fraternidad de hombres comprometidos con los ideales paganos de la República, que con tanta admiración se reflejan en la Hypnerotomachia. Eso explicaría el hecho de que Colo

Y sin embargo, el argumento de mi padre, que a Paul y a mí nos parecía tan lúcido, no hizo más que enturbiar las aguas académicas. Mi padre apenas vivió lo suficiente para enfrentarse a la tormenta en un vaso de agua que estalló en el mundillo de los estudios de la Hypnerotomachia, pero estuvo a punto de derrotarlo. Casi todos sus colegas rechazaron el libro; Vincent Taft llegó a extremos i

Mi padre, por supuesto, quedó destrozado. Para él, lo que los demás rechazaban era la sustancia misma de su carrera, el fruto de la búsqueda en la que se había concentrado desde la época de McBee. Nunca comprendió la violencia de la reacción provocada por su descubrimiento. El único entusiasta duradero de El documento Bellado

Si esperaba encontrarse con una versión más joven de mi padre, debió llevarse una desilusión. El estudiante que Paul conoció, un muchacho que caminaba con una leve cojera y parecía avergonzarse de su segundo nombre, había hecho lo impensable: había renunciado a la Hypnerotomachia y se había convertido en el hijo pródigo de una familia para la que la lectura era una religión. Las ondas expansivas del accidente seguían resonando en mi vida, pero lo cierto es que ya antes de la muerte de mi padre había comenzado a perder la fe en los libros.

Empecé a darme cuenta de que entre la gente de cultura libresca hay un prejuicio tácito, una convicción secreta que todos parecen compartir: que la vida, tal y como la conocemos, es apenas una visión imperfecta de la realidad, y sólo el arte -como si fuera unas gafas de lectura- puede corregirla. Los eruditos e intelectuales que conocí en el comedor de casa parecían guardarle siempre algo de rencor al mundo. No aceptaban que nuestras vidas no siguieran el destino dramático que los buenos autores proporcionan a los grandes personajes literarios. Sólo en casualidades absolutamente perfectas llega el mundo a transformarse en escenario. Y eso, parecían decir, era una lástima.

Nadie lo dijo exactamente así, pero cuando los amigos y colegas de mi padre -todos salvo Vincent Taft- venían a verme al hospital, avergonzados por las reseñas que habían escrito sobre el libro, murmurando entre dientes pequeños panegíricos que habían compuesto en la sala de espera, comencé a verlo claro. Lo notaba en el instante mismo en que se acercaban a mi cama: todos llevaban libros en la mano.

– Esto me ayudó mucho cuando murió mi padre -dijo el director del departamento de Historia mientras ponía La montaña de los siete círculos de Merton sobre la bandeja de comidas.

– Auden me reconfortó muchísimo -dijo la jovencita recién graduada que había estado escribiendo la tesis bajo la dirección de mi padre. Dejó una edición de tapa blanda con la esquina del precio recortada.

– Lo que necesitas es algo que te suba los ánimos -susurró otro hombre cuando los demás se hubieron ido-. No estas cosas insulsas.

Ni siquiera logré reconocerlo. Dejó una copia de El conde de Monte Cristo, libro que yo había leído ya, y no pude menos que preguntarme si de verdad pensaba que el sentimiento más conveniente para aquel momento era el de venganza.

Me di cuenta de que ninguna de aquellas personas era capaz de lidiar con la realidad mejor que yo. La muerte de mi padre, en su desagradable irrevocabilidad, había puesto en ridículo la ley mediante la que aquellos hombres regían sus vidas: que cualquier hecho puede ser reinterpretado, que se pueden cambiar todos los finales. Dickens había reescrito Grandes esperanzas para que Pip fuera feliz. Nadie podría reescribir esto.

Así que por aquel entonces, cuando conocí a Paul, me había vuelto receloso. Había pasado los últimos dos años de instituto intentando cambiar ciertos aspectos de mi carácter: cuando me dolía la pierna, seguía caminando; cuando el instinto me decía que pasara de largo frente a una puerta -la puerta del gimnasio, la del coche de un nuevo amigo, la de la casa de una chica que había empezado a gustarme-, me obligaba a detenerme y llamar, y a veces a entrar sin ni siquiera llamar. Pero en Paul vi en qué podría haberme convertido yo.

Bajo el pelo descuidado había un hombre pequeño y pálido, más un chico que un hombre, en realidad. Llevaba los cordones de un zapato sueltos, y cargaba en la mano un libro como si fuera un salvavidas. La primera vez que se presentó, citó la Hypnerotomachia y de inmediato sentí que lo conocía mejor de lo que hubiera querido. Era una tarde de septiembre y el sol comenzaba a ponerse; Paul me había buscado hasta dar conmigo en una cafetería vecina del campus. Mi reacción instintiva fue ignorarlo esa tarde y evitarlo a partir de entonces.

Pero antes de que me excusara y me fuera dijo algo que lo cambió todo.

– De alguna forma -me dijo-, siento que también es mi padre.

No le había hablado todavía del accidente, pero eso era exactamente de lo que no debía hablarle.

– No sabes nada de él.

– Claro que sí. Tengo ejemplares de todos sus trabajos.

– Escucha una cosa…

– Hasta encontré su tesis…

– Mi padre no es un libro. No puedes limitarte a leerlo.

Pero era como si estuviera sordo.

– La Roma de Rafael, 1974. Ficino y el Renacimiento de Platón, 1979. Los hombres de la Santa Croce, 1985.

Comenzó a contarlos con las puntas de los dedos.

– «La Hypnerotomachia Poliphili y los jeroglíficos de Horapollo.» Publicado en Renaissance Quarterly, junio del 87. «El médico de Leonardo.» En Journal of Medical History, 1989.

Lo hacía cronológicamente y sin la menor imprecisión.

– «El fabricante de bombachos.» Journal of Interdisciplinary History, 1991.

– Te olvidas el artículo del BARS -le dije-, el Bulletin of the American Renaissance Society.

– Eso fue en el noventa y dos.

– En el noventa y uno.

Frunció el ceño.

– El noventa y dos fue el primer año en que aceptaron artículos de colaboradores no asociados. Estábamos en segundo en el instituto. ¿Lo recuerdas? Fue ese otoño.

Se produjo un silencio y durante un instante Paul pareció preocupado. No por estar equivocado, sino por que yo lo estuviera.

– Tal vez lo escribió en el noventa y uno -dijo Paul-. Pero lo publicaron en el noventa y dos. ¿Es eso lo que quieres decir?

Asentí.

– Entonces fue en el noventa y uno. Tenías razón. -Sacó el libro que llevaba-. Y luego viene esto. -Era una primera edición de El documento Bellado

– Sí.

– Me hubiera gustado verlo. Tuvo que ser fantástico.

Miré por encima de su hombro, a través de una ventana de la pared del fondo. Las hojas eran de un rojo intenso. Había comenzado a llover.

– Lo fue -dije.

Paul sacudió la cabeza.

– Qué suerte tienes.

Pasó las páginas del libro suavemente, con la punta de los dedos.