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S.T. recorrió sus pómulos y la curvatura de las cejas con ambos pulgares.

– Porque sois demasiado encantadora. Por Dios, sois demasiado hermosa para morir.

Ella apartó la cara. S.T. le acarició la piel y notó que aún persistía algo del calor de las fiebres.

– Maldito seáis -murmuró ella con un gemido entrecortado-. Me habéis hecho llorar.

Sus calientes lágrimas cayeron sobre los dedos de él, que se las enjugó al tiempo que sentía su respiración convulsa y espasmódica mientras intentaba refrenarlas. La joven levantó las manos y apartó débilmente las de S.T. para evitar su contacto. Este se echó un poco atrás para tranquilizarla. Quizá se trataba en verdad de una recuperación, o quizá era tan solo el último momento de lucidez antes del fin. Lo había visto otras veces. Al contemplar sus pálidas y hermosas facciones, así como la desolación inerte de sus ojos, no costaba mucho creer que la joven solo estuviera a un paso de cruzar el umbral de la muerte.

Sin embargo, a la mañana siguiente seguía viva. Muy viva, aunque no más alegre. Cuatro días después ya pudo sentarse sin ayuda en la cama. Con el ceño fruncido, se negó a que él la cuidase; en su lugar, comió y bebió con sus propias y temblorosas manos e insistió en que la dejara a solas para asearse.

S.T. así lo hizo. Aprovechó para salir a buscar a Nemo, pero regresó sin él. No obstante, el paseo dio sus frutos, ya que se llevó el mosquete y consiguió cazar un par de faisanes que solucionaron de momento el problema de las provisiones. Cuando volvió, la señorita Leigh Strachan estaba dormida; los rizos de su pelo negro se arremolinaban alrededor de su rostro, pero se despertó e incorporó con esfuerzo en cuanto S.T. entró en la estancia.

– ¿Cómo os encontráis? -preguntó ella súbitamente.

Él levantó una ceja.

– Seguro que bastante mejor que vos.

– ¿Vuestro apetito se mantiene constante?

– Prodigioso, más bien -contestó él-. Y en estos momentos estáis impidiendo que desayune.

– ¿Síntomas febriles o escalofríos?

S.T. se apoyó en la pared.

– No, a menos que cuente mi inmersión diaria en ese maldito arroyo helado.

– ¿Os habéis estado dando el baño frío? -preguntó ella mientras lo miraba con expresión muy seria-. Bueno, por lo menos algo es algo.

– Siempre a vuestras órdenes, mademoiselle.

Ella se reclinó sobre las almohadas con gesto de cansancio.

– Ojalá las hubierais obedecido todas. También os dije que os marcharais, pero no tuvisteis el suficiente sentido común para hacerlo. Solo ruego que no sufráis las consecuencias.

– También me he estado bañando en ruda y romero. No se puede oler mejor. ¿No lo habéis notado?

Ella no prestó ninguna atención al brazo que S.T. extendió para que lo comprobara.

– Eso servirá de momento. -La voz le salió forzada, con su ronquera habitual más pronunciada; sin embargo, hizo el esfuerzo de seguir hablando-. Le he estado dando vueltas a otro listado de hierbas que deberíais recoger, pero tendréis que traerme papel y pluma para que las anote. -No esperó a que S.T. lo hiciera, sino que tomó aliento entre temblores y pasó al siguiente punto-. En Bedfordshire han tenido cierto éxito encalando las paredes de las residencias para infectados. ¿Se puede encontrar cal viva?

S.T. negó con la cabeza mientras la miraba fijamente. Pensó que, en su débil estado, no debería hacer tanto esfuerzo hablando.

– Pues tendréis que hacerla vos mismo -prosiguió Leigh-. Yo os diré cómo. Pero hay que recoger las hierbas primero, pues así podréis preparar varias cocciones para que os las toméis. -Cerró los ojos y, tras una breve pausa, los abrió de nuevo-. Debéis continuar con los baños fríos, y comunicarme al instante si se os manifiesta dolor de cabeza o cualquier otro de los síntomas. Os los anotaré también. En cuanto a la cal viva, debéis reunir…

Cuando S.T. terminó de ser obsequiado con la larga lista de medidas profilácticas que tenía que adoptar para seguir sano, se preguntó si la señorita Leigh Strachan de verdad se preocupaba por él o sencillamente era un sargento de instrucción nato. Tenía esa forma metódica de clasificar las cosas de acuerdo con unos órdenes de prioridad decrecientes, ascendentes y elípticos que él asociaba con las solteronas de mediana edad y con los recaudadores de impuestos. Intentó salir de la habitación aproximándose poco a poco a la puerta, se excusó diciendo que tenía un puchero con ajo al fuego y consiguió escapar por la escalera de caracol.

Cuando llegó a la armería, intentó recordar lo primero que se suponía que debía hacer y movió la cabeza en señal de derrota.

– Maldita sea -murmuró al retrato de Charon-. Cal viva, corteza peruana y el fuego del infierno…

Dio una patada a una mota de polvo y se quitó la levita, para limpiar los faisanes. De todos modos, no tenía intención de dedicarse a recoger hierbas y encalar paredes; en cuanto ella pudiera valerse por sí misma, pensaba dejarla con algunas provisiones y partir en busca de Nemo.

Cuando le subió la comida, que consistía en un plato de aigoboulido, la encontró sentada en la butaca envuelta en una sábana. S.T. gruñó contrariado.

– Maldita sea, así vais a recaer. Volved a la cama.

Ella se limitó a mirarlo con expresión adusta y, a continuación, observó el plato desportillado, que estaba lleno de pan empapado en un caldo hecho de salvia, ajo y aceite de oliva. S.T. lo tomaba habitualmente; los campesinos provenzales llevaban siglos alimentándose de eso. Incluso Marc consideraba que era un plato muy indicado para enfermos, pero la señorita Leigh Strachan se tapó la nariz con delicadeza al tiempo que apartaba la cabeza.

– No puedo -alegó mientras se ponía aún más pálida.

– ¿No podéis comerlo?

– Es por el ajo -explicó ella con un énfasis en esa última palabra que dejó bien claro el profundo asco que le producía.

S.T. se sentó en la cama.

– Muy bien -dijo al tiempo que levantaba el plato y daba un bocado al pan. Ella lo observó con una leve mueca de desagrado en la boca. S.T. se reclinó en el cabezal de la cama mientras saboreaba la picante sopa-. ¿Y qué desea mademoiselle?

– ¿Podría ser… un poco de té con leche de vaca?

– En una ocasión oí que había una vaca en la Provenza -dijo él-. En Avignon, que está a unas treinta leguas de aquí. -Dio otro bocado-. La mandó traer lady Harvey desde Inglaterra porque no le gustaba tomar el té con leche de cabra.

Leigh se mordió el labio.

– En ese caso, el pan solo y ya está, por favor.

– Como gustéis -dijo S.T., al tiempo que negaba divertido con la cabeza mientras terminaba el último mordisco-. Os lo traeré antes de irme.

– ¿Iros adónde? -preguntó ella rápidamente.

S.T. dejó el plato a un lado.

– Primero al pueblo, o puede que más lejos. Iba a esperar un par de días, pero si estáis lo bastante fuerte para quejaros del menú, creo que podréis llevaros sola la comida a la boca.

– Claro que puedo, pero no debéis salir de aquí ahora.

Él se miró los pies mientras fruncía el ceño.

– No pienso tocar a nadie. Me mantendré siempre a cierta distancia. Solo tengo que hacer algunas preguntas…

– ¿Por qué?

S.T. volvió a mirar hacia abajo y juntó las manos.

– Mi lobo… No ha vuelto, y quiero buscarlo.

– ¿Se ha perdido?

– Puede ser.

– ¿Cuánto hace que desapareció?

– Quince días -respondió él sin mirarla. Se hizo un largo silencio, durante el cual S.T. se dibujó primero un círculo y después un ocho en la mano.

– Entonces es por mi culpa -dijo ella en voz muy baja.

S.T. tomó aliento.

– No. Yo lo envié al pueblo con una nota. No tenía por qué hacerlo. Vos no me lo pedisteis.

Leigh apartó las sábanas y se puso en pie.

– ¿Dónde está mi ropa? -preguntó.

S.T. levantó la cabeza y vio cómo se balanceaba un poco y se cogía al respaldo de la butaca para no perder el equilibrio.

– No necesitáis la ropa ahora, porque vais a volver a meteros en la cama.

– No -dijo ella-. Me voy con vos.