Страница 10 из 100
Conforme fue pasando las páginas, comenzó a dibujarse en su rostro una sonrisa irónica. Las luminosas acuarelas que contenía eran encantadoras; mostraban unas figuras humorísticas e ingenuas pintadas por una joven dama de la campiña inglesa en las que representaba a su familia en diversas escenas de su vida cotidiana. En cada dibujo podía leerse en tinta su título y algún comentario: «Emily se cae del burro (elaborar más la perspectiva)»; «Edward N. muestra su ingeniosa máquina de electrocutar a Emily, A
El dibujo del valeroso rescate mostraba a las tres chicas, que llevaban puestos sus gorritos y delantales, blandiendo palos y escobas contra algo que se parecía a un cerdo con lunares y grandes colmillos. S.T. sonrió. Tras un pesebre, cinco manchurrones con patas representaban a los amenazados gatitos.
Había un recorte doblado del LondonGazette entre la última página y la contraportada. S.T. lo abrió y lo alisó. «Proclama de Su Majestad el Rey», rezaba en grandes letras al inicio de una larga lista oficial de bandoleros. S.T. encontró bastante más abajo su propio nombre.
Llamado el señor de la medianoche, o en ocasiones en francés, el SeigneurdeMinuit. Un metro ochenta de altura, ojos verdes, pelo castaño con tonos dorados, porte gentil, excelentes modales y cejas muy rizadas hacia arriba. Monta un magnífico corcel negro de dieciséis palmos sin marcas. Quien revele el paradero de dicho sujeto a los magistrados de Su Majestad recibirá una recompensa de tres libras.
– ¿Tres libras? -exclamó S.T., sorprendido-. ¿Solo tres libras de mierda?
En sus tiempos de mayor gloria habían sido doscientas, y la última vez que había visto uno de esos anuncios figuraba a la cabeza de la lista. No era de extrañar que ningún cazador de recompensas lo hubiera molestado nunca en su guarida de Col du Noir.
Solo tres libras. Qué triste.
Guardó el cuaderno de bocetos y se puso en pie. Mientras seguía cuidándose el corte del dedo, dobló el vestido de seda, lo guardó y se echó la bolsa al hombro al tiempo que negaba con la cabeza, asombrado de que esa joven de origen gentil hubiera sido capaz de recorrer buena parte de Inglaterra y toda Francia. Había ido sola en su busca.
Al caer la noche había conseguido darle dos platos de sopa cucharada a cucharada. Tras una ligera mejoría, en la que ella lo maldijo débilmente y llamó tanto a su padre como a su madre, pareció empeorar; cayó en un estado letárgico de mayor debilidad. En ocasiones, S.T. tenía que observarla con atención durante largo rato para asegurarse de que todavía respiraba.
Llegó a desear que muriera y terminase todo aquello. A la tenue luz de la chimenea, se sentó en la butaca con la cabeza apoyada en la pared de piedra a esperar el fatal desenlace. De pronto cayó en la cuenta de que tendría que enterrarla, así que comenzó a decidir cuál sería el mejor lugar para hacerlo; alguno por el que no tuviese que pasar todos los días, porque eso no lo podría resistir. Entonces pensó en cómo sería estar solo en el castillo sin Nemo, y sintió que un profundo pozo negro de desesperación se abría en su interior.
Se levantó y enjugó la frente de la joven. Ella no se despertó, ni tan siquiera se movió, así que S.T. la observó presa de un silencioso pánico hasta que comprobó al fin que su pecho subía y bajaba débilmente.
Dormida y al calor de la tenue luz del fuego, su rostro parecía más dulce, más humano, tanto que hasta podía imaginársela sonriendo. Pensó en el vestido de seda y los zapatitos y se la figuró en medio de un elegante salón ante un juego de té de plata. S.T. conocía muy bien ese tipo de salas y a ese tipo de damas.
Las conocía íntimamente. El valor de esas mujeres llegaba como mucho a atreverse a aventurarse a un encuentro furtivo en el jardín a medianoche, o en su vestidor, o entre las sombras de una escalera trasera. En cierta ocasión S.T. asistió a una reunión de ese tipo en un salón que estaba en obras de la gran mansión de los Percy, en Syon, y a partir de ese momento el olor a serrín y yeso siempre iba unido en su mente al de los polvos aromatizados y una suave piel. La dama había afirmado que estaba dispuesta a abandonar a su marido noble y fugarse con él, pero desde luego S.T. no la creyó capaz de viajar sola desde el norte de Inglaterra hasta la Provenza. Al final, ni siquiera le dejó una nota de despedida cuando el marido apareció para poner fin a su osada aventura y llevarla de vuelta a casa. Mujeres.
Permaneció allí sentado rememorando el pasado. Había algo en Leigh Strachan que reavivaba en él toda la gloria y la miseria de lo que había vivido. ¡Qué loco tan magnífico había sido! Tan vivo, tan lleno de energía. Cada paso que daba era un nuevo riesgo, cada apuesta una fortuna. Hasta esos recuerdos parecían más reales que el presente…
«Charon en una noche sin luna, una sombra con cascos plateados, gritos y el destello amarillo del fuego de pistolas…»
Cerró los ojos. Su corazón latía rápido y podía sentir el sudor y la emoción del momento; recordó cómo le sentaba la máscara que le ocultaba el rostro, cómo la capa negra pesaba sobre sus hombros y los guantes olían a silla de montar y acero. La garganta le ardía por el gélido aire nocturno y por el esfuerzo de blandir la espada al tiempo que mantenía a Charon a raya, haciendo que diera unos pasos a izquierda o derecha, realizara una pirueta o una cabriola con sus cascos plateados para distraer y confundir en medio de la noche, para que pareciese un caballo fantasma que cabalgaba por el aire.
Todo aquello había terminado por agotarlo, tanta fría pericia y abrasadora emoción, mientras oscilaba entre la riqueza y la pobreza más abyecta, y creía que la moralidad de lo que hacía estaba plenamente justificada a la vista de tanta injusticia. Elegía con mucho cuidado a quién ayudar y a quién atormentar. Conocía muy bien sus méritos y se movía con ellos por los salones de la alta sociedad, por los verdes parques y por las fulgurantes mascaradas; era un caballero como los demás del que nadie sospechaba, protegido por el augusto y ancestral nombre de Maitland. Una vez allí, elegía a sus víctimas entre los más obtusos y los más petulantes.
Pero en realidad nunca había sido un auténtico cruzado. Su misión nunca había sido honrada. Todo lo hacía por la mera alegría del juego, por el riesgo y rebeldía que conllevaba. Sencillamente había crecido siendo un anarquista convencido, un agente del caos. Hasta que el caos se había vuelto contra él.
Soltó un profundo suspiro y se pasó las manos por la cara. Entonces miró hacia la cama y se incorporó con gran rapidez.
Leigh tenía los ojos abiertos. Cuando S.T. se puso en pie, dirigió la mirada hacia él. Durante un instante se dibujó una leve sonrisa en su boca, pero se borró al momento cuando, lentamente, ella se fue dando cuenta de la situación, como si hubiera despertado de un agradable sueño para amanecer en una pesadilla. Resentida, se volvió para darle la espalda.
– Os dije que no os quedarais conmigo -dijo con voz ronca.
S.T. frunció el ceño y la miró; una fina capa de sudor cubría su pálido rostro. El estado febril parecía haberse atenuado, pero costaba saberlo con seguridad a la luz del fuego. Estiró la mano y le tocó la frente.
– Ha remitido, ¿no? -murmuró ella en tono indiferente-. Voy a sobrevivir.
Tenía la frente caliente, pero no ardía. S.T. la observó con detenimiento.
– Dios mediante -dijo.
– ¿Y qué tiene que ver Dios con esto? -En su débil voz se percibía cierto tono de desdén-. Dios no existe. La fiebre ha remitido y mañana ya estaré mejor, eso es todo. -Cerró los ojos y volvió la cabeza a un lado-. Al parecer no hay nada que pueda matarme.
S.T. le sirvió un poco de agua.
– Pues algo ha estado muy cerca de conseguirlo -dijo.
La joven miró la taza que le ofrecía. Durante un prolongado instante no se movió hasta que, emitiendo un bufido de resignada aquiescencia, levantó la mano. S.T. notó que le temblaba. Dejó la taza en la mesilla y le arregló las almohadas mientras ella se incorporaba hasta quedar casi sentada. A continuación, sujetó la taza con ambas manos y tomó pequeños sorbos de agua al tiempo que recorría la habitación con mirada lánguida. Al terminar, la fijó en S.T.
– Habéis sido un estúpido al quedaros.
Él se rascó la oreja mientras la joven lo observaba por encima del borde de la taza. Tras un momento de silencio, S.T. cogió el agua antes de que la derramara sobre sus temblorosos dedos.
– ¿Y qué otra cosa podía hacer? -repuso.
Leigh levantó las cejas y lo miró con una expresión que dejaba bien claro que no creía que nadie pudiese ser tan imbécil. S.T. dejó la taza y le dedicó una sardónica sonrisa.
– Vivo aquí -dijo-. No tengo ningún otro sitio al que ir.
La joven cerró los ojos y descansó la cabeza sobre la almohada.
– Al pueblo -alegó con un hilo de voz.
– ¿Y llevar las fiebres allí?
Ella negó con la cabeza sin abrir los ojos.
– Hombre estúpido y más que estúpido. Si os hubierais marchado cuando os lo dije… Hace falta mantener un contacto muy estrecho para infectarse…
S.T. la observó sin decir nada mientras intentaba decidir si de verdad estaba siendo coherente y se hallaba en vías de recuperación.
– Espero -añadió la joven- que no os quedarais por alguna absurda idea romántica.
Él desvió la vista hacia la desordenada ropa de cama.
– ¿Como cuál?
– Como la de salvarme la vida.
S.T. volvió a mirarla con una mueca en la cara.
– Por supuesto que no. Tengo por costumbre arrojar a mis invitados por el precipicio.
Una de las comisuras de la boca de la joven se curvó levemente.
– Entonces os agradecería mucho que me hicieseis ese favor… -dijo, tras lo cual la sonrisa se transformó en un temblor que la obligó a cerrar la boca.
S.T. se sentó en el borde de la cama y le acarició la frente, rozándole la piel con el pulgar.
– Sunshine -susurró-. ¿Qué os han hecho?
Ella se mordió el labio y negó con la cabeza.
– No seáis amable conmigo, os lo suplico.
Él le cogió la cara entre ambas manos.
– Tenía miedo de que murieseis.
– Es lo que quiero -replicó ella con voz quebrada-. Sí, quiero morir. ¿Por qué no me habéis dejado?