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Los problemas que atormentan a los hombres son los mismos problemas que atormentan a los dioses. Lo que está abajo es como lo que está arriba, dijo Hermes Tres Veces Máximo, que, como todos los fundadores de religiones, se acordó de todo, menos de existir. Cuántas veces Dios me dijo, citando a Antero de Quental: "¡Ay de mí! ¡Ay de mí! ¿Y quién soy yo?".

Todo es símbolo y atraso, y nosotros, los que somos dioses, no tenemos más que un grado más alto en una Orden cuyos Superiores Incógnitos no sabemos quiénes son.

En una pieza desconocida, Sessão dos Deuses7 (Sesión de los dioses), Júpiter se dirige a los hombres en estos términos:

Soy dios supremo donde soy dios supremo, ni un palmo más allá. A mí me llaman padre de los dioses porque soy padre de los que son mis hijos; yo mismo, sin embargo, soy hijo, y tuvieron padres los que lo son míos. Nadie sabe si la falta de fin de todo es por andar siempre hacia adelante, hacia donde nunca se llega, o por andar siempre en círculo, hacia donde no hay adonde llegar.

Hombres y dioses serían así, según Júpiter, apenas puntos, diferentes etapas en una espiral sin fin. También el Diablo afirma a cierta altura de este cuento:

Son eras sobre eras, y tiempos tras tiempos, y no hay más que andar por la circunferencia de un círculo que tiene la verdad en el punto que está en el centro.

Inmediatamente antes en este monólogo suyo, el Diablo había introducido otro elemento en la escala-escalera vertiginosa dios-hombre-animal.

El hombre no difiere del animal sino en saber que no lo es. Es la primera luz, que no es más que tiniebla visible. Es el comienzo, porque ver la tiniebla es tener su luz. Es el fin, porque es saber, por la vista, que se nació ciego. Así el animal se torna hombre por la ignorancia que en él nace.

Y de nuevo nos acuden ecos de Fausto: "El saber es la inconsciencia de ignorar".

Por este recorrido, el dios que antecede al hombre tiene un paisaje apenas más amplio de su ignorancia. Es más amplia la circunferencia de su horizonte más allá del cual no conoce nada; sabe apenas un poco más que nada sabe.

No presume este Diablo de enseñar a encontrar la verdad, que es inalcanzable; sólo quiere habituar la mirada a saltar los obstáculos que habitualmente le interponen, para colocarlo ante el vértigo del abismo:

Todo es mucho más misterioso de lo que se juzga, y todo esto -Dios, el universo y yo- es apenas un rincón misterioso de la verdad inalcanzable.

La verdad es un punto situado en el centro de un círculo inabarcable; tal vez ése en que piensa Bernardo Soares cuando escribe: "Y yo, verdaderamente yo, soy el centro que no existe en esto sino por una geometría del abismo"8.

En la "Oda triunfal" Campos escribe:

En la noria del terreno de mi casa

el burro camina alrededor, camina alrededor,

y el misterio del mundo es del tamaño de esto.

Pero esa circunferencia -para que la inalcanzable verdad sea aún más vertiginosa y huidiza- es una órbita dentro de otras órbitas, ilimitadamente.

Todo este universo, y todos los otros universos, con sus diversos creadores y sus diversos Satanes, más o menos perfectos y diestros, son vacíos dentro del vacío, nadas que giran, satélites, en la órbita inútil de ninguna cosa.

Las enseñanzas para administrar las cuales fue creado Alberto Caeiro, el Maestro, van en sentido contrario a las del Diablo, Maestro también, y, como él, un subversor. Es que Caeiro enseña a no mirar más allá de la curva del horizonte para no tener vértigos, a dormir la vida como "el animal humano" que él nos quiere enseñar a ser. "Felices los que duermen, en su vida animal", no deja de comentar el Diablo, en un momento de cansancio de su divina condición.

Como la verdad es inalcanzable, el Diablo se limita a presenciar, desde lo alto, su manifestación plural:

Aquí, en estas esferas superiores, de las cuales se creó y transformó el mundo, nosotros, para decirle la verdad, no percibimos nada. Me inclino a veces sobre la tierra vasta, echado a la orilla de mi meseta por encima de todo -la meseta de la Montaña de Heredom, como la he oído llamar- y cada vez que me inclino veo religiones nuevas, nuevas grandes iniciaciones, nuevas formas, todas contradictorias, de la verdad eterna, que ni Dios conoce.

El Diablo sabe que la verdad no puede ser revelada por ninguna de esas "nuevas religiones" porque esa "verdad eterna, que ni Dios conoce" no está especialmente en ninguna pero no deja de estar en todas. Ninguna la abarca, pero todas dan señal de ella. Por eso afirma:

Todas las religiones son verdaderas, por más opuestas que parezcan entre sí. Son símbolos diferentes de la misma realidad, son como la misma frase dicha en varias lenguas.

Ésta es, además, una convicción profunda de Pessoa, expresada en otro fragmento9 en su propio nombre.

La actitud del Diablo en relación con la verdad se aproxima a la de Pessoa: siendo ella el centro inalcanzable de las tales concéntricas circunferencias, ambos se contentan con presenciar su plural manifestación en el mundo de los hombres. Pessoa afirmó que, siendo la perfección absoluta -la Unidad- es imposible de alcanzar, tenía que contentarse con la perfección relativa que se manifiesta a través de la pluralidad. Por eso fue plural su manifestación como poeta:

Y porque son astillasdel ser, las cosas dispersasrompo el alma en pedazosy en personas diversas.

Y así se contentaba con presenciar, desde lo alto, como el Diablo, la dinámica del diálogo de sus propias contradicciones encarnadas por cada uno de esos seres en que se multiplicó. Y podría decirse de él, Poeta, lo que el Diablo dice de las religiones: que su verdadera voz no está particularmente en ninguno de los heterónimos sino en todos ellos, juntos y separados.

Ha sido mi preocupación mostrar que este cuento no es un caso separado de la obra de Pessoa. Por diferentes razones.

Ante todo, porque a través de él se manifiesta ese espíritu religioso que Pessoa asumió ser, pero siempre incapaz de instalarse en una verdad cualquiera que sólo admitía en su forma plural. Eso no le impedía, sin embargo, buscarla incesantemente.

Pessoa es un místico que quiere creer, pero descree por tentación y por principio. "Creer es morir; pensar es dudar", afirma. El espíritu religioso que es, lo lleva a querer creer, pero el pensador pone todo en duda. Ricardo Reis afirma, en prosa: "La religión es una metafísica recreativa"10. Y porque "cada uno de nosotros debe tener una metafísica propia, pues cada uno de nosotros es cada uno de nosotros"11, también la religión que le corresponde tiene que ser individual. Es el propio Pessoa quien lo dice, mediante la voz de una de sus personalidades literarias, Antonio Mora: "Para la metafísica es fácil pasar a la actitud religiosa. Muchas metafísicas no pasan de ser religiones individuales"12.

Todo el peligro radica en institucionalizar ya sea la religión, ya sea la filosofía. En una nota autobiográfica escrita en el año de su muerte, el 30 de marzo de 1935, se declara "cristiano gnóstico, y por lo tanto enteramente opuesto a todas las Iglesias organizadas, y sobre todo a la Iglesia de Roma". Mediante la pluma de Bernardo Soares, escribe en el Livro do Desassossego (Libro del desasosiego):

Y éste, que en un breve momento ve el universo desnudo, crea una filosofía, o sueña una religión; y la filosofía se difunde y la religión se propaga, y los que creen en la filosofía pasan a usarla como vestidura que no ven, y los que creen en la religión pasan a ponérsela como máscara de la que se olvidan13.

El uso colectivo y rutinario de una religión o de una filosofía da a cada uno la distancia que debe mantener en relación con ese traje que le viste la desnudez y con esa máscara que le cubre el rostro. Él, Pessoa, usa la vestidura, pero no se olvida de ella, como algo obvio: la contempla y la comenta. Y cuando se pone la máscara la asume, pero no deja que le quede pegada a la cara.

Lo que impedía que Pessoa, con su espíritu de misión, cayera en actitudes dogmáticas fue siempre esa manera lúdica de hacer que su metafísica se mantuviera "recreativa" y su religión no pasara de lo "individual". Pessoa jugaba a creer, a través de sus ficciones, en los dioses: por eso el neopaganismo y su Maestro Caeiro… Oigamos lo que dice, mediante la pluma de Soares, en el Livro do Desassossego:

Quien tiene dioses no tiene tedio. El tedio es la falta de una mitología. A quien no tiene creencias hasta la duda le es imposible; ni siquiera el escepticismo tiene fuerzas para desconfiar. Sí, el tedio es eso; la pérdida, por parte del alma, de su capacidad de engañarse, la falta, en el pensamiento, de la escalera inexistente por donde él sube sólido a la verdad14.

Aunque más no fuera para combatir el tedio, Pessoa quiso ser, según sus propias palabras, "un creador de mitos". Por eso sus ficciones… que no dejan, por ello, de ser su expresión más profunda.

La ironía y la paradoja no son nunca, para Pessoa, prácticas superficiales. La paradoja es, para el Diablo de este cuento, la única forma de decir la verdad, esa verdad relativa que es permitida a los hombres por la otra, "la verdad eterna", esa que "ni Dios conoce", según dice.

– Soy naturalmente poeta porque soy la verdad hablando por error -afirma el Diablo. Como Lucifer, y de acuerdo con la etimología de los nombres, es su misión iluminar: "Corrompo pero ilumino", dice. Y precisa: "No soy, como dijo Goethe, el espíritu que niega sino el espíritu que contraría".

El Diablo sería así, como Caeiro -ambos maestros-, un subversor. El propio Pessoa se atribuye el papel de "indisciplinador de almas". Por eso se dijo también "un creador de anarquías".

La ironía es una de las armas de esa subversión. En este cuento, el Diablo asume ser un ironista:

Dato del principio del mundo, y desde entonces he sido siempre un ironista. Ahora bien, como debe de saber, todos los ironistas son inofensivos, excepto si quieren utilizar la ironía para insinuar alguna verdad. Pero yo nunca pretendí decir la verdad a nadie, en parte porque de nada sirve, y en parte porque no la conozco. Creo que mi hermano mayor, Dios todopoderoso, tampoco la sabe.

La ironía es la pirueta que le impide tomar demasiado en serio, cuando las aborda, estas cuestiones que orientaron -y desorientaron- su pensamiento durante toda su vida.

Como la totalidad de la obra de Pessoa, este texto tiene que ver con todos los géneros literarios sin ser el purasangre de ninguno. Tiene, con la mayor parte de ellos, la afinidad de ser una caminata en busca de la "verdad inalcanzable" por ese "peregrino del misterio y del conocimiento" que Pessoa fue siempre.