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ESCENA III
Calígula. ¡Helicón!
Helicón. ¿Qué hay?
Calígula. ¿Adelanta tu trabajo?
Helicón. ¿Qué trabajo?
Calígula. ¡Bueno… la luna!
Helicón. Es cuestión de paciencia. Pero quisiera hablarte.
Calígula. Quizá tuviera paciencia, pero no dispongo de mucho tiempo. Hay que darse prisa, Helicón.
Helicón. Ya te lo dije, haré lo que pueda. Pero antes tengo cosas graves que anunciarte.
Calígula (como si no hubiera oído). Fíjate que ya la he poseído.
Helicón. ¿A quién?
Calígula. A la luna. Helicón. Sí, naturalmente. ¿Pero sabes que conjuran contra tu vida?
Calígula. La he poseído enteramente. Sólo dos o tres veces, es cierto. Pero de todos modos la he poseído.
Helicón. Hace mucho que trato de hablarte.
Calígula. Fue el verano pasado. Después de mirarla y acariciarla mucho sobre las columnas del jardín, acabó por comprender.
Helicón. Terminemos con ese juego, Cayo. Mi obligación es hablar aunque no quieras escucharme. Peor para ti si no oyes.
Calígula (sigue ocupado en teñirse las uñas de los pies). Este barniz no vale nada. Pero volviendo a la luna, fue una hermosa noche de agosto. (Helicón se aparta con despecho y calla, inmóvil.) Hizo algunos remilgos. Yo ya me había acostado. Al principio, ella estaba ensangrentada, sobre el horizonte. Luego empezó a subir, cada vez más ligera, con rapidez creciente. Cuanto más subía, más clara iba haciéndose. Llegó a ser un lago de agua lechosa en medio de aquella noche llena de estrellas apretadas. Llegó entonces con el calor, dulce, ligera y desnuda. Cruzó el umbral del aposento y con segura lentitud llegó hasta mi cama, Decididamente, este barniz no vale nada. Pero ya ves, Helicón, puedo decir sin jactancia que la he poseído.
Helicón. ¿Quieres escucharme y enterarte de lo que te amenaza?
Calígula (se detiene y lo mira fijamente). Sólo quiero la luna, Helicón. Sé de antemano quién me matará. Todavía no he agotado todo lo que puede hacerme vivir. Por eso quiero la luna. Y no reaparezcas antes de habérmela conseguido.
Helicón. Entonces cumpliré con mi deber y diré lo que tengo que decir. Han organizado una conspiración contra ti. Quereas es el jefe. He sorprendido esta tablilla que puede enterarte de lo esencial.
Helicón deja la tablilla en uno de los asientos y se retira.
Calígula. ¿Adonde vas, Helicón?
Helicón (en el umbral). A buscarte la luna.