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– Porque esas instrucciones estaban hechas para alguien capaz de ver, y no para un idiota que por pura suerte salió con vida. Fuiste a ver a Vicente sin estar preparado.
“Le caíste bien y te hizo un regalo. Y ese regalo pudo fácilmente haberte costado la vida.
– ¿Pero por qué me dio algo tan serio? Si es brujo, debió haber sabido que yo no sé nada,
– No, no podía haber visto eso. Tú apareces como si supieras, pero en realidad no sabes gran cosa.
Declaré mi sincera convicción de no haber dado nunca, al menos a propósito, una imagen falsa de mí mismo.
– Yo no decía eso -repuso-. Si te hubieras dado aires, Vicente habría visto tu juego. Esto es algo peor que darse aires. Cuando yo te veo, te me apareces como si supieras mucho, y sin embargo yo sé que no sabes.
– ¿Qué es lo que parezco saber, don Juan?
– Secretos de poder, por supuesto; el conocimiento de un brujo. Así que cuando Vicente te vio te hizo un regalo, y tú hiciste con él lo que hace un perro con la comida cuando tiene la panza llena. Un perro se orina en la comida cuando ya no quiere comer más, para que no se la coman otros perros. Tú hiciste lo mismo con el regalo. Ahora nunca sabremos qué ocurrió en verdad. Has perdido muchísimo. ¡Qué desperdicio!
Estuvo callado un tiempo; luego alzó los hombros y sonrió.
– Es inútil quejarse -dijo-, pero es difícil no quejarse. Los regalos de poder ocurren muy rara vez en la vida; son únicos y preciosos. Mírame a mí, por ejemplo; nadie me ha hecho nunca un regalo de ésos. Que yo sepa, a muy poca gente le ha tocado tal cosa. Perder algo así de único es una vergüenza.
– Entiendo lo que quiere usted decir, don Juan -dije-. ¿Hay algo que yo pueda hacer ahora para salvar el regalo?
Rió y repitió varias veces: "Salvar el regalo."
– Eso suena bien -dijo-. Me gusta. Pero no hay nada que pueda hacerse para salvar tu regalo.
25 de mayo, 1968
Este día, don Juan empleó casi todo su tiempo en mostrarme cómo armar trampas sencillas para animales pequeños. Estuvimos cortando y limpiando ramas durante la mayor parte de la mañana. Yo tenía muchas preguntas en mente. Traté de hablarle mientras trabajábamos, pero él lo tomó en chiste y dijo que, de nosotros dos, sólo yo podía mover manos y boca al mismo tiempo. Finalmente nos sentamos a descansar y solté una pregunta.
– ¿Cómo es ver, don Juan?
– Para saber eso tienes que aprender a ver. Yo no puedo decírtelo.
– ¿Es un secreto que yo no debería saber?
– No. Es nada más que no puedo describirlo.
– ¿Por qué?
– No tendría sentido para ti.
– Haga usted la prueba, don Juan. Quizá lo tenga.
– No. Tienes que hacerlo tú solo. Una vez que aprendas, puedes ver cada cosa del mundo en forma diferente.
– Entonces, don Juan, usted ya no ve el mundo en la forma acostumbrada.
– Veo de los dos modos. Cuando quiero mirar el mundo lo veo como tú. Luego, cuando quiero verlo, lo miro como yo sé y lo percibo en forma distinta.
– ¿Se ven las cosas del mismo modo cada vez que usted las ve?
– Las cosas no cambian. Uno cambia la forma de verlas, eso es todo.
– Quiero decir, don Juan, que si usted, por ejemplo, ve el mismo árbol, ¿sigue siendo el mismo cada vez que usted lo ve?
– No. Cambia, y sin embargo es el mismo,
– Pero si el mismo árbol cambia cada vez que usted lo ve, el ver puede ser una simple ilusión.
Rió y estuvo un rato sin responder; parecía estar pensando. Por fin dijo:
– Cuando tú miras las cosas no las ves. Sólo las miras, yo creo que para cerciorarte de que algo está allí. Como no te preocupa ver, las cosas son bastante lo mismo cada vez que las miras. En cambio, cuando aprendes a ver, una cosa no es nunca la misma cada vez que la ves, y sin embargo es la misma. Te dije, por ejemplo, que un hombre es como un huevo. Cada vez que veo al mismo hombre veo un huevo, pero no es el mismo huevo.
– Pero no podrá usted reconocer nada, pues nada es lo mismo, así que ¿cuál es la ventaja de aprender a ver?
– Puedes distinguir una cosa de otra. Puedes verlas como realmente son.
– ¿No veo yo las cosas como realmente son?
– No. Tus ojos sólo han aprendido a mirar. Por ejemplo, esos tres que te encontraste. Me los describiste en detalle, y hasta me dijiste qué ropa llevaban. Y eso solamente me demostró que no los viste para nada. Si fueras capaz de ver habrías sabido en el acto que no eran gente.
– ¿No eran gente? ¿Qué eran?
– No eran gente, eso es todo.
– Pero eso es imposible. Eran exactamente como usted o como yo.
– No, no eran. Estoy seguro.
Le pregunté si eran fantasmas, espíritus, o almas de difuntos. Su respuesta fue que ignoraba lo que eran fantasmas, espíritus y almas.
Le traduje la definición que el New World Dictionary de Webster asigna a la palabra fantasma: "El supuesto espíritu desencarnado de una persona muerta que, según se concibe, aparece a los vivos como una aparición pálida, penumbrosa." Y luego la definición de espíritu: "Un ser sobrenatural, especialmente uno al que se considera… fantasma, o habitante de cierta región, poseedor de cierto carácter (bueno o malo)."
Dijo que tal vez podría llamárseles espíritus, aunque la definición del diccionario no era muy adecuada para describirlos.
– ¿Son alguna especie de guardianes? -pregunté.
– No. No guardan nada.
– ¿Son cuidadores? ¿Nos están vigilando?
– Son fuerzas, ni buenas ni malas; sólo fuerzas que un brujo aprende a ponerles rienda.
– ¿Son esos los aliados, don Juan?
– Sí, son los aliados de un hombre de conocimiento.
Esta era la primera vez, en los ocho años de nuestra relación, que don Juan se había acercado a una definición de "aliado". Debo habérselo pedido docenas de veces. Por lo general ignoraba mi pregunta, diciendo que yo sabía qué era un aliado y que resultaba estúpido definir lo que yo ya sabía. La declaración directa de don Juan sobre la naturaleza de los aliados era toda una novedad, y me vi compelido a aguijarlo.
– Usted me dijo que los aliados estaban en las plantas -dije-, en el toloache y en los hongos.
– Jamás te he dicho tal cosa -dijo con gran convicción-. Tú siempre sales con tus propias conclusiones.
– Pero lo escribí en mis notas, don Juan.
– Puedes escribir lo que se te dé la gana, pero no me salgas con que dije eso.
Le recordé que, en un principio, me había dicho que el aliado de su benefactor era el toloache y que el suyo propio era el humito, y que más tarde había aclarado diciendo que el aliado se hallaba contenido en cada planta.
– No. Eso no es correcto -dijo, frunciendo el entrecejo-. Mi aliado es el humito, pero eso no significa que mi aliado esté en la mezcla de fumar, o en los hongos, o en mi pipa. Todos tienen que juntarse para poder llevarme con el aliado, y a ese aliado le digo humito por razones propias.
Don Juan dijo que las tres personas que había encontrado, a quienes llamó "los que no son gente" eran en realidad los aliados de don Vicente.
Le recordé su premisa de que la diferencia entre un aliado y Mescalito era que un aliado no podía verse, mientras que resultaba fácil ver a Mescalito.
Entonces nos metimos en una larga discusión. El dijo haber establecido la idea de que un aliado no podía verse porque adoptaba cualquier forma. Cuando señalé que en una ocasión me había dicho que Mescalito también adoptaba cualquier forma, don Juan desistió de la conversación, diciendo que el "ver" al cual se refería no era el ordinario "mirar las cosas" y que mi confusión nacía de mi insistencia en hablar.
Horas más tarde, él mismo reinició el tema de los aliados. Sintiéndolo algo molesto por mis preguntas, yo no lo había presionado más. Estaba enseñándome cómo hacer una trampa para conejos; yo debía sostener una vara larga y doblarla lo más posible, para que él atara un cordel en torno a los extremos. La vara era bastante delgada, pero aún así se requería fuerza considerable para doblarla. La cabeza y los brazos me vibraban a causa del esfuerzo, y me hallaba casi agotado cuando él ató por fin el cordel.
Nos sentamos y empezó a hablar. Dijo que obviamente yo no podía comprender nada a menos que hablase de ello, y que mis preguntas no lo molestaban e iba a hablarme de los aliados.
– El aliado no está en el humo -dijo-. El humo te lleva adonde está el aliado, y cuando te haces uno con el aliado ya no tienes que volver a fumar. De allí en adelante puedes convocar a tu aliado cuantas veces quieras, y hacer que haga lo que se te antoje.
"Los aliados no son buenos ni malos; los brujos los usan para cualquier propósito que les convenga. A mi me gusta el humito como aliado porque no me exige gran cosa. Es constante y justo."
– ¿Qué aspecto tiene para usted un aliado, don Juan? Por ejemplo, esas tres personas que vi, que me parecieron gente común, ¿qué habrían parecido para usted?
– Habrían parecido gente común.
– ¿Entonces cómo los distingue usted de la gente de verdad?
– Los que son de verdad gente aparecen como huevos luminosos cuando uno los ve. Los que no son gente aparecen siempre como gente. A eso me refería cuando dije que no hay manera de ver a un aliado. Los aliados adoptan formas diversas. Parecen perros, coyotes, pájaros, hasta huizaches, o lo que sea. La única diferencia es que, cuando los ves, aparecen así como lo que están fingiendo ser. Todo tiene su modo de ser, cuando uno ve. Igual que los hombres se ven como huevos, las otras cosas se ven como algo más, pero los aliados nada más pueden verse en la forma que están tratando de ser. Esa forma es lo bastante buena para engañar a los ojos; digo, a nuestro ojos. A un perro jamás lo engañan, ni a un cuervo.
– ¿Por qué quieren engañarnos?
– Creo que los engañados somos nosotros. Nos hacemos tontos solos. Los aliados nada más adoptan la apariencia de lo que haya por ahí y entonces nosotros los tomamos por lo que no son. No es culpa suya que sólo hayamos enseñado a nuestros ojos a mirar las cosas.
– No tengo clara la función de los aliados, don Juan. ¿Qué hacen en el mundo?
– Eso es como si me preguntaras qué hacemos nosotros los hombres en el mundo. Palabra que no sé. Aquí estamos, eso es todo. Y los aliados están aquí como nosotros, y a lo mejor estuvieron antes de nosotros.
– ¿Cómo antes de nosotros, don Juan?
– Nosotros los hombres no siempre hemos estado aquí.
– ¿Quiere usted decir aquí en este país o aquí en el mundo?
En este punto nos metimos en otro largo debate. Don Juan dijo que para él sólo había el mundo, el sitio donde asentaba sus pies. Le pregunté cómo sabía que no siempre habíamos estado en el mundo.
– Muy sencillo -dijo-. Los hombres sabemos muy poco del mundo. Un coyote sabe mucho más que nosotros. A un coyote casi nunca lo engaña la apariencia del mundo.
– ¿Y entonces cómo podemos atraparlos y matarlos? -pregunté-. Si las apariencias no los engañan, ¿cómo es que mueren tan fácilmente?
Don Juan se me quedó mirando hasta incomodarme.