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XVII

No regresé a México en varios meses; aproveché el tiempo para trabajar en mis notas de campo y por primera vez en diez años, desde que inicié el aprendizaje, las enseñanzas de don Juan empezaron a cobrar verdadero sentido. Sentí que los largos periodos en que debía ausentarme del aprendizaje habían tenido sobre mi un efecto calmante y benéfico; me daban la oportunidad de revisar mis hallazgos y de ponerlos en un orden intelectual adecuado a mi preparación e interés. Sin embargo, los sucesos acontecidos en mi última visita al campo señalaban una falacia en mi optimismo de comprender el conocimiento de don Juan.

El 16 de octubre de 1970 escribí las últimas páginas de mis notas de campo. Los eventos que entonces tuvieron lugar marcaron una transición. No sólo cerraron un ciclo de enseñanza, sino que también abrieron otro, tan distinto de lo que yo había hecho hasta allí que, tengo el sentimiento, éste es el punto en el que debo terminar mi reportaje.

Al acercarme a la casa de don Juan lo vi sentado en su sitio de costumbre, bajo la ramada frente a la puerta. Me estacioné a la sombra de un árbol y fui hacia él, saludándolo en alta voz. Noté entonces que no estaba solo. Había otro hombre sentado tras una alta pila de leña. Ambos me miraban. Don Juan agitó la mano y lo mismo hizo el otro. A juzgar por su atavío, no era indio, sino mexicano del suroeste de los Estados Unidos. Llevaba pantalones de mezclilla, una camisa beige, un sombrero tejano y botas de vaquero.

Hablé a don Juan y luego miré al hombre; me sonreía. Me le quedé viendo un momento.

– Aquí está Carlitos -dijo el hombre a don Juan- y ya no me habla. ¡No me digas que está enojado conmigo!

Antes de que yo pudiera decir algo, ambos se echaron a reír, y sólo entonces me di cuenta de que el extraño era don Genaro.

– No me reconociste, ¿verdad? -preguntó, aún riendo.

Tuve que admitir que su vestuario me desconcertó.

– ¿Qué hace usted por estas partes del mundo, don Genaro? -pregunté.

– Vino a disfrutar el aire caliente -dijo don Juan-. ¿Verdad?

– Verdad -repitió don Genaro-. No tienes idea de lo que el aire caliente puede hacerle a un cuerpo viejo como el mío.

– ¿Qué le hace a su cuerpo? -pregunté.

– El aire caliente le dice a mi cuerpo cosas extraordinarias -respondió.

Se volvió hacia don Juan, los ojos brillantes.

– ¿Verdad?

Don Juan meneó la cabeza afirmativamente.

Les dije que la época de los cálidos vientos de Santa Ana era para mí la peor parte del año, y que resultaba sin duda extraño que don Genaro viniese a buscar él aire caliente mientras que yo huía de él.

– Carlos no aguanta el calor -dijo don Juan a don Genaro-. Cuando hace calor se pone como niño y se sofoca.

– ¿Seso qué?

– Se so… foca.

– ¡Válgame! -dijo don Genaro, fingiendo preocuparse, e hizo un gesto desesperado en forma indescriptiblemente graciosa.

A continuación, don Juan le explicó que yo me había ido varios meses a causa de un revés con los aliados.

– ¡Conque por fin te encontraste con un aliado! -dijo don Genaro.

– Creo que así fue -repuse cauteloso.

Rieron a carcajadas. Don Genaro me palmeó la espalda dos o tres veces. Fue un contacto muy ligero, que interpreté como gesto amistoso de interés. Mirándome, dejó descansar la mano sobre mi hombro y tuve una sensación de contento plácido, que sólo duró un instante, porque al siguiente don Genaro me hizo algo inexplicable. De pronto sentí que me había puesto en la espalda el peso de un peñasco. Tuve la impresión de que aumentaba el peso de su mano, que reposaba en mi hombro derecho, hasta que me hizo doblarme por completo y me golpeé la cabeza en el piso.

– Hay que ayudar a Carlitos -dijo don Genaro, y lanzó una mirada cómplice a don Juan.

Erguí de nuevo la espalda y me volví hacia don Juan, pero él apartó los ojos. Tuve un momento de vacilación y la molesta idea de que don Juan actuaba como desapegado, desentendido de mí. Don Genaro reía; parecía aguardar mi reacción.

Le pedí ponerme otra vez la mano en el hombro, pero no quiso hacerlo. Lo insté a que por lo menos me dijera qué me había hecho. Chasqueó la lengua. Me volví nuevamente a don Juan y le dije que el peso de la mano de don Genaro casi me había aplastado,

– Yo no sé nada de eso -dijo don Juan en un tono cómicamente objetivo-. A mí no me puso la mano en el hombro.

– ¿Qué me hizo usted, don Genaro? -pregunté.

– Nada más te puse la mano en el hombro -dijo con aire de inocencia.

– Vuélvalo a hacer -dije.

Se negó. Don Juan intervino en ese punto y me pidió describir a don Genaro lo que percibí en mi última experiencia. Pensé que deseaba una descripción seria de lo que me había ocurrido, pero mientras más serio me ponía más risa les daba. Me interrumpí dos o tres veces, pero me instaron a continuar.

– El aliado viene a ti sin que tus sentimientos cuenten -dijo don Juan cuando hube terminado mi relato-. Digo, no tienes que hacer nada para llamarlo. Puedes estar allí sentado rascándote la panza, o pensando en mujeres, y entonces, de repente, te tocan el hombro, te volteas y el aliado está de pie junto a ti.

– ¿Qué puedo hacer si ocurre algo así? -pregunté.

– ¡Espera! ¡Espera! ¡Un momento! -dijo don Genaro-. Esa no es buena pregunta. No debes preguntar qué puedes hacer tú: por supuesto que no puedes hacer nada. Debes preguntar qué puede hacer un guerrero.

– ¡Está bien! -dije-. ¿Qué otra cosa puede hacer un guerrero?

Don Genaro parpadeó y chasqueó los labios, como buscando una palabra exacta. Me miró con fijeza, la mano en la barbilla.

– Un guerrero se mea en los calzones -dijo con solemnidad indígena.

Don Juan se cubrió el rostro y don Genaro dio palmadas en el suelo, estallando en una risa ululante.

– El susto es algo que uno no puede nunca superar -dijo don Juan cuando la risa se calmó-. Cuando un guerrero se ve en tales aprietos, sencillamente le vuelve la espalda al aliado sin pensarlo dos veces. Un guerrero no se entrega; por eso no puede morir de susto. Un guerrero permite que el aliado venga sólo cuando él ya está listo y preparado. Cuando es lo bastante fuerte para forcejear con el aliado, ensancha su abertura y va para afuera, agarra al aliado, lo tiene sujeto y le clava la vista exactamente el tiempo que necesita; luego hace los ojos a un lado y suelta al aliado y lo deja ir. Un guerrero, mi amiguito, es alguien que siempre manda.

– ¿Qué sucede si uno mira demasiado tiempo a un aliado? -pregunté.

Don Genaro me miró de hito en hito e hizo un gesto cómico como forzándome a bajar los ojos.

– Quién sabe -dijo don Juan-. Tal vez Genaro te cuente lo que le pasó a él.

– Tal vez -dijo don Genaro, y chasqueó la lengua.

– ¿Me lo cuenta, por favor?

Don Genaro se puso en pie, estiró los brazos haciendo crujir los huesos, y abrió los ojos hasta tenerlos redondos, con aspecto de locura.

– Genaro va a hacer temblar el desierto -dijo y se adentró en el chaparral.

– Genaro está decidido a ayudarte -dijo don Juan en tono de confidencia-. Te hizo lo mismo en su casa y estuviste a punto de ver.

Pensé que se refería a lo ocurrido en la cascada, pero hablaba de unos extraños sonidos retumbantes que oí en casa de don Genaro.

– A propósito, ¿qué era? -pregunté-. Nos reímos, pero usted nunca me explicó qué cosa era.

– Nunca habías preguntado.

– Sí pregunté.

– No. Me has preguntado de todo menos de eso.

Don Juan me miró acusadoramente.

– Ese es el arte de Genaro -dijo-. Sólo Genaro puede hacer eso. Casi viste entonces.

Le dije que nunca se me había ocurrido asociar el "ver" con los extraños ruidos que oí entonces.

– ¿Y por qué no? -preguntó, contundente.

– Ver, para mí significa los ojos -dije.

Me escudriñó un momento como si algo anduviera mal conmigo.

– Yo nunca dije que ver fuera asunto nada más de los ojos -dijo, sacudiendo la cabeza con incredulidad.

– ¿Cómo hace don Genaro esos ruidos? -insistí.

– Ya te dijo cómo los hace -dijo don Juan, cortante.

En ese momento oí un retumbar extraordinario.

Me incorporé de un salto y don Juan se echó a reír. El retumbar era como un tumultuoso alud. Escuchándolo, me hizo gracia enterarme de que mi inventario de experiencias sonoras procede claramente del cine. El hondo trueno que escuchaba me parecía la banda sonora de una película donde todo el costado de una montaña cayera en un valle.

Don Juan se agarraba las costillas, como si le dolieran de reír. El atronador retumbar sacudía el suelo bajo mis pies. Oí claramente los golpes de lo que parecía ser un peñasco monumental rodando sobre sus costados. Oí una serie de golpes demoledores que me dieron la impresión de que el peñasco rodaba inexorablemente hacia mí. Experimenté un instante de confusión suprema. Mis músculos estaban tensos; todo mi cuerpo se disponía a la fuga.

Miré a don Juan. Me observaba. Oí entonces el golpe más tremendo que había percibido en mi vida. Era como si un peñasco gigantesco hubiera caído allí atrás de la casa. Todo se cimbró, y en ese momento tuve una peculiar percepción. Por un instante "vi" en verdad un peñasco del tamaño de una montaña, allí mismo, tras la casa. No era como si una imagen se sobrelapara a la casa y el paisaje que yo tenía enfrente. Tampoco fue la visión de un peñasco real. Fue más bien como si el ruido creara la imagen de un peñasco rodando sobre sus monumentales costados. Yo estaba "viendo" el sonido. El carácter inexplicable de mi percepción me arrojó a las profundidades de la confusión y la desesperanza. Jamás en mi vida habría concebido que mis sentidos fueran capaces de percibir en tal forma. Tuve un ataque de susto racional y decidí correr como si en ello fuera mi vida. Don Juan me agarró el brazo y me ordenó vigorosamente no correr ni volver el rostro, sino enfrentar la dirección en que don Genaro se había ido.

Oí después una serie de estampidos, parecida al ruido de rocas cayendo y apilándose unas sobre otras, y luego todo quedó en silencio otra vez. Pocos minutos más tarde, don Genaro regresó y tomó asiento. Me preguntó si había "visto". No supe qué decir. Me volví hacia don Juan buscando una indicación. El me observaba.

– Creo que sí -dijo, y chasqueó la lengua.

Quise decir que no sabía de qué hablaban. Me sentía terriblemente frustrado. Tenía una sensación física de ira, de incomodidad plena.

– Creo que debemos dejarlo aquí sentado solo -dijo don Juan.

Se levantaron y pasaron junto a mí.

– Carlos se está entregando a su confusión -dijo don Juan en voz muy alta.

Me quedé solo varias horas y tuve tiempo de escribir mis notas y de meditar en mi absurda experiencia. Al pensarlo, se me hizo obvio que, desde el primer momento en que vi a don Genaro bajo la ramada, la situación había adquirido un tono de farsa. Mientras más deliberaba, más me convencía de que don Juan había entregado el control a don Genaro, y esa idea me llenaba de aprensión.