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Y dijo que sus actos jamás habían sido una farsa, que también él había puesto en juego su vida mucho tiempo antes, cuando su propio benefactor lo había atrapado igual que él a mí. Don Juan dijo que su benefactor era un hombre cruel que no pensaba en él como el mismo don Juan pensaba en mí. Añadió con mucha severidad que la mujer había probado su fuerza contra él y que en verdad trató de matarlo.

– Ahora sabe que yo estaba jugando con ella -dijo, riendo-, y por eso te odiará a ti. A mí no puede hacerme nada, pero se desquitará contigo. Todavía no sabe qué tanto poder tienes, así que vendrá a probarte, poco a poco. Ahora no tienes otra alternativa que aprender para defenderte, o serás presa de esa señora. No es cosa de burla.

Don Juan me recordó la forma en que la mujer se había apartado en un vuelo.

– No te enojes -dijo-. No fue una trampa común. Fue la regla.

Había algo verdaderamente enloquecedor en la forma como la mujer se apartó de mí. Yo mismo lo había presenciado: saltó el ancho de la carretera en un parpadeo. No tenía yo manera de librarme de tal certeza. Desde ese momento, enfoqué toda mi atención en aquel incidente y poco a poco acumulé "evidencia" de que la Catalina en verdad me perseguía. La consecuencia final fue que tuve que abandonar el aprendizaje bajo la presión de mi miedo irracional.

Unas horas después, en las primeras de la tarde, regresé a la casa de don Juan. El parecía haberme estado esperando. Se me acercó cuando bajaba del coche y me examinó con mirada curiosa, caminando en torno mío dos veces.

– ¿Por qué los nervios? -preguntó antes de que yo tuviera tiempo de decir nada.

Le expliqué que algo me había ahuyentado esa mañana, y que había empezado a sentir algo que me rondaba, como antes. Don Juan se sentó y pareció sumergirse en pensamientos. Su rostro tenía una expresión inusitadamente seria. Parecía fatigado. Me senté junto a él y ordené mis notas.

Tras una pausa muy larga, su rostro se iluminó y sus labios sonrieron.

– Lo que sentiste en la mañana era el espíritu del ojo de agua -dijo-. Te he dicho que debes estar preparado para encontrarte de repente con esas fuerzas. Creí que entendías.

– Entendí.

– ¿Entonces por qué el miedo?

No pude responder.

– El espíritu sigue tu rastro -dijo él-. Ya te topó en el agua. Te aseguro que te topará otra vez, y probablemente no estarás preparado y ese encuentro será tu fin.

Las palabras de don Juan me produjeron genuina preocupación. Lo que sentía era, sin embargo, extraño; me preocupaba, pero no tenía miedo. Lo que me ocurría, fuera lo que fuese, no había podido provocar mis viejos sentimientos de terror ciego.

– ¿Qué debo hacer? -pregunté.

– Olvidas con demasiada facilidad -respondió-. El camino del conocimiento se anda a la mala. Para aprender necesitamos que nos echen espuelas. En el camino del conocimiento siempre estamos peleando con algo evitando algo, preparados para algo; y ese algo es siempre inexplicable, más grande y poderoso que nosotros. Las fuerzas inexplicables vendrán a ti. Ahora es el espíritu del ojo de agua, luego será tu propio aliado, por eso en este momento no tienes otra tarea que el prepararte a la lucha. Hace años la Catalina te espoleó, pero esa era sólo una bruja y esa trampa fue de principiante.

"El mundo está en verdad lleno de cosas temibles, y nosotros somos criaturas indefensas rodeadas por fuerzas que son inexplicables e inflexibles. El hombre común, en su ignorancia, cree que se puede explicar o cambiar esas fuerzas; no sabe realmente cómo hacerlo, pero espera que las acciones de la humanidad las expliquen o las cambien tarde o temprano. El brujo, en cambio, no piensa en explicarlas ni en cambiarlas; en vez de ello, aprende a usar esas fuerzas. El brujo se ajusta los remaches y se adapta a la dirección de tales fuerzas. Ese es su truco. La brujería no es gran cosa cuando le hallas el truco. Un brujo apenas anda mejor que un hombre de la calle. La brujería no lo ayuda a vivir una vida mejor; de hecho yo diría que le estorba; le hace la vida incómoda, precaria. Al abrirse al conocimiento, un brujo se hace más vulnerable que el hombre común. Por un lado, sus semejantes lo odian y le temen y se esfuerzan por acabarlo; por otro lado, las fuerzas inexplicables e inflexibles que a todos nos rodean, por el derecho de que estamos vivos, son para el brujo la fuente de un peligro todavía mayor. Que un semejante lo atraviese a uno duele, cómo no, pero ese dolor no es nada en comparación con el topetazo de un aliado. Un brujo, al abrirse al conocimiento, pierde sus resguardos y se hace presa de tales fuerzas y sólo tiene un medio de equilibrio: su voluntad; por eso debe sentir y actuar como un guerrero. Te lo repito una vez más: sólo como guerrero es posible sobrevivir en el camino del conocimiento. Lo que ayuda a un brujo a vivir una vida mejor es la fuerza de ser guerrero.

"Es mi obligación enseñarte a ver. No porque yo personalmente quiera hacerlo, sino porque fuiste escogido; tú me fuiste señalado por Mescalito. Sin embargo, mi deseo personal me fuerza a enseñarte a sentir y actuar como guerrero. Yo personalmente creo que ser guerrero es más adecuado que cualquier otra cosa. Por tanto, he procurado enseñarte esas fuerzas como un brujo las percibe porque sólo bajo su impacto aterrador puede uno convertirse en guerrero. Ver sin ser antes un guerrero te debilitaría; te daría una mansedumbre falsa, un deseo de hundirte en el olvido; tu cuerpo se echaría a perder porque te harías indiferente. Mi obligación personal es hacerte guerrero para que no te desmorones.

"Te he oído decir una y otra vez que siempre estás dispuesto a morir. No considero necesario ese sentimiento. Me parece una entrega inútil. Un guerrero sólo debe estar preparado para la batalla. También te he oído decir que tus padres dañaron tu espíritu. Yo creo que el espíritu del hombre es algo que se daña muy fácilmente, aunque no con las mismas acciones que tú llamas dañinas. Creo que tus padres sí te dañaron, haciéndote indulgente y flojo y dado a quedarte sentado más de la cuenta.

"El espíritu de un guerrero no está engranado para la entrega y la queja, ni está engranado para ganar o perder. El espíritu de un guerrero sólo está engranado para la lucha, y cada lucha es la última batalla del guerrero sobre la tierra. De allí que el resultado le importa muy poco. En su última batalla sobre la tierra, el guerrero deja fluir su espíritu libre y claro. Y mientras libra su batalla, sabiendo que su voluntad es impecable, el guerrero ríe y ríe."

Terminé de escribir y alcé la vista. Don Juan me miraba. Meneó la cabeza de lado a lado y sonrió.

– ¿De veras escribes todo? -preguntó en tono incrédulo-. Genaro dice que nunca puede estar serio contigo porque tú siempre estás escribiendo. Tiene razón; ¿cómo puede uno estar serio si siempre escribes?

Rió por lo bajo, y yo traté de defender mi posición.

– No importa -dijo-. Si algún día aprendes a ver, supongo que habrás de hacerlo de ese rarísimo modo.

Se puso de pie y miró el cielo. Era alrededor del mediodía. Dijo que aún había tiempo para salir de cacería a un sitio en las montañas.

– ¿Qué vamos a cazar? -pregunté.

– Un animal especial: venado o jabalí, o puede que un puma.

Calló un momento y después añadió:

– Hasta un águila.

Me incorporé y lo seguí hacia mi coche. Dijo que esta vez sólo íbamos a observar, y a descubrir qué animal debíamos cazar. Estaba a punto de subir en el coche cuando pareció recordar algo. Sonrió y dijo que el viaje debía posponerse hasta que yo hubiera aprendido algo sin lo cual nuestra caza sería imposible.

Desandamos nuestros pasos y volvimos a sentarnos bajo la ramada. Había muchas cosas que yo deseaba preguntar, pero él habló de nuevo sin darme tiempo de decir nada.

– Esto nos lleva al último punto que debes saber -sobre la vida de un guerrero. Un guerrero elige los elementos que forman su mundo. El otro día que viste al aliado y tuve que lavarte dos veces, ¿sabes qué cosa te pasaba?

– No.

– Habías perdido tus resguardos.

– ¿Qué resguardos? ¿De qué habla usted?

– Dije que un guerrero elige los elementos que forman su mundo. Elige con deliberación, pues cada elemento que escoge es un escudo que lo protege de los ataques de las fuerzas que él lucha por usar. Un guerrero utiliza sus resguardos para protegerse de su aliado, por ejemplo.

"Un hombre común y corriente, igualmente rodeado por esas fuerzas inexplicables, se olvida de ellas porque tiene otras clases de resguardos especiales para protegerse.

Hizo una pausa y me miró con una pregunta en los ojos. Yo no había entendido a qué se refería.

– ¿Qué son esos resguardos? -pregunté.

– Lo que la gente hace -repuso.

– ¿Qué hace?

– Bueno, mira a tu alrededor. La gente está ocupada haciendo lo que la gente hace. Esos son sus resguardos. Cada vez que un brujo se encuentra con cualquiera de esas fuerzas inexplicables e inflexibles de las que hemos hablado, su abertura se ensancha, haciéndolo más susceptible a su muerte de lo que es comúnmente; te he dicho que morimos por esa abertura; por ello, si está abierta, uno tiene que tener la voluntad lista para llenarla; eso es, si uno es guerrero. Si uno no es guerrero, como tú, el único recurso que le queda es usar las actividades de la vida cotidiana para apartar a la mente del susto del encuentro y así permitir que la abertura se cierre. Tú te enojaste conmigo ese día que te encontraste al aliado. Te hice enojar cuando paré tu coche y te enfrié al echarte al agua. El que tuvieras la ropa puesta te dio aún más frío. El enojo y el frío te ayudaron a cerrar tu abertura y quedaste protegido. Pero a esta altura en tu vida ya no puedes usar esos resguardos en forma tan efectiva como un hombre corriente. Sabes demasiado de esas fuerzas y ahora estás por fin al borde de sentir y actuar como guerrero. Tus antiguos resguardos ya no son seguros.

– ¿Qué es lo que debería hacer?

– Actuar como guerrero y elegir los elementos de tu mundo. Ya no puedes rodearte de cosas a la loca. Te digo esto de la manera más seria. Ahora, por primera vez, no estás seguro en tu antigua forma de vivir.

– ¿A qué se refiere usted con lo de elegir los elementos de mi mundo?

– Un guerrero encuentra esas fuerzas inexplicables e inflexibles porque las anda buscando adrede; así que siempre está preparado para el encuentro. Tú, en cambio, nunca estás preparado. Es más, si esas fuerzas vienen a ti van a tomarte por sorpresa; el susto ensanchará tu abertura y por ahí se escapará sin remedio tu vida. Entonces, la primera cosa que debes hacer es estar preparado. Piensa que el aliado va a saltar en cualquier momento frente a tus ojos y debes estar listo. Encontrarse con un aliado no es fiesta de domingo ni paseo al campo, y un guerrero toma la responsabilidad de proteger su vida. Luego, si cualquiera de esas fuerzas te topa y ensancha tu abertura, debes luchar deliberadamente por cerrarla tú solo. Para ese propósito deberás haber elegido cierto número de cosas que te den paz y placer, cosas que puedas usar deliberadamente para apartar los pensamientos de tu susto y cerrarte y amacizarte.

– ¿Qué clase de cosas?