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De repente, algo pareció haberlo empujado desde atrás Su cuerpo se arqueó por enmedio, como movido por una fuerza directa. En determinado instante, Eligio estaba equilibrado sobre la punta de los pies, formando un círculo casi completo, sus manos tocando el suelo. Cayó de nuevo, suavemente, sobre la espalda, y se extendió a todo su largo adquiriendo una rigidez extraña.

Gimoteó y gruñó durante un rato, luego empezó a roncar. Don Juan lo cubrió con unos sacos de arpillera.

Eran las 5:35 AM.

Lucio y Benigno dormían hombro contra hombro, recargados en la pared. Don Juan y yo estuvimos callados largo rato. El se veía fatigado. Rompí el silencio y le pregunté por Eligió. Me dijo que el encuentro de Eligio con Mescalito había tenido un éxito excepcional; Mescalito le había enseñado una canción en su primer encuentro y eso era ciertamente extraordinario.

Le pregunté por qué no había dejado a Lucio tomar peyote a cambio de una motocicleta. Dijo que Mescalito habría matado a Lucio si éste se le hubiera acercado bajo tales condiciones. Don Juan admitió haber preparado todo cuidadosamente para convencer a su nieto; me dijo que había contado con mi amistad con Lucio como parte central de su estrategia. Dijo que Lucio había sido siempre su gran preocupación, y que en una época ambos vivieron juntos y estaban muy unidos, pero Lucio enfermó gravemente a los siete años y el hijo de don Juan, católico devoto, prometió a la Virgen de Guadalupe que Lucio ingresaría en una sociedad sagrada de danzantes si su vida se salvaba. Lucio se recobró y fue obligado a cumplir el juramento. Duró una semana como aprendiz, y luego se resolvió a romper el voto. Pensó que moriría a resultas de esto, templó su ánimo y durante un día entero esperó la llegada de la muerte. Todo el mundo se burló del niño y el incidente jamás se olvidó.

Don Juan pasó largo rato sin hablar. Parecía haber sido cubierto por un mar de pensamientos.

– Mi trampa era para Lucio -dijo- y en vez de él hallé a Eligio. Yo sabía que no tenía caso, pero cuando se quiere a alguien debemos insistir como se debe, como si fuera posible rehacer a los hombres. Lucio tenía valor cuando era niño, y luego lo perdió a lo largo del camino,

– ¿No puede usted embrujarlo, don Juan?

– ¿Embrujarlo? ¿Para qué?

– Para que cambie y recobre su valor.

– La brujería no se usa para dar valor. El valor es algo personal. La brujería es para volver a la gente inofensiva o enferma o tonta. No se embruja para hacer guerreros. Para ser guerrero hay que ser claro como el cristal, igual que Eligio. ¡Ahí tienes a un hombre de valor!

Eligio roncaba apaciblemente bajo los costales. Despuntaba el día. El cielo era de un azul impecable. No había nubes a la vista.

– Daría cualquier cosa en este mundo -dije- por saber del viaje de Eligio. ¿Se opondría usted a que yo le pidiera que me lo contara?

– ¡Bajo ninguna circunstancia debes pedirle eso!

– ¿Por qué no? Yo le cuento a usted mis experiencias.

– Eso es distinto. No es tu inclinación guardarte las cosas para ti solo. Eligio es indio. Su viaje es todo lo que tiene. Ojalá hubiera sido Lucio.

– ¿No hay nada que pueda usted hacer, don Juan?

– No. Por desgracia, no hay manera de hacerles huesos a las aguamalas. Fue sólo mi desatino.

Salió el sol. Su luz empañó mis ojos cansados.

– Me ha dicho usted muchas veces, don Juan, que un brujo no puede permitirse desatinos. Jamás pensé que tuviera usted alguno.

Don Juan me miró con ojos penetrantes. Se levantó, miró a Eligio y luego a Lucio. Se encajó el sombrero en la cabeza, palmeándolo en la copa.

– Es posible insistir, insistir como es debido, aunque sepamos que lo que hacemos no tiene caso -dijo, sonriendo-. Pero primero debemos saber que nuestros actos son inútiles, y luego proceder como si no lo supiéramos. Eso es el desatino controlado de un brujo.