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II. LOS PINCHES TIRANOS

Don Juan no me volvió a hablar de la maestría de estar consciente de ser hasta meses después. Estábamos entonces en la casa donde vivía todo el grupo de videntes.

– Vamos a caminar un rato -me dijo don Juan secamente, poniendo una mano sobre mi hombro-. O mejor todavía, vamos donde hay mucha gente, a la plaza del pueblo y nos sentamos a platicar.

Me sorprendió muchísimo que me hablara; ya llevaba yo varios días en la casa y ni siquiera contestaba mis saludos.

Al momento en que don Juan y yo salíamos de la casa, la Gorda nos interceptó y nos exigió que la lleváramos con nosotros. Parecía estar determinada a seguirnos. Con voz muy firme don Juan le dijo que tenía que discutir algo conmigo en privado.

– Van a hablar de mí -dijo la Gorda; su tono y sus gestos traicionaban tanto su desconfianza como su enojo.

– Pues, sí -repuso don Juan secamente. Pasó frente a ella sin volverse a mirarla.

Lo seguí, y caminamos en silencio hasta la plaza del pueblo. Cuando nos sentamos le pregunté que qué demonios podríamos discutir acerca de la Gorda. Todavía me molestaba la amenazante manera como me había mirado cuando salíamos de la casa.

– No tenemos nada que discutir acerca de la Gorda o de ninguna otra persona -repuso-. Le dije eso sólo para aguijonear su enorme importancia personal. Y dio resultado. Está furiosa con nosotros. Yo la conozco bien, estuvo hablando consigo misma y ya se dijo lo suficiente para darse confianza y para sentirse indignada porque no la trajimos y por haber quedado como tonta. No me sorprendería si se nos viene encima en esta banca.

– Si no vamos a hablar de la Gorda, ¿de qué vamos a hablar? -le pregunté.

– Vamos a continuar la discusión que comenzamos en Oaxaca -contestó-. Entender esta explicación va a requerir tu esfuerzo máximo. Tienes que estar dispuesto a cambiar una y otra vez de niveles de conciencia, y mientras estemos envueltos en nuestra plática exigiré de ti total concentración y paciencia.

Quejándome a medias, le dije que me había hecho sentirme muy mal al negarse a hablarme desde mi llegada a su casa. Me miró y arqueó las cejas. Una sonrisa apareció fugazmente en sus labios y se desvaneció. Me di cuenta de que me daba a entender que yo estaba tan confuso como la Gorda.

– Te estuve aguijoneando tu importancia personal -dijo frunciendo el ceño-. La importancia personal es nuestro mayor enemigo. Piénsalo, aquello que nos debilita es sentirnos ofendidos por los hechos y malhechos de nuestros semejantes. Nuestra importancia personal requiere que pasemos la mayor parte de nuestras vidas ofendidos por alguien. "Los nuevos videntes recomendaban que se debían llevar a cabo todos los esfuerzos posibles para erradicarla de la vida de los guerreros. Yo he seguido esa recomendación al pie de la letra y he tratado de demostrarte por todos los medios posibles que sin importancia personal somos invulnerables.

Mientras lo escuchaba, de pronto, sus ojos se volvieron muy brillantes. La idea que se me ocurrió, de inmediato, fue que parecía estar a punto de reírse y que no había motivo para hacerlo, cuando me sobresalto una repentina y dolorosa bofetada en el lado derecho de la cara.

Me levanté de un salto. La Gorda estaba parada a mis espaldas, con la mano aun alzada. Su cara estaba roja de ira.

– ¡Ahora si puedes decir lo que quieras de mí, y con mas razón! -gritó-. ¡Pero si tienes algo que decir, dímelo en mi cara, hijo de la chingada!

Su arranque pareció haberla agotado; se sentó en el suelo y comenzó a llorar. Don Juan estaba inmovilizado por un júbilo inexpresable. Yo estaba tieso de pura furia. La Gorda me fulminó con la mirada y luego se volvió hacia don Juan y le dijo sumisamente que no teníamos ningún derecho a criticarla.

Don Juan se rió con tanta fuerza que se dobló casi hasta el suelo. Ni siquiera podía hablar. Dos o tres veces trató de decirme algo, pero finalmente se incorporó y se alejó, con el cuerpo aun sacudido por espasmos de risa.

Yo estaba a punto de correr tras él, todavía furioso contra la Gorda, quien en ese momento me parecía despreciable, cuando me ocurrió algo extraordinario. Supe, instantáneamente, que era lo que había hecho reír tanto a don Juan. La Gorda y yo éramos horrendamente parecidos. Nuestra importancia personal era gigantesca. Mi sorpresa y mi furia al ser abofeteado eran exactamente iguales a la ira y la desconfianza de la Gorda. Don Juan tenia razón. La carga de la importancia personal es en verdad un terrible estorbo.

Corrí tras el, exaltado, lágrimas me brotaban de los ojos. Lo alcancé y le dije lo que había comprendido. En sus ojos había un brillo de malicia y deleite.

– ¿Qué puedo hacer por la Gorda? -pregunté.

– Nada -contestó-. Los actos de darse cuenta son siempre personales.

Cambió el tema y dijo que los augurios nos decían que prosiguiéramos nuestra discusión en casa, ya fuera en una sala amplia con cómodos sillones o bien en el patio trasero, que tenía un corredor techado a su alrededor. Dijo que en cada ocasión que llevara a cabo sus explicaciones dentro de la casa esas dos áreas quedarían vedadas para todos los demás.

Regresamos a la casa. Don Juan le contó a todos lo que había hecho la Gorda. El deleite de los videntes y las bromas que le hicieron al respecto, aumentó el desasosiego de la Gorda.

– La importancia personal no puede combatirse con delicadezas -comentó don Juan cuando expresé mi preocupación acerca del estado de animo de la Gorda.

Pidió luego a todos que abandonaran el cuarto. Nos sentamos y don Juan comenzó sus explicaciones.

Dijo que los videntes, antiguos y nuevos, se dividen en dos categorías. La primera queda integrada por aquellos que están dispuestos a ejercer control sobre sí mismos. Esos videntes son los que pueden canalizar sus actividades hacia objetivos pragmáticos que beneficiarían a otros videntes y al hombre en general. La otra categoría está compuesta de aquellos a quienes no les importa ni el control de sí mismos ni ningún objetivo pragmático. se piensa de manera unánime entre los videntes que estos últimos no han podido resolver el problema de la importancia personal.

– La importancia personal no es algo sencillo e ingenuo -explicó-. Por una parte, es el núcleo de todo lo que tiene valor en nosotros, y por otra, el núcleo de toda nuestra podredumbre. Deshacerse de la importancia personal requiere una obra maestra de estrategia. Los videntes de todas las épocas han conferido las más altas alabanzas a quienes lo han logrado.

Me quejé de que, aunque a veces me parecía muy atractiva, la idea de erradicar la importancia personal me era realmente incomprensible; le dije que sus directivas y sugerencias para deshacerse de ella eran tan vagas que no había modo de implementarlas.

– Estoy ya cansado de repetirte -dijo-, que para poder seguir el camino del conocimiento uno tiene que ser muy imaginativo. Como lo estás comprobando tú mismo, todo está oscuro en el camino del conocimiento. La claridad cuesta muchísimo trabajo, muchísima imaginación.

Mi zozobra me hizo argüir que sus amonestaciones sobre la importancia personal me recordaban a los catecismos. Y si algo era odioso para mí era el recuerdo de los sermones acerca del pecado. Los encontraba yo siniestros.

– Los guerreros combaten la importancia personal como cuestión de estrategia, no como cuestión de fe -repuso-. Tu error es entender lo que digo en términos de moralidad.

– Yo lo veo a usted como un hombre de gran moralidad -insistí.

– Lo que tú estas viendo como moralidad es simplemente mi impecabilidad -dijo.

– El concepto de la impecabilidad, así como el de deshacerse de la importancia personal, es un concepto demasiado vago para serme útil -le comenté.

Don Juan se atragantó de risa, y yo lo desafié a que explicara la impecabilidad.

– La impecabilidad no es otra cosa que el uso adecuado de la energía -dijo-. Todo lo que yo te digo no tiene un ápice de moralidad. He ahorrado energía y eso me hace impecable. Para poder entender esto, tú tienes que haber ahorrado suficiente energía, o no lo entenderás jamás.

Durante largo tiempo permanecimos en silencio. Yo quería pensar en lo que había dicho. De repente, comenzó a hablar de nuevo.

– Los guerreros hacen inventarios estratégicos -dijo-. Hacen listas de sus actividades y sus intereses. Luego deciden cuáles de ellos pueden cambiarse para, de ese modo, dar un descanso a su gasto de energía.

Yo alegué que una lista de esa naturaleza tendría que incluir todo lo imaginable. Con mucha paciencia me contestó que el inventario estratégico del que hablaba sólo abarcaba patrones de comportamiento que no eran esenciales para nuestra supervivencia y bienestar.

Yo aproveché la oportunidad para señalarle que la supervivencia y el bienestar eran categorías que podían interpretarse de incontables maneras. Le argüí que no era posible ponerse de acuerdo sobre lo que era o no era esencial para nuestra supervivencia y bienestar.

Conforme seguí hablando, comencé a perder mi impulso original. Finalmente, me detuve porque me di cuenta de la inutilidad de mis argumentos. Me di cuenta de que don Juan estaba en lo cierto cuando decía que mi pasión era hacerme el difícil.

Don Juan dijo entonces que en los inventarios estratégicos de los guerreros, la importancia personal figura como la actividad que consume la mayor cantidad de energía, y que por eso se esforzaban por erradicarla.

– Una de las primeras preocupaciones del guerrero es liberar esa energía para enfrentarse con ella a lo desconocido -prosiguió don Juan-. La acción de recanalizar esa energía es la impecabilidad.

Dijo que la estrategia más efectiva fue desarrollada por los videntes de la Conquista, los indiscutibles maestros del acecho, y que consiste en seis elementos que tienen influencia recíproca. Cinco de ellos se llaman los atributos del ser guerrero: control, disciplina, refrenamiento, la habilidad de escoger el momento oportuno y el intento. Estos cinco elementos pertenecen al mundo privado del guerrero que lucha por perder su importancia personal. El sexto elemento, que es quizás el más importante de todos, pertenece al mundo exterior y se llama el pinche tirano. Me miró como si en silencio me preguntara si le había entendido o no.

– Estoy realmente perdido -dije-. El otro día dijo usted que la Gorda es la pinche tirana de mi vida. ¿Qué es exactamente un pinche tirano?

– Un pinche tirano es un torturador -contestó-. Alguien que tiene el poder de acabar con los guerreros, o alguien que simplemente les hace la vida imposible.

Don Juan sonrío con un aire de malicia y dijo que los nuevos videntes desarrollaron su propia clasificación de los pinches tiranos. Aunque el concepto es uno de sus hallazgos más serios e importantes, los nuevos videntes lo tomaban muy a la ligera. Me aseguró que había un tinte de humor malicioso en cada una de sus clasificaciones, porque el humor era la única manera de contrarrestar la compulsión humana de hacer engorrosos inventarios y clasificaciones.

De conformidad con sus prácticas humorísticas los nuevos videntes juzgaron correcto encabezar su clasificación con la fuente primaria de energía, el único y supremo monarca en el universo, y le llamaron simplemente el tirano. Naturalmente, encontraron que los demás déspotas y autoritarios quedaban infinitamente por debajo de la categoría de tirano. Comparados con la fuente de todo, los hombres más temibles son bufones, y por lo tanto, los nuevos videntes los clasificaron como pinches tiranos.