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Explicó que todos los linajes fueron iniciados en la misma época y de igual manera. Hacia fines del siglo dieciséis cada nagual se cerró en sí mismo y aisló a su grupo de videntes para que no tuvieran ningún contacto abierto con otros videntes. La consecuencia de esa drástica segregación fue la formación de linajes individuales. Dijo que nuestro linaje estaba compuesto de catorce naguales y ciento veintiséis videntes. Algunos de esos catorce naguales tuvieron solamente siete videntes con ellos, otros tuvieron once y algunos hasta quince.
Me dijo que su maestro, o su benefactor, como le llamaba, era el nagual Julián, y el anterior a Julián era el nagual Elías. Le pregunté si conocía los nombres de todos los catorce naguales. Los nombró y los enumeró, a fin de que yo supiera quiénes eran. Dijo también que había conocido personalmente a los quince videntes que formaron el grupo de su benefactor, y que había conocido al maestro de su benefactor, el nagual Elías, y a los once videntes de su grupo.
Don Juan me aseguró que nuestro linaje era bastante excepcional, porque sufrió un cambio drástico en el año 1723. Una influencia externa vino a afectarnos y alteró nuestro curso de manera inexorable. En ese momento no quiso hablar del evento en sí, pero dijo que, a partir de ese entonces, nuestra línea tomaba en cuenta un nuevo comienzo, y que se consideraba que los ocho naguales que habían gobernado el linaje desde ese instante, eran intrínsecamente diferentes a los seis que los precedieron.
Don Juan debió tener negocios que atender al día siguiente, porque no lo vi hasta casi el mediodía. Mientras tanto, llegaron a la ciudad tres de sus aprendices, Pablito, Néstor y la Gorda. Venían a comprar herramientas y materiales para el negocio de carpintería de Pablito. Los acompañé y los ayudé a cumplir todos sus encargos. Luego regresamos todos a la pensión.
Los cuatro estábamos sentados conversando cuando don Juan entró a mi cuarto. Nos dijo que partiríamos después del almuerzo, y que, inmediatamente, tenía algo que discutir conmigo, en privado. Sugirió que nosotros dos diéramos un paseo alrededor de la plaza antes de que nos reuniéramos todos en un restaurante.
Pablito y Néstor se pusieron de pie y salieron diciendo que aún no terminaban sus quehaceres. La Gorda parecía estar muy disgustada.
– ¿De qué van a hablar? -chilló, pero de inmediato reconoció su error y se rió nerviosamente.
Don Juan la miró de manera extraña pero no dijo nada.
Alentada por su silencio, la Gorda propuso que la lleváramos con nosotros. Nos aseguró que no nos molestaría en lo más mínimo.
– Estoy seguro de que no nos molestarás -le dijo don Juan-, pero realmente no quiero que oigas nada de lo que tengo que decir.
El enojo de la Gorda era muy obvio. Se sonrojó. Cuando don Juan y yo salíamos del cuarto, la miré a hurtadillas y noté que tenía la boca abierta y los labios resecos. Toda su cara se había nublado con ansiedad y tensión, distorsionándose al instante.
El malhumor de la Gorda me causó una gran ansiedad. De hecho, sentía una incomodidad física. No dije nada, pero don Juan pareció darse cuenta de cómo me sentía.
– Deberías darle gracias a la Gorda día y noche -dijo de repente-. Ella te está ayudando a destruir tu importancia personal. Ella es la pinche tirana en tu vida, pero aún no te das cuenta de eso.
Paseamos alrededor de la plaza hasta que todo mi nerviosismo se desvaneció. Entonces nos volvimos a sentar en su banca preferida.
– Los antiguos videntes en realidad fueron muy afortunados -comenzó don Juan-, porque tuvieron tiempo de sobra para aprender cosas increíbles. Con decirte que sabían maravillas que hoy no podemos ni siquiera imaginar.
– ¿Quién les enseñó todo eso? -pregunté.
– Aprendieron todo por su cuenta, eran videntes, veían -contestó-. La mayoría de lo que sabemos en nuestro linaje fue obra de ellos. Los nuevos videntes corrigieron los errores de los antiguos videntes, pero la base de lo que conocemos y hacemos está perdida en el tiempo de los toltecas.
Explicó que uno de los más sencillos y al mismo. tiempo más importantes hallazgos, desde el punto de vista de la instrucción, es saber que el hombre tiene dos tipos de conciencia. Los antiguos videntes los llamaban el lado derecho e izquierdo del hombre.
– Los antiguos videntes se dieron cuenta -prosiguió-, de que la mejor manera de enseñar su conocimiento era hacer que sus aprendices cambiaran a su lado izquierdo, a un estado de conciencia acrecentada, porque ahí es donde tiene lugar el verdadero aprendizaje.
"A los antiguos videntes les entregaban niños muy pequeños como aprendices -continuó don Juan-, para que de esa manera no conocieran otra clase de vida. A su vez, cuando esos niños crecían, tomaban a otros niños como aprendices. Imagínate las cosas que debieron descubrir en esos cambios a la izquierda y a la derecha, después de siglos de hacerlo.
Yo comenté lo desconcertante que eran para mí esos cambios. Me aseguró que mi experiencia era similar a la suya. Su benefactor, el nagual Julián, le creó un profundo cisma al hacerlo cambiar una y otra vez de un tipo de conciencia al otro. Dijo que la claridad y la libertad que experimentaba en estados de conciencia acrecentada estaban en completo contraste con las racionalizaciones, las defensas, el enojo y el miedo que eran parte de su estado normal.
Dijo que los antiguos videntes solían crear esta polaridad para satisfacer sus propósitos particulares; con ella, obligaban a sus aprendices a lograr la concentración necesaria para aprender técnicas de brujería. Los nuevos videntes, por otro lado, la usaban para guiar a sus aprendices a la convicción de que existen en el hombre posibilidades que jamás son realizadas.
– El mejor logro de los nuevos videntes -prosiguió don Juan-, es su explicación del misterio de estar consciente de ser. Lo condensaron todo en unos conceptos y actos que se enseñan mientras los aprendices están en el estado de conciencia acrecentada.
Dijo que el valor del método de enseñanza de los nuevos videntes radica en que aprovecha las cualidades peculiares de la conciencia acrecentada, especialmente la inhabilidad de los aprendices para recordar. Esta inhabilidad constituye una barrera casi infranqueable para los guerreros que tienen que recordar toda la instrucción que se les dio, si han de seguir adelante. Sólo después de años de esfuerzo y de disciplina monumentales pueden los guerreros recordar su instrucción.