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A fin de neutralizar los efectos dañinos del susto, su impacto tenía que ser contrarrestado, pero no disminuido. El explicar lo que ocurría hubiera disminuido el miedo. Lo que quería el nagual Julián era asegurarse de que podría utilizar ese miedo catalizador inicial cuantas veces lo necesitara, pero también quería asegurarse de que podía contrarrestar su devastador impacto; ese era el motivo del engaño. Mientras más elaboradas y dramáticas eran sus historias, mayor era su efecto contrarrestante. Si él mismo parecía compartir el aprieto, el susto de don Juan no podía ser tan intenso como el que habría sentido si hubiera estado solo.

– Con su afición por el drama -prosiguió don Juan-, mi benefactor pudo mover mi punto de encaje lo suficiente para imbuirme, de inmediato, con las dos cualidades básicas de los guerreros: el esfuerzo sostenido y el intento inflexible. Yo sabía que para ser libre algún día, tendría que trabajar de manera constante y ordenada y en cooperación con el frágil viejito, quien a mi parecer necesitaba de mi ayuda tanto como yo necesitaba de la suya. Y también sabía sin duda alguna que eso era todo lo que yo quería hacer en esta vida.

No pude volver a hablar con don Juan hasta dos días después. Estábamos en Oaxaca, paseando en la plaza principal, temprano por la mañana. Había niños caminando a la escuela, gente yendo a misa, algunos hombres sentados en las bancas y conductores de taxi esperando a turistas del hotel.

– Hacer mover al punto de encaje -dijo don Juan-, es la culminación de lo que busca el guerrero. De ahí en adelante es otra búsqueda; es la búsqueda del vidente propiamente dicha.

Repitió que en el camino del guerrero, el mover el punto de encaje lo es todo. Los antiguos videntes jamás llegaron a esa conclusión. Pensaban que el movimiento del punto era como una marca que determinaba sus posiciones en una escala de méritos. Jamás concibieron que era precisamente esa posición la que determinaba lo que percibían.

– Con el método de los acechadores -continuó don Juan-, un acechador consumado como el nagual Julián puede lograr estupendos cambios del punto de encaje. Estos son movimientos muy sólidos. Como ya te darás cuenta, al apoyar al aprendiz, el maestro acechador obtiene la total cooperación y participación del aprendiz. Obtener la total cooperación y participación de alguien es probablemente el más importante resultado del método de los acechadores. Y el nagual Julián era un genio indisputable que siempre conseguía ambas cosas.

Don Juan dijo que no tenía palabras para describir la agitación y confusión que vivió al irse enterando, poco a poco, de la riqueza y lo complejo de la personalidad y la vida del nagual Julián. Mientras don Juan estuvo convencido de que trataba con un indefenso viejecillo, frágil y asustado, se sentía seguro de sí mismo, cómodo. Pero un día, poco después de haber hecho el trato con el hombre monstruoso, su seguridad se vino al suelo y se rompió para siempre. El nagual Julián le dio a don Juan otra desconcertante demostración de sus habilidades acechadoras.

Aunque para entonces don Juan ya estaba bastante repuesto, el nagual Julián aún dormía en el mismo cuarto para cuidarlo. Aquel día, cuando don Juan despertó, el nagual Julián le comunicó que su captor estaría ausente un par de días y que eso le iba a permitir un momento de libertad. En tono de confidencia dijo que él no era en realidad un viejecillo, sino que sólo pretendía serlo para burlar la vigilancia del hombre monstruoso.

Sin darle a don Juan ni tiempo de pensar, con increíble agilidad se levantó de su petate de un salto; se inclinó y metió la cabeza en un balde de agua durante un momento largo. Cuando se enderezó, tenía el cabello completamente negro, el cabello blanco había desaparecido, y don Juan miraba a un hombre que nunca había visto antes, un hombre qué a lo mucho tenía treinta años. Flexionó los músculos, respiró profundamente y estiró cada parte de su cuerpo como si hubiera estado demasiado tiempo en una jaula apretada.

– Cuando vi al nagual Julián como un hombre joven, pensé que en realidad era el demonio -continuó don Juan-. Cerré los ojos y supe que mi fin estaba cerca. El nagual Julián se rió hasta llorar.

Don Juan dijo que entonces el nagual Julián lo tranquilizó haciéndolo cambiar una y otra vez entre la conciencia del lado derecho y la del lado izquierdo.

– Durante dos días ese joven dio de saltos y corrió por toda la casa, como un niño que juega a lo loco cuando su mamá no está -prosiguió don Juan-. Me contó la historia de su vida y chistes que me hacían caerme de risa. Pero la manera en que había cambiado su esposa, fue aún más asombroso para mí. Estaba delgadita y era hermosísima. Pensé que era una mujer completamente diferente. Me deshice en elogios. Me fascinaba lo completo de su cambio y lo hermosa que se veía. El joven dijo que cuando su captor se ausentaba ella era otra mujer.

Don Juan se rió y dijo que su diabólico benefactor decía la verdad. En realidad, esa bellísima mujer era otra vidente del grupo del nagual.

Don Juan le preguntó al joven por qué aparentaban ser lo que no eran. Con los ojos llenos de lágrimas, el joven miró a don Juan y le dijo que, en verdad, los misterios del mundo son insondables. Él y su joven esposa habían sido atrapados por fuerzas inexplicables y tenían que protegerse fingiendo así. Actuaba como un viejecillo frágil porque su captor siempre los estaba vigilando. Le suplicó a don Juan que le perdonara por haberlo engañado.

Don Juan preguntó quién era aquel hombre de aspecto monstruoso. Suspirando profundamente, el joven confesó que ni siquiera podía adivinarlo. Le dijo a don Juan que aunque él era un hombre educado, un famoso actor del ambiente teatral de la Ciudad de México, no tenía explicaciones. Lo único que sabía era que había venido a casa de la curandera para ser tratado de una tisis que padecía desde hacía muchos años. Estaba a un paso de la muerte cuando sus parientes lo llevaron adonde la curandera. Ella lo ayudó a restablecerse, y él se enamoró tan locamente de la hermosa joven india que acabó casándose con ella. Su plan era llevársela a la capital y enriquecerse con su habilidad curativa.

Antes de iniciar el viaje a la Ciudad de México, ella le advirtió que tenían que disfrazarse para poder escapar de un brujo. Le explicó que su madre también había sido curandera y que aprendió a curar con ese brujo maestro, quien le exigió que ella, la hija, permaneciera con él para toda la vida. El joven dijo que se había negado a preguntarle a su esposa acerca de aquella relación. Sólo quería liberarla, y por eso se disfrazó de viejo y a ella la disfrazó de mujer gorda.

El cuento no tuvo un desenlace feliz. El hombre horripilante los capturó y los mantuvo prisioneros. No se atrevían a quitarse el disfraz ante aquel hombre de pesadilla, y en su presencia se comportaban como si se odiaran; pero en realidad, languidecían el uno por el otro y vivían sólo para disfrutar los cortos periodos en los que se ausentaba aquel hombre.

Don Juan dijo que el joven lo abrazó y le dijo que el cuarto donde estaba su cama era el único lugar seguro de la casa, y que si sería tan amable de salir a montar guardia mientras le hacía el amor a su esposa.

– Su pasión estremeció a la casa -continuó don Juan-, mientras yo me senté junto a la puerta, sintiéndome culpable por escucharlos y mortalmente asustado con la idea de que el hombre regresara en cualquier momento. Y así fue, escuché que entró a la casa. Golpeé la puerta, y cuando no contestaron, entré al cuarto. La bellísima joven dormía desnuda y el joven no estaba. Jamás en mi vida había visto a una mujer tan hermosa, tan dormida y tan desnuda. Oí al hombre monstruoso caminando hacia el cuarto. Yo aún estaba muy débil. Mi vergüenza y mi terror eran tan grandes que me desmayé otra vez.

La historia me molestó sobremanera. Le dije a don Juan que yo no entendía el valor de las habilidades acechadoras del nagual Julián. Don Juan me escuchó sin hacer un solo comentario, y me dejó hablar acaloradamente, mientras seguimos caminando.

Cuando finalmente nos sentamos en una banca, yo estaba muy cansado. No supe qué decir cuando me preguntó por qué su relato del método de enseñanza del nagual Julián me había molestado tanto.

– No me puedo quitar la idea de que simplemente le estaba haciendo jugarretas crueles a todos -dije al fin.

– Los que hacen jugarretas no enseñan nada a nadie -repuso don Juan-. El nagual Julián ponía en escena dramas mágicos que requerían mover el punto de encaje.

– A mí me parece una persona muy egoísta -insistí.

– Te parece ser eso porque lo estás juzgando -contestó-. Actúas como moralista. Yo me sentía al igual que tú. Figúrate ahora, si tú te sientes así solamente oyendo hablar del nagual Julián, imagínate cómo debí sentirme yo viviendo en su casa durante años. Por supuesto que no sólo me cayó mal, también lo envidiaba y le tenía terror.

"Pero también lo quería mucho, sin embargo mi envidia era más grande que mi cariño. Le envidiaba su facilidad, su misteriosa capacidad de ser joven o viejo a voluntad; le envidiaba su estilo, y sobre todo, le envidiaba su manera de influenciar a cualquier persona que estuviera cerca de él. Me mataba oírlo cuando iniciaba las más interesantes conversaciones con la gente. Siempre tenía algo qué decir; yo nunca tenía nada, y sólo sabía sentirme incompetente e ignorado.

Las revelaciones de don Juan me hicieron sentirme incómodo. Deseaba que cambiara de tema, porque no quería oír que era como yo. En mi opinión, él era un nagual sin par. Se dio cuenta de cómo me sentía:

– Lo que estoy tratando de hacer con la historia de mi envidia -prosiguió-, es señalarte algo de gran importancia, que la posición del punto de encaje dicta cómo nos comportamos y cómo nos sentimos.

"En aquel entonces mi gran defecto era que no podía entender este principio. Estaba aún verde. Al igual que tú, vivía a través de la importancia personal, porque ahí era donde estaba emplazado mi punto de encaje. Cómo te darás cuenta, yo aún no había aprendido que la forma de mover ese punto es establecer nuevos hábitos, moverlo con el intento. Cuando al fin se movió, fue como si yo acabara de descubrir que la única manera de tratar con guerreros sin par, como mi benefactor, es no tener importancia personal para así poder celebrarlos sin prejuicios.

Repitió otra vez que todos los entendimientos son de dos tipos. Uno es simplemente exhortaciones que uno se da a sí mismo, grandes arranques de emoción y nada más. El otro es el producto de un movimiento del punto de encaje; no va unido a arranques emocionales sino a la acción. Los entendimientos emocionales vienen años después, cuando los guerreros, mediante el uso, han solidificado la nueva posición de sus puntos de encaje.

– Incansablemente, el nagual Julián nos guió a todos nosotros a ese tipo de movimiento -prosiguió don Juan-. Obtuvo de todos nosotros total cooperación y participación en sus enormes dramas. Por ejemplo, con su drama del hombre joven y su esposa y su captor, atrapó mi absoluta concentración e interés. Para mí, el cuento del hombre viejo que era en realidad joven fue muy consistente. Había visto al hombre monstruoso con mis propios ojos, y eso hacía que el joven tuviera mi imperecedera afiliación.