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VIII. LA POSICIÓN DEL PUNTO DE ENCAJE
Don Juan reanudó nuevamente su explicación en su casa en el sur de México. La casa, era propiedad de todos los miembros del grupo del nagual, pero Silvio Manuel oficiaba como dueño y todos se referían abiertamente a ella como la casa de Silvio Manuel. Yo, por alguna razón me había acostumbrado a llamarla la casa de don Juan.
Don Juan, Genaro y yo habíamos regresado ese día tras un arduo viaje a las montañas. Mientras descansábamos, después de la larga jornada, le pregunté a don Juan cuál era la razón de tan curioso engaño. Me aseguró que no se trataba de ningún engaño, y que llamarla la casa de Silvio Manuel era un ejercicio del arte del acecho que todos sus compañeros debían practicar bajo cualquier circunstancia, incluso en lo privado de sus propios pensamientos. Que alguno de ellos, insistiera en considerarla de otra manera era equivalente a negar sus lazos con el resto de sus compañeros.
Me pareció que se estaba refiriendo a mí y protesté que yo jamás había sabido eso. Le aseguré qué yo no quería causar discordia alguna con mis hábitos.
– No te preocupes por eso -dijo sonriéndome y dándome palmadas en la espalda-. Puedes llamar a esta casa como se te dé la gana. El nagual tiene autoridad. Por ejemplo, la mujer nagual la llama la casa de las sombras.
Nuestra conversación fue interrumpida, y no lo vi hasta que me mandó llamar al patio trasero un par de horas después.
Él y Genaro deambulaban por el extremo lejano del corredor; los veía gesticular con las manos como si estuvieran envueltos en una animada conversación.
Era un día claro y soleado. El sol de media tarde brillaba directamente sobre unas macetas de flores que colgaban de los aleros del techo alrededor del corredor, y proyectaba sus sombras en las paredes del norte y el este del patio. Era asombrosa la combinación de la luz solar intensamente amarilla, las abultadas sombras negras de las macetas y las delicadas sombras de las frágiles plantas en flor que crecían en ellas. Alguien con un agudo sentido del balance y la composición pictórica había podado esas plantas para crear un efecto de exquisita sencillez.
– La mujer nagual ha hecho eso -dijo don Juan como si leyera mis pensamientos-. Por las tardes contempla esas sombras.
La idea de que ella contemplara esas inquietantes sombras tuvo un efecto devastador en mí. La intensa luz amarilla de esa hora, la quietud del pueblo aquel, y el cariño que yo sentía por la mujer nagual evocaron, en un instante, toda la soledad del interminable camino del guerrero.
Don Juan definió el curso de ese camino cuando me dijo que los nuevos videntes son los guerreros de la libertad total, que su única búsqueda es la liberación final que se presenta cuando alcanzan la conciencia total. Al mirar esas perturbadoras sombras en la pared, entendí con perfecta claridad lo que hacía decir a la mujer nagual que el leer poemas en voz alta era el único desasosiego que su espíritu tenía.
Recordé que el día anterior ella me había leído algo, ahí en el patio, pero yo no había entendido toda su urgencia, su añoranza. Era un poema de Juan Ramón Jiménez, "Hora inmensa". Me confesó que sintetizaba para ella la soledad que los guerreros vivían, en su afán de escapar hacia la libertad.
Sólo turban la paz una campana, un pájaro…
Parece que los dos hablan con el ocaso.
Es de oro el silencio. La tarde es de cristales.
Mece los frescos árboles una pureza errante.
Y, más allá de todo, se sueña un río límpido
que, atropellando perlas, huye hacia lo infinito…
– ¿Qué es lo que realmente estamos haciendo, don Juan? -pregunté-. ¿Es posible que los guerreros se preparan solamente para la muerte?
Don Juan y don Genaro me miraron con una expresión de sorpresa.
– De ninguna manera -me dijo don Juan tocándome suavemente el hombro-. Los guerreros se preparan para tener conciencia, y la conciencia total sólo les llega cuando ya no queda en ellos nada de importancia personal. Sólo cuando son nada se convierten en todo.
Guardamos silencio durante un momento. Don Juan me preguntó si era mi situación lo que me ponía triste. No contesté porque no estaba seguro.
– No estás arrepentido de estar aquí, ¿verdad? -preguntó don Juan con una vaga sonrisa.
– Claro que no -le aseguró Genaro. Durante un momento, pareció dudar. Se rascó la cabeza, me miró y arqueó las cejas-. ¿A poco lo estás? -me preguntó-. ¿Lo estás?
– Claro que no -le aseguró esta vez don Juan a Genaro. Repitió el mismo gesto de duda, rascándose la cabeza y arqueando las cejas-. ¿A poco lo estás? -me preguntó-. ¿Lo estás?
– ¡Claro que no! -exclamó Genaro en voz resonante, y los dos explotaron en risas incontrolables.
Cuando se calmaron, don Juan dijo que la importancia personal es la fuerza detrás de todo ataque de melancolía. Agregó que los guerreros tienen derecho a sentir estados de profunda tristeza, pero que la tristeza les viene solamente para hacerlos reír.
– Genaro te va a demostrar algo que es más estimulante que toda tu pinche tristeza -prosiguió don Juan-. Tiene que ver con la posición del punto de encaje.
De inmediato Genaro empezó a caminar alrededor del corredor, arqueando la espalda y levantando los muslos hasta el pecho.
– El nagual Julián le enseñó cómo caminar de esa manera -me dijo don Juan susurrando-. Se llama el paso de poder. Genaro conoce varios pasos de poder. ¡Míralo atentamente!
En verdad, los movimientos de Genaro eran hipnóticos. Me encontré siguiendo sus pasos, primero con mis ojos y después, irresistiblemente, con mis pies. Imité su manera de caminar. Le dimos una vuelta al patio y nos detuvimos.
Mientras caminaba, imitando a Genaro, noté la extraordinaria lucidez que cada paso me aportaba. Al detenernos, mi destreza física y mental, habían adquirido matices excepcionales; podía oír todos los ruidos; percibía hasta los más insignificantes cambios en la luz o en las sombras a mi alrededor. Me sentí presa de un sentimiento de urgencia, de acción inminente; tenía la sensación de ser extraordinariamente agresivo, musculoso, atrevido. Vi frente a mí una enorme extensión de tierra plana; justo a mis espaldas, vi un bosque. Gigantescos árboles formaban una línea recta, como un muro descomunal. El bosque era oscuro y verde; la llanura era amarillenta, bañada por el sol.
Respiraba yo de un modo insólito, pero no de manera anormal. Y era el ritmo de mi profunda y extrañamente acelerada respiración el que me obligaba a mover las piernas. Quería echarme a correr, o más bien mi cuerpo quería hacerlo, pero justo cuando iba a partir algo me detuvo.
Repentinamente, don Juan y Genaro estaban a mi lado. Caminamos juntos por el corredor, con Genaro a mi derecha. Me dio un leve empujón con el hombro. Sentí el peso de su cuerpo empujándome ligeramente hacia la izquierda. Seguimos, en ángulo, directamente a la pared oriental del patio. Durante un momento tuve la certeza de que íbamos a travesarla e incluso me preparé para el impacto, pero nos detuvimos justo cuando la punta de mi zapato y la punta de mi nariz tocaban la pared.
Mientras mi nariz aún estaba pegada contra ella, ambos me examinaron con gran cuidado. Yo sabía lo que buscaban: querían asegurarse de que mi punto de encaje se había movido. Y yo estaba seguro de que se había desplazado porque mi estado de ánimo había cambiado. Obviamente, ellos también lo sabían. Me tomaron de los brazos muy levemente y, en silencio, caminaron conmigo al otro lado del corredor hacia un oscuro y estrecho pasillo que unía al patio con el resto de la casa. Ahí nos detuvimos.
Don Juan y Genaro se alejaron a unos metros de mí, y yo quedé encarando el lado de la casa que estaba envuelto en sombras. Miraba al interior de un cuarto vacío y oscuro. Tenía una sensación de cansancio físico. Me sentía lánguido, indiferente, y sin embargo estaba repleto de una gran fuerza espiritual. Me di cuenta entonces de que había perdido algo. No había energía física en mi cuerpo. Apenas podía mantenerme de pie. Finalmente mis piernas cedieron y me senté. Luego me tendí sobre un costado, y me acosaron allí los más piadosos y serenos sentimientos de amor a Dios, y a la bondad, y al bien.
De repente, me hallé frente al altar mayor de una iglesia. Los bajos relieves cubiertos de hoja de oro centelleaban a la luz de miles de velas. Vi las formas oscuras de hombres y mujeres que llevaban en andas a un enorme crucifijo. Me moví a un lado para quitarme de su paso y salí de la iglesia. Había allí una multitud de gente, un mar de velas que venía hacia mí. Me sentí exaltado. Corrí a unirme con ellos. Me impulsaba un amor sin límite. Quería estar con ellos, para rezarle al Señor. Estaba a escasos metros de la crasa de gente cuando algo me sacó de allí de un tirón y me regresó al corredor.
Don Juan y Genaro me ayudaron a ponerme de pie. Se colocaron a mis lados v caminamos muy despacio alrededor del patio.
Al día siguiente, mientras comíamos, don Juan dijo que Genaro empujó mi punto de encaje con su paso de poder, y que había logrado hacerlo porque yo estaba en un estado de silencio interior. Me recordó que, desde el día en que nos conocimos, me explicó que detener el diálogo interno es lo que articula todo lo que hacen los videntes. Subrayó una y otra vez que el diálogo interno es lo que mantiene fijo al punto de encaje en su posición original.
– Una vez que se logra el silencio, todo es posible -dijo.
Le conté que yo estaba muy consciente de que, en general, había dejado de hablar conmigo mismo, pero que no sabía cómo lo logré. Si alguien me pidiera explicar el procedimiento no sabría qué decir.
– La explicación es la sencillez misma -dijo-. Lo decretaste con la fuerza de tu voluntad, y de esa manera creaste un nuevo intento, un nuevo comando. Después, tu comando se convirtió en el comando del Águila.
"Ya te dije que una de las cosas más extraordinarias que los nuevos videntes descubrieron fue que nuestro comando puede convertirse en el comando del Águila. El diálogo interno termina de la misma manera como empieza: mediante un acto de voluntad. Después de todo, son nuestros maestros quienes nos obligan a dialogar con nosotros mismos. Conforme nos enseñan, al usar ellos su voluntad, nosotros aprendemos a usar la nuestra, ambos sin saberlo. Conforme aprendemos a hablar con nosotros mismos, aprendemos también a manejar nuestra voluntad. En otras palabras, nuestros maestros nos obligan a hablar con nosotros mismos. La manera de terminar con el diálogo interno es usando exactamente el mismo método: debemos obligarnos a pararlo, debemos crear el intento, empleando la fuerza de nuestra voluntad.
Durante algunos minutos guardamos silencio. Le pregunté luego quiénes eran los maestros que nos enseñan a hablar con nosotros mismos.
– Me refería a lo que nos ocurre a nosotros los seres humanos cuando somos niños -contestó-, Durante ese periodo, todos los que nos rodean son nuestros maestros y nos enseñan a repetir un interminable diálogo acerca de nosotros mismos. El diálogo se interioriza y crea tal fuerza que por sí solo mantiene fijo el punto de encaje.
"Los nuevos videntes dicen que los niños tienen cientos de maestros que les enseñan exactamente dónde localizar su punto de encaje y cómo mantenerlo fijo.