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– No son hombres, sino mujeres -dijo-. Y esas pirámides donde están es el centro del orden y de la estabilidad. Esas figuras son sus cuatro esquinas, son los cuatro vientos, las cuatro direcciones. Son la base, el fundamento de la pirámide. Tienen que ser mujeres, mujeres hombrunas si así las quieres llamar. Como ya sabes, nosotros los hombres no somos tan calientes. Somos una buena ligadura, un pegol que junta las cosas, y eso es todo. El nagual Juan Matus dijo que el misterio de la pirámide es su estructura. Las cuatro esquinas han sido elevadas hasta la cima. La pirámide misma es el hombre, que está sostenido por sus mujeres guerreras: un hombre que ha elevado sus soportes hasta el lugar más alto. ¿Entiendes?
Debo haber tenido una expresión de perplejidad en el rostro. Pablito rió. Se trataba de una risa cortes.
– No, no entiendo, Pablito -reconocí-, porque don Juan nunca me habló de eso. El tema es completamente nuevo para mí. Por favor, dime todo lo que sepas.
– Lo que se conoce como atlantes son el nagual; son mujeres ensoñadoras. Representan el orden de la segunda atención que ha sido traída a la superficie, por eso son tan temibles y misteriosas. Son criaturas de guerra, pero no de destrucción.
"La otra hilera de columnas, las rectangulares, representan el orden de la primera atención, el tonal. Son acechadoras, por eso están cubiertas de inscripciones. Son muy pacíficas y sabias, lo contrario de la hilera de enfrente.
Pablito dejó de hablar y me miró casi desafiante; después, sonrió.
Pensé que iba a explicar lo que había dicho, pero guardó silencio como si esperara mis comentarios.
Le dije cuán perplejo me hallaba y le urgía que continuara hablando. Pareció indeciso, me miró un momento y respiró largamente. Apenas había comenzado a hablar cuando las voces de los demás se alzaron en un clamor de protestas.
– El nagual ya nos explicó todo eso a nosotros -advirtió la Gorda, impacientemente-. ¿Por qué tienes que hacerlo repetir?
Traté de hacerles comprender que en verdad yo no tenía la menor idea de lo que hablaba Pablito. Le rogué que continuara con su explicación. Surgió otra oleada de voces que hablaban al mismo tiempo. A juzgar por la manera como las hermanitas me fulminaban con la mirada, se estaban encolerizando aún más, Lidia en especial.
– No queremos hablar de esas mujeres -objetó la Gorda con un tono conciliatorio-. Nomás de pensar en las mujeres de la pirámide nos ponemos muy nerviosas.
– ¿Qué les pasa a todos ustedes? -pregunté-. ¿Por qué actúan así?
– No sabemos -respondió la Gorda-. Es nomás una sensación que nos da a todos, una sensación muy inquieta. Todos estábamos bien hasta hace un rato, cuando empezaste a preguntar sobre esas mujeres.
Las aseveraciones de la Gorda fueron como una señal de alarma. Todos ellos se pusieron de pie y avanzaron amenazantes hacia mí, hablando muy fuerte.
Me tomó un buen rato calmarlos y hacer que volvieran a tomar asiento. Las hermanitas se hallaban muy molestas y su mal humor parecía influenciar el de la Gorda. Los tres hombres mostraban mayor control. Me enfrenté a Néstor y le pedí lisa y llanamente que me explicara por qué las mujeres se habían agitado tanto. Era obvio que yo me hallaba, involuntariamente, haciendo algo que las exasperaba.
– Yo verdaderamente no sé lo que es -respondió-. Es que ninguno de nosotros aquí sabe lo que nos sucede. Todo lo que sabemos es que nos sentimos mal y nerviosos.
– ¿Es porque estamos hablando de las pirámides? -le consulté.
– Debe ser por eso -respondió, sombrío-. Yo mismo no sabía que esas figuras fuesen mujeres.
– Claro que lo sabías, idiota -exclamó Lidia.
Néstor pareció intimidarse ante ese estallido. Retrocedió y me sonrió mansamente.
– A lo mejor lo sabía -concedió-. Estamos pasando por un periodo muy extraño en nuestras vidas. Ya ninguno de nosotros puede estar seguro de nada. Desde que llegaste a nuestras vidas ya no nos conocemos a nosotros mismos.
Un humor muy opresivo nos poseyó. Insistí en que la única manera de ahuyentarlo era hablando de esas misteriosas columnas de las pirámides.
Las mujeres protestaron acaloradamente. Los hombres se mantuvieron en silencio. Tuve la sensación de que en principio estaban de acuerdo con las mujeres, pero que en el fondo querían discutir el tema, al igual que yo.
– ¿Don Juan no te dijo algo más sobre las pirámides, Pablito? -pregunté.
– Dijo que una pirámide en especial, allí en Tula; era un guía -respondió Pablito, al instante.
Del tono de su voz deduje que en verdad tenía deseos de hablar. Y la atención que prestaban los demás aprendices me convenció de que secretamente todos ellos querían intercambiar opiniones.
– El nagual dijo que era un guía que llevaba a la segunda atención -continuó Pablito-, pero que fue saqueada y todo se destruyó. Me contó que algunas de las pirámides eran gigantescos no-haceres. No eran sitios de alojamiento, sino lugares para que los guerreros hicieran su ensueño y ejercitaran su segunda atención. Todo lo que hacían se registraba con dibujos y figuras que esculpían en los muros.
"Después debe haber llegado otro tipo de guerrero, una especie que no estaba de acuerdo con lo que los brujos de la pirámide hicieron con su segunda atención, y que destruyó la pirámide con todo lo que allí había.
"El nagual creía que los guerreros debieron ser guerreros de la tercera atención. Así como él mismo era. Guerreros que se horrorizaron con lo maligno que tiene la fijeza de la segunda atención. Los brujos de las pirámides estaban excesivamente ocupados con su fijeza, para darse cuenta de lo que ocurría. Cuando lo hicieron, ya era demasiado tarde.
Pablito tenía público. Todos en el cuarto, incluyéndome a mí, estábamos fascinados con lo que nos relataba. Pude comprender las ideas que presentaba, porque don Juan me las llegó a explicar.
Don Juan me había dicho que nuestro ser total consiste en dos segmentos perceptibles. El primero es nuestro cuerpo físico, que todos nosotros podemos percibir; el segundo es el cuerpo luminoso, que es un capullo que sólo los videntes pueden percibir y que nos da la apariencia de gigantescos huevos luminosos. También me dijo que una de las metas más importantes de la brujería era alcanzar el capullo luminoso; una meta que se logra a través del sofisticado uso del ensueño y mediante un esfuerzo riguroso y sistemático que él llamaba no-hacer. Don Juan definía no-hacer como un acto insólito que emplea a nuestro ser total forzándolo a ser consciente del segmento luminoso.
Para explicar estos conceptos, don Juan hizo una desigual división tripartita de nuestra conciencia. A la porción más pequeña la llamó "primera atención" y dijo que era la conciencia que toda persona normal ha desarrollado para enfrentarse al mundo cotidiano; abarca la conciencia del cuerpo físico. A otra porción más grande la llamó la "segunda atención" y la describió como la conciencia que requerimos para percibir nuestro capullo luminoso y para actuar como seres luminosos. Dijo que la segunda atención se queda en el trasfondo durante toda nuestra vida, a no ser que emerja a través de un entrenamiento deliberado o a causa de un trauma accidental, abarca la conciencia del cuerpo luminoso. A la última porción, que era la mayor, la llamó la "tercera atención": una conciencia de los cuerpos físico y luminoso.
Le pregunté si había experimentado la tercera atención. Dijo que se hallaba en la periferia de ella y que si llegaba a entrar completamente yo lo sabría al instante, porque todo él se convertiría en lo que en verdad era: un estallido de energía. Agregó que el campo de batalla de los guerreros era la segunda atención, que venía a ser algo como un campo de entrenamiento para llegar a la tercera atención; un campo un tanto difícil de alcanzar, pero muy fructífero una vez obtenido.
– Las pirámides son dañinas -continuó Pablito-. En especial para brujos desprotegidos como nosotros. Pero son todavía peores para guerreros sin forma, como la Gorda. El nagual dijo que no hay nada más peligroso que la fijeza maligna de la segunda atención. Cuando los guerreros aprenden a enfocarse en el lado débil de la segunda atención, ya no hay nada que pueda detenerlos. Se convierten en cazadores de hombres, en vampiros. No importa que ya no estén vivos, pueden alcanzar su presa a través del tiempo, como si estuvieran presentes aquí y ahora; porque en presas nos convertimos si nos metemos en una de esas pirámides El nagual las llamaba trampas de la segunda atención.
– ¿Exactamente qué dijo que le pasaría a uno? -preguntó la Gorda.
– El nagual dijo que quizás podríamos aguantar una visita a las pirámides -explicó Pablito-. En la segunda visita sentíamos una extraña tristeza; como una brisa que nos volvería desatentos y fatigados: una fatiga que pronto se convierte en la mala suerte. En cuestión de días nos volveríamos unos salados. El nagual aseguró que nuestras oleadas de mala suerte se debían a nuestra obstinación al visitar esas ruinas a pesar de sus recomendaciones.
"Eligio, por ejemplo, nunca desobedeció al nagual. Ni a ratos te lo encontrabas allí; tampoco encontrabas este nagual que está aquí, y los dos siempre tuvieron suerte, mientras que el resto de nosotros traemos la sal, en especial la Gorda y yo. ¿No nos mordió el mismo perro? ¿Y no las mismas vigas del techo de la cocina se pudrieron dos veces y se nos cayeron encima?
– El nagual nunca me explicó esto -refutó la Gorda.
– Claro que sí -insistió Pablito.
– Si yo hubiera sabido lo malo que era todo eso, jamás habría puesto un pie en esos malditos lugares -protestó la Gorda.
– El nagual nos dijo a todos las mismas cosas -dijo Néstor-. El problema es que todos aquí no lo escuchábamos atentamente, o más bien que cada uno de nosotros lo escuchaba a su manera, y oíamos lo que queríamos oír.
"El nagual explicó que la fijeza de la segunda atención tiene dos caras. La primera y la más fácil es la cara maléfica. Sucede cuando los soñadores usan su ensueño para enfocar la segunda atención en las cosas de este mundo, como dinero o poder sobre la gente. La otra cara es la más difícil de alcanzar y ocurre cuando los soñadores enfocan su atención en cosas que ya no están en este mundo o que ya no son de este mundo, así como el viaje a lo desconocido. Los guerreros necesitan una impecabilidad sin fin para alcanzar esta cara.
Les dije que estaba seguro de que don Juan había revelado selectivamente ciertas cosas a algunos de nosotros; y otras, a otros. Por ejemplo, yo no podía recordar que don Juan alguna vez hubiera discutido conmigo la cara maléfica de la segunda atención. Después les hablé de lo que don Juan me había dicho referente a la fijeza de la atención en general.
Empezó por dejar en claro que para él todas las ruinas arqueológicas de México, especialmente las pirámides, eran dañinas para el hombre moderno. Describió las pirámides como desconocidas de pensamiento y de acción. Dijo que cada parte, cada diseño, representaba un esfuerzo calculado para registrar aspectos de atención absolutamente ajenos a nosotros. Para don Juan no eran solamente las ruinas de antiguas culturas las que contenían un elemento peligroso en ellas; todo lo que era objeto de una preocupación obsesiva tenía un potencial dañino.