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PRIMERA PARTE: EL OTRO YO
I. La fijeza dela segunda atención
Era de tarde cuando llegué a donde vivían la Gorda y las hermanitas. La Gorda estaba sola, sentada afuera de la puerta, contemplando las montañas distantes. Se pasmó al verme. Me explicó que había estado completamente absorta en un recuerdo y que en un momento estuvo a punto de recordar algo muy vago y que tenía que ver conmigo.
Esa noche, después de cenar, la Gorda, las tres hermanitas, los tres Genaros y yo nos sentamos en el suelo del cuarto de la Gorda. Las mujeres se acomodaban juntas.
Por alguna razón, aunque tenía la misma familiaridad con cada uno de ellos, había inconscientemente elegido a la Gorda como recipiente de toda mi atención. Era como si los demás no existieran para mí. Especulé que quizá se debía a que la Gorda me recordaba a don Juan, y los demás, no. Existía algo gracioso en ella, pero esa gracia no se hallaba tanto en sus acciones como en mis sentimientos hacia ella.
Querían saber qué estuve haciendo antes de llegar. Les dije que acababa de estar en la ciudad de Tula, Hidalgo, donde había visitado las ruinas arqueológicas. Me impresionó notablemente una hilera de cuatro colosales figuras de piedra, con forma de columna, llamadas "los Atlantes", que se hallaban en la parte superior plana de una pirámide.
Cada una de estas figuras casi cilíndricas, que miden cinco metros de altura y uno de diámetro, está compuesta de cuatro distintas piezas de basalto talladas para representar lo que los arqueólogos creen ser guerreros toltecas que llevan su parafernalia guerrera. A unos siete metros detrás de cada uno de los atlantes se encuentra otra hilera de cuatro columnas rectangulares de la misma altura y anchura de las primeras, también hechas con cuatro piezas distintas de piedra.
El impresionante escenario de los atlantes fue encarecido aún más para mí por lo que me contó el amigo que me había llevado al lugar. Me dijo que un guardián de las ruinas le reveló que él había oído, durante la noche, caminar a los atlantes, de tal forma que debajo de ellos el suelo se sacudía.
Pedí comentarios a los Genaros. Se mostraron tímidos y emitieron risitas. Me volví a la Gorda, que se hallaba sentada junto a mí, y le pedí directamente su opinión.
– Yo nunca he visto esas figuras -aseguró-. Nunca he estado en Tula. La mera idea de ir a ese pueblo me da miedo.
– ¿Por qué te da miedo, Gorda?-pregunté.
– A mí me pasó una cosa muy rara en las ruinas de Monte Albán, en Oaxaca -contestó-. Yo me iba mucho a andar por esas ruinas, a pesar de que el nagual Juan Matus me dijo que no pusiera un pie allí. No sé por qué pero me encantaba ese lugar. Cada vez que llegaba a Oaxaca iba allí. Como a las viejas que andan solas siempre las molestan, por lo general iba con Pablito, que es muy atrevido. Pero una vez fui con Néstor. Y él vio un destello en el suelo. Cavamos un poco y encontramos una piedra muy extraña que cabía en la palma de mi mano. Habían hecho un hueco bien torneado en la piedra. Yo quería meter el dedo ahí y ponérmela como anillo, pero Néstor no me dejó. La piedra era suave y me calentaba mucho la mano. No sabía que hacer con ella. Néstor la puso dentro de su sombrero y la cargamos como si fuera un animal vivo.
Todos empezaron a reír. Parecía haber una broma oculta en lo que la Gorda me decía.
– ¿A dónde la llevaste? -le pregunté.
– La trajimos aquí, a esta casa -respondió, y esa aseveración generó risas incontenibles en los demás. Tosieron y se ahogaron de reír.
– La Gorda es la que pagó por el chiste -explicó Néstor-. Tienes que verla como es, terca como una mula. El nagual ya le había dicho que no se metiera con piedras, o con huesos, o con cualquier cosa que encontrara enterrada en el suelo. Pero ella se escurría como ladrón cuando él no se daba cuenta y recogía toda clase de porquerías.
"Ese día, en Oaxaca, la Gorda se emperró en que debíamos llevarnos esa maldita piedra. Nos subimos con ella al camión y la trajimos hasta aquí, hasta este pueblo, y luego hasta este mismo cuarto.
– El nagual y Genaro estaban de viaje -prosiguió la Gorda-. Me sentí muy audaz, metí el dedo en el agujero y me di cuenta de que esa piedra había sido cortada para llevarla en la mano. Ahí nomás empecé a sentir lo que sentía el dueño de esa piedra. Era una piedra de poder. Me puso de mal humor. Me entró miedo. Sentía que algo horrible se escondía en lo oscuro de la casa, algo que no tenía ni forma ni color. No podía quedarme sola. Me despertaba pegando gritos y después de un par de días ya nomás no pude ni dormir. Todos se turnaban para acompañarme, de día y de noche.
– Cuando el nagual y Genaro regresaron -dijo Néstor-, el nagual me mandó con Genaro a poner de nuevo la piedra en el lugar exacto donde había estado enterrada. Genaro se llevó tres días en localizar el lugar exacto. Y lo hizo.
– Y a ti, Gorda ¿qué te pasó, después de eso? -pregunté.
– El nagual me enterró. Durante nueve días estuve desnuda dentro de un ataúd de tierra.
Entre ellos tuvo lugar una explosión de risa.
– El nagual le dijo que no podía salirse de allí -explicó Néstor-. La pobre Gorda tenía que mear y hacer caca dentro del ataúd. El nagual la empujó dentro de una caja que hizo con ramas y lodo. Había una puertita en un lado para la comida y el agua. Todo lo demás estaba sellado.
– ¿Por qué la enterró? -indagué.
– Es la única forma de proteger a cualquiera -sostuvo Néstor-. La Gorda tenía que ser puesta bajo el suelo para que la tierra la curara. Nadie cura mejor que la tierra; además, el nagual tenía que desviar el sentido de esa piedra que estaba enfocado en la Gorda. La tierra es una pantalla, no deja que nada pase por ningún lado. El nagual sabía que la Gorda no podía empeorar por estar enterrada nueve días, a fuerza tenía que mejorar. Y eso pasó.
– ¿Qué sentiste al estar enterrada así, Gorda? -le pregunté.
– Casi me vuelvo loca -confesó-. Pero eso nomás era mi vicio de consentirme. Si el nagual no me hubiera puesto ahí, me habría muerto. El poder de esa piedra era demasiado grande para mí; su dueño había sido un hombre de tamaño enorme. Podía sentir que su mano era el doble de la mía. Se aferró a esa roca porque en ello le iba la vida, y al final alguien lo mató.
"Su terror me espantó. Pude sentir que algo se acercaba a mi para devorar mi carne. Eso fue lo que sintió ese hombre. Era un hombre de poder, pero alguien todavía más poderoso que él lo atrapó.
"El nagual dijo que una vez que tienes un objeto de ésos, el desastre te persigue, porque su poder entra en pelea con el poder de otros objetos de ese tipo, y el dueño o se convierte en perseguidor o en víctima. El nagual dijo que la naturaleza de esos objetos es estar en guerra, porque la parte de nuestra atención que los enfoca para darles poder es una parte belicosa, de mucho peligro.
– La Gorda es muy codiciosa -aseguró Pablito-. Se imaginó que si podía encontrar algo que de por sí ya tuviera mucho poder, ella saldría ganando porque hoy en día ya nadie está interesado en desafiar al poder.
La Gorda asintió con un movimiento de cabeza.
– Yo no sabía que uno puede recoger otras cosas aparte del poder que esos objetos tienen. Cuando metí el dedo por primera vez en el agujero y agarré la piedra, mi mano se puso caliente y mi brazo empezó a vibrar. Me sentí de verdad grande y fuerte. Como siempre, y a escondidas, nadie se dio cuenta, de que yo traía la piedra en la mano. Después de varios días empezó el verdadero horror. Podía sentir que alguien se las traía con el dueño de la piedra. Podía sentir su terror. Sin duda se trataba de un brujo muy poderoso y quien fuera el que andara tras él no sólo quería matarlo sino también quería comerse su carne. Esto de veras me espantó. En ese momento debí tirar la piedra, pero esa sensación que estaba teniendo era tan nueva que seguía agarrándola en mi mano como una recontra pendeja que soy. Cuando finalmente la solté, ya era demasiado tarde: algo en mí había sido atrapado. Tuve visiones de hombres que se acercaban, vestidos con ropas extrañas. Sentía que me mordían, desgarraban la carne de mis piernas con sus dientes y con pequeños cuchillos filosos. ¡Me puse frenética!
– ¿Y cómo explicó don Juan esas visiones? -pregunté.
– Dijo que ésta ya no tenía defensas -intervino Néstor-. Y que por eso podía recoger la fijeza de ese hombre, su segunda atención, que había sido vertida en esa piedra. Cuando lo estaban matando se aferró de la piedra para así poder juntar toda su concentración. El nagual dijo que el poder del hombre se desplazó del cuerpo a la piedra; sabía lo que estaba haciendo y no quería que sus enemigos se beneficiaran devorando su carne. El nagual también dijo que los que lo mataron sabían todo esto y por eso se lo comieron vivo, para poder adueñarse de todo el poder que le quedara. Deben haber enterrado la piedra para evitarse problemas. Y la Gorda y yo, como dos pendejos, la encontramos y la desenterramos.
La Gorda asintió, tres o cuatro veces. Tenía una expresión sumamente seria.
– El nagual me dijo que la segunda atención es la cosa más feroz que hay -declaró-. Si se le enfoca en objetos, no hay nada más horrendo.
– Lo que es horrible es que nos aferremos -dijo Néstor-. El hombre que era dueño de la piedra se aferraba a su vida y a su poder, por eso se horrorizó tanto cundo sintió que le quitaban la carne a mordidas. El nagual nos dijo que si ese hombre hubiera dejado de ser posesivo y se hubiese abandonado a su muerte, cualquiera que fuese, no habría sentido ningún temor.
La conversación se apagó. Les pregunté a los demás si tenían algo que decir. Las hermanitas me miraron con fuego en los ojos. Benigno rió quedito y escondió su rostro con el sombrero.
– Pablito y yo hemos ido a las pirámides de Tula -convino finalmente-. Hemos ido a todas las pirámides que hay en México, nos gustan.
– ¿Y para qué fueron a todas las pirámides? -pregunté.
– Realmente no sé a qué fuimos -respondió-. A lo mejor fue porque el nagual Juan Matus nos dijo que no fuéramos.
– ¿Y tú, Pablito?
– Yo fui a aprender -replico, malhumorado, y después rió-. Yo vivía en la ciudad de Tula. Conozco esas pirámides como la palma de mi mano. El nagual me dijo que él también vivió allí. Sabía todo acerca de las pirámides. El mismo era un tolteca.
Advertí entonces que algo más que curiosidad me había hecho ir a la zona arqueológica de Tula. La razón principal por la que acepté la invitación de mi amigo fue porque la primera vez que visité a la Gorda y a los otros, me dijeron algo que don Juan nunca me había mencionado: que él se consideraba un descendiente cultural de los toltecas. Tula fue el antiguo epicentro del imperio tolteca.
– ¿Y qué, piensan que los atlantes caminen de noche? -le pregunté a Pablito.
– Por supuesto que caminan de noche -enfatizó-. Esas cosas han estado ahí durante siglos. Nadie sabe quién construyó las pirámides; el mismo nagual Juan Matus me dijo que los españoles no fueron los primeros en descubrirlas. El nagual aseguró que hubo otros antes que ellos. Dios sabrá cuántos.
– ¿Y qué crees que representen esas figuras de piedra? -insistí.