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LOS REQUISITOS DEL INTENTO
XI. ROMPER LA IMAGEN DE SÍ
Pasamos la noche en el sitio donde yo me había acordado de lo que sucedió en Guaymas. Durante esa noche, aprovechando que mi punto de encaje estaba maleable, don Juan me ayudó a alcanzar nuevas posiciones; percibí cosas increíbles, pero inmediatamente se convirtió todo en algo borroso, que realmente no existía.
Al día siguiente yo no podía recordar nada de lo que había acontecido o lo que había percibido; tenía, no obstante, la aguda sensación de haber pasado por extrañas experiencias. Don Juan admitió que mi punto de encaje se había movido más de lo que él esperaba, pero se rehusó a darme siquiera una leve indicación de lo que yo había hecho. Su único comentario fue que algún día me acordaría de todo.
Alrededor del mediodía, continuamos subiendo las montañas. Caminamos en silencio y sin detenernos hasta bien avanzada la tarde. Mientras subíamos lentamente por una cuesta algo empinada, don Juan habló súbitamente. No comprendí nada y él lo repitió hasta que entendí que deseaba que nos detuviéramos en una cornisa ancha, visible desde donde nos hallábamos. Me estaba diciendo que en aquella cornisa, protegida por peñascos y espesos matorrales, nosotros estaríamos al resguardo del viento y la intemperie.
– Dime ¿qué parte de la cornisa sería la mejor para pasar toda la noche? -preguntó.
Algo antes, mientras escalábamos, yo había localizado aquella cornisa casi inadvertible. Parecía como un parche de oscuridad en la faz de la montaña. La identifiqué con una ojeada muy rápida. Y ahora que don Juan solicitaba mi opinión, noté un punto de oscuridad aún más profundo, un punto casi negro, en el lado sur de la cornisa. La cornisa oscura y su punto casi negro no me producían ningún sentimiento de temor o angustia, por el contrario, sentí un extraño placer al mirar a aquel lugar. Y mirar al punto negro me causó aún más goce.
– Ese punto ahí es muy oscuro, pero me gusta -dije, cuando llegamos a la cornisa.
El estuvo de acuerdo que aquél era el mejor sitio para pasar la noche. Dijo que en ese lugar había un nivel de energía especial y que a él también le gustaba su agradable oscuridad. Nos encaminamos hacia las rocas salientes. Don Juan despejó un sector junto a los peñascos y nos sentamos, apoyando la espalda en ellos.
Le dije que, por un lado, me parecía haber elegido ese sitio por pura suerte, pero que por el otro, no podía pasar por alto el hecho de haberlo percibido con los ojos.
– Yo no diría que lo percibiste exclusivamente con los ojos -dijo-. Fue un poco más complejo que eso.
– ¿A qué se refiere usted, don Juan? -pregunté.
– Me refiero a que tienes posibilidades de las que aún no estás consciente -replicó-. Como eres bastante descuidado, piensas que todo cuanto percibes es, simplemente, una percepción sensorial común.
Dijo que, si yo no le creía, me urgía a bajar otra vez a la base de la montaña para corroborar lo que me estaba diciendo. Predijo que me sería imposible ver la cornisa oscura simplemente con la mirada.
Afirmé, con vehemencia, que yo no tenía ningún motivo para poner en duda lo que él me decía. No pensaba bajar al pie de la montaña por nada del mundo.
Insistió en que bajáramos. Creí que lo decía sólo para molestarme, pero cuando se me ocurrió que podía decirlo en serio me puse nervioso. El rió con tantas ganas que le costaba respirar.
Comentó luego el hecho de que todos los animales eran capaces de encontrar en su alrededor los sitios que tenían niveles especiales de energía. Afirmó que casi todos los animales les tenían pavor y los evitaban. Las excepciones eran los pumas y los coyotes, que hasta dormían en ellos cuando los encontraban. Pero sólo los brujos los buscaban expresamente por sus efectos.
Le pregunté qué efectos eran esos. Dijo que daban imperceptibles descargas de energía vigorizante, y comentó que los hombres comunes y corrientes que vivían en ambientes naturales podían encontrarlos, aunque no supieran que los habían hallado ni estuvieran conscientes de sus efectos.
– ¿Cómo saben que los han encontrado? -pregunté.
– No lo saben nunca -replicó-. Los brujos, al observar a los hombres que viajan a pie, notan en seguida que estos se fatigan y descansan justo en los sitios donde hay un nivel positivo de energía.
"Por el contrario, si pasan por una zona que tiene un flujo de energía perjudicial, se ponen nerviosos y aprietan el paso. Si los interrogas, te dirán que apretaron el paso en esa zona porque se sentían con mayor energía. Pero es lo opuesto: el único lugar que les da energía es aquel en donde se sienten cansados.
Dijo que los brujos podían localizar esos lugares, porque perciben con todo el cuerpo ínfimas emanaciones de energía en los alrededores. La energía de los brujos, derivada de la reducción de su imagen de sí, les permite un mayor alcance a sus sentidos.
– Desde el primer momento que te conocí -prosiguió él- he estado tratando de demostrarte que el único camino digno, tanto para los brujos como para los hombres comunes y corrientes, es restringir nuestro apego a la imagen de si. Lo que el nagual trata de hacer con sus aprendices es romper el espejo de la imagen de si.
Agregó que romper el espejo de cada aprendiz era un caso individual y que el nagual dejaba los detalles en manos del espíritu.
– Cada uno de nosotros tiene un diferente grado de apego a su imagen de sí -continuó-. Y ese apego se hace sentir como una necesidad. Por ejemplo, antes de que yo iniciara el camino del conocimiento, mi vida era una necesidad incesante. Años después de que el nagual Julián me tomara bajo su tutela yo seguía igualmente lleno de necesidad, quizá hasta más que antes.
“Pero hay ejemplos de personas, brujos o personas corrientes, que no necesitan de nadie. Obtienen paz, armonía, risa, conocimiento, directamente del espíritu. No necesitan intermediarios. Tu caso y el mío son diferentes. Yo soy tu intermediario, como el nagual Julián fue el mío. Los intermediarios, además de proporcionar una mínima oportunidad, que es el darse cuenta del intento, ayudan a romper el espejo de la imagen de sí.
"La única ayuda concreta que has obtenido de mí es que yo ataco tu imagen de sí. Si no fuera por eso estarías perdiendo el tiempo conmigo. Esa es la única ayuda real que has obtenido de mi.
– Usted, don Juan, me ha enseñado más que nadie en mi vida -protesté.
– Te he enseñado muchas cosas a fin de fijar tu atención -dijo-. Pero tú jurarías que esa enseñanza ha sido la parte importante. Y no es así.
"Hay muy poco valor en la instrucción. Los brujos sostienen que el descenso del espíritu es lo único que importa, porque el espíritu mueve el punto de encaje. Y ese movimiento, como bien lo sabes, depende del aumento de energía y no de la instrucción.
Hizo luego una afirmación incongruente. Dijo que si cualquier ser humano llevara a cabo una serie de acciones específicas y sencillas, podría aprender a llamar al espíritu a que mueva su punto de encaje.
Señale que se estaba contradiciendo a si mismo. A mi modo de ver, una serie de acciones implicaba instrucciones y significaba procedimientos.
– En el mundo de los brujos sólo hay contradicciones de términos -replicó-. En la práctica no hay contradicciones. La serie de acciones que tengo en mente surge del estar consciente de ser. Para estar consciente de esa serie, por cierto, se necesita un nagual, porque el nagual es quien proporciona una oportunidad mínima, pero esa oportunidad mínima no es instrucción, como las instrucciones que se necesitan para aprender a manejar una máquina. La oportunidad mínima consiste en que lo hagan a uno consciente del espíritu.
Explicó que la serie de acciones a las que se refería requerían primeramente estar consciente de que la importancia personal es la fuerza que mantiene fijo al punto de encaje. Luego, que si se restringe la importancia personal, la energía que naturalmente requiere y emplea queda libre. Y finalmente, que esa energía libre y no malgastada es la que llama al espíritu y sirve entonces como un trampolín automático que lanza al punto de encaje, instantáneamente y sin premeditación, a un viaje inconcebible.
Dijo también que una vez que se ha movido el punto de encaje, puesto que el movimiento en sí representa un alejamiento de la imagen de sí, se desarrolla un claro y fuerte vínculo de conexión con el espíritu. Comentó que, después de todo, era la imagen de sí lo que había desconectado al hombre del espíritu.
– Como ya te lo he dicho -prosiguió don Juan-, la brujería es un viaje de retorno. Retornamos al espíritu, victoriosos, después de haber descendido al infierno. Y desde el infierno traemos trofeos. El puro entendimiento es uno de esos trofeos.
Le dije que la dicha serie de acciones parecía muy fácil y simple, en palabras, pero que, cuando se trataba de llevarla a cabo, uno se encontraba que era la antítesis de la facilidad y la simpleza.
– La dificultad en llevar a cabo esta simple serie -dijo- es que casi nadie está dispuesto a aceptar que necesitamos muy poco para ejecutarla. Se nos ha preparado para esperar instrucciones, enseñanzas, guías, maestros. Y cuando se nos dice que no necesitamos de nadie, no lo creemos. Nos ponemos nerviosos, luego desconfiados y finalmente enojados y desilusionados. Si necesitamos ayuda no es en cuestión de métodos, sino en cuestión de énfasis. Si alguien nos pone énfasis en que necesitamos reducir nuestra importancia personal, esa ayuda es real.
"Los brujos dicen que no deberíamos necesitar que nadie nos convenza de que el mundo es infinitamente más complejo que nuestras más increíbles fantasías. Entonces ¿por qué somos tan pinches que siempre pedimos que alguien nos guíe, si podemos hacerlo nosotros mismos? Qué pregunta, ¿eh?
Don Juan no dijo nada más. Por lo visto, quería que yo meditara sobre esa cuestión. Pero yo tenía otras cosas en la mente. El hecho de acordarme de lo que pasó en Guaymas había socavado ciertos cimientos y necesitaba desesperadamente reafirmarlos. Rompí el prolongado silencio para expresar mi preocupación. Le dije que había llegado a aceptar la posibilidad de que yo olvidara incidentes completos, de principio al fin, si habían ocurrido en la conciencia acrecentada. Hasta aquel día yo había sido capaz de recordar todo cuanto había hecho bajo su guía en mi estado de conciencia normal. Sin embargo ese desayuno con él en Nogales no estaba en mi memoria antes de que yo me acordase de él, como si hubiera acontecido en la conciencia acrecentada y, sin embargo, debió tener lugar en la conciencia del mundo cotidiano.
– Olvidas algo esencial -dijo-. Basta la presencia del nagual para mover el punto de encaje. Siempre te he llevado la cuerda con eso del golpe del nagual. El golpe entre los omóplatos que siempre te doy para que entres en la conciencia acrecentada es el chupón de brujo. Sólo sirve para tranquilizar, para borrar las dudas. Como ya te lo he dicho, los brujos utilizan ese golpe físico para sacudir el punto de encaje por primera vez; después lo único que hace es dar confianza al aprendiz.
– Entonces ¿cómo se mueve el punto de encaje, don Juan? -pregunté, haciendo gala de una estupidez descomunal.
– ¡Qué pregunta! -respondió, con el tono de quien está a punto de perder la paciencia.
Pareció dominarse y sonrió, sacudiendo la cabeza en un gesto de resignación.
– Mi mente está regida por el principio de causa y efecto -dije.