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Las mujeres no paraban de reír. Me pareció que se reían de mi azoramiento. Don Juan les dijo que, hablando en serio, yo había ido a México a encontrar esposa. Les preguntó si conocían a alguna mujer honrada, modesta y casta, que quisiera casarse y no fuera demasiado exigente en cuestiones de belleza masculina. Se presentó como mi representante.

Las mujeres reían a más no poder. Yo estaba realmente mortificado. Don Juan se volvió hacia la camarera y le preguntó si quería casarse conmigo. Ella dijo que estaba comprometida. A mí me pareció que tomaba a don Juan muy en serio.

– ¿Por qué no lo deja usted que él mismo lo diga? -preguntó la señora-.

– Porque tiene la lengua mocha -respondió él-. Así nació. Tartamudea de un modo espantoso.

La camarera observó que, al pedir mi desayuno, yo lo había hecho de un modo perfectamente normal.

– ¡Ay, pero qué observadora es usted! -dijo don Juan-. El sólo habla correctamente cuando pide comida. Yo ya le he dicho mil veces que, si quiere aprender a hablar como todo el mundo, debe ser despiadado. Lo traje para darle algunas lecciones acerca del no tener compasión.

– Pobre hombre -dijo la señora.

– Bueno, será mejor que nos marchemos si queremos hallar una mujer para él antes de que se haga muy tarde -dijo don Juan, levantándose-.

– Pero ¿usted habla en serio sobre lo del casamiento? -preguntó la muchacha a don Juan.

– Por supuesto -respondió él-. Le voy a ayudar a conseguir lo que necesita para que pueda cruzar la frontera y llegar al sitio donde no hay compasión.

Pensé que, al hablar del sitio donde no hay compasión don Juan se refería al matrimonio o a los Estados Unidos. La metáfora me hizo reír y, por un momento, tartamudeé espantosamente. Eso casi mata a las mujeres del susto, pero hizo que don Juan riera como loco.

– Era imperativo que te declarara mi propósito -dijo don Juan, siguiendo con su explicación-. Lo hice, pero se te pasó por alto, como era de esperar.

Dijo que, desde el momento en que el espíritu se le manifestó, cada paso fue llevado a cabo con absoluta facilidad. Y yo llegué al sitio donde no hay compasión cuando, bajo la presión de su transformación en un vejete senil, mi punto de encaje abandonó su posición habitual.

– La posición habitual y la imagen de sí -continuó don Juan- obligan al punto de encaje a armar un mundo de falsa compasión, pero de crueldad y egoísmo muy reales. En ese mundo, los únicos sentimientos verdaderos son los que convienen a quien los tiene.

"Para el brujo, el no tener compasión no es el ser cruel. El no tener compasión es la cordura, lo opuesto a la compasión por sí mismo y la importancia personal.