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Aseguro que todos los brujos modernos debían luchar con ferocidad inigualada para lograr el buen juicio. Hizo hincapié en que la lucha de un nagual es especialmente feroz, porque un nagual es más fuerte, controla mejor los campos de energía que determinan la percepción y tiene más entrenamiento y más familiaridad con el conocimiento silencioso, el cual no es más que el contacto directo con el intento.
Don Juan finalizó su explicación diciendo que la meta de la brujería es restablecer el conocimiento silencioso, reviviendo el vínculo con el intento; particularmente, llegar a controlarlo pero sin sucumbir a él. Los centros abstractos de las historias de brujería son, por lo tanto, diferentes matices del conocimiento silencioso, diferentes grados de nuestra capacidad de estar conscientes del intento.
Comprendí la explicación de don Juan con tremenda claridad. Pero mientras mejor la entendía y mientras más claras se me hacían sus palabras, mayor era mi desconsuelo y mi desesperación. En cierto momento, consideré con sinceridad poner fin a mi vida ahí mismo. Sentía que mi existencia era una maldición. Casi al borde de las lágrimas le dije a don Juan que no tenía caso seguir con sus explicaciones, porque en cualquier momento yo perdería mi claridad mental y al regresar a mi estado normal de conciencia, no tendría ninguna noción de haber visto o escuchado nada. Mi conciencia mundana impondría sus hábitos repetitivos de toda la vida y, sobre todo, impondría la razonable previsibilidad de su lógica. Para mí eso era una maldición. Le dije que me daba asco mi destino.
Don Juan se empezó a reír. Entre carcajadas comentó que aún en el estado de conciencia acrecentada yo era un baboso a quien le encantaba la repetición, y que periódicamente yo insistía en aburrirlo con mis estallidos de importancia personal. Dijo que si tenía que sucumbir, debía hacerlo luchando, no pidiendo perdón y sintiéndome inútil, y que no importaba un comino lo que fuera nuestro destino siempre que lo enfrentáramos con un abandono total.
Sus palabras me hicieron sentir dichoso y feliz. Le repetí una y otra vez que yo estaba profundamente de acuerdo con él. Sentía yo tal felicidad, que sospeché que mis nervios empezaban a fallarme. Las lágrimas me corrían por las mejillas. Apelé a todas mis fuerzas para detener esa sensación y sentí el tranquilizador efecto de mis frenos mentales. Pero al ocurrir esto, mi claridad de mente comenzó a opacarse. Luché en silencio, tratando de estar menos controlado y menos nervioso. Don Juan no hizo ningún ruido. Me dejó en paz por completo.
Para cuando hube recuperado mi equilibrio, era casi el amanecer. Don Juan se levantó, estiró los brazos por encima de su cabeza y tensó los músculos haciendo crujir sus articulaciones. Me ayudó a incorporarme y comentó que yo había pasado una noche de grandes logros: había experimentado lo que era el espíritu y había sido capaz de convocar fuerzas insospechadas para realizar algo que, en apariencia, equivalía a calmar mi nerviosidad, pero que a un nivel más profundo era, en realidad, un movimiento volitivo muy eficiente de mi punto de encaje.
Luego me hizo señas de que era hora de emprender el regreso.