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Tosió un par de veces para aclararse la garganta y comenzó a hablar en voz muy baja. Dijo que su benefactor acostumbraba ir a la cueva con él y con sus otros discípulos muy a menudo, pero más a menudo aún iba solo. En esa cueva fue donde su benefactor vio la misma pradera que acabábamos de ver. Esa visión le dio la idea de describir al espíritu como el flujo de las cosas.
Don Juan reiteró que su benefactor no pensaba muy bien, de otro modo, se hubiera dado cuenta en un instante que lo que él había visto y creía ser el flujo de las cosas, era el intento, la fuerza que impregna todo. Don Juan agregó que si su benefactor llegó a entender la naturaleza de su visión, nunca lo reveló. Personalmente, don Juan creía que su benefactor nunca lo supo. Creyó simplemente haber visto el flujo de las cosas, lo cual era la absoluta verdad, pero no en el sentido que él le daba.
Don Juan puso tanto énfasis en esto que quise preguntarle la razón de ello, pero no pude hablar. Mi garganta parecía estar congelada. Don Juan no dijo nada más. Nos sentamos en silencio e inmovilidad completos durante horas. Con todo y eso, no experimenté ninguna incomodidad. Mis músculos no se cansaron, mis piernas no se adormecieron, la espalda no me dolió.
Cuando don Juan volvió a hablar, ni siquiera noté la transición y me abandoné rápidamente al sonido de su voz. Era un sonido melodioso y rítmico que provenía de la negrura que me rodeaba.
Dijo que en ese momento yo no me encontraba ni en mi estado normal de conciencia, ni en la conciencia acrecentada, sino suspendido en un intervalo, suspendido en la negrura de la no percepción. Mi punto de encaje se había alejado del sitio donde ocurre la percepción del mundo cotidiana, pero no había alcanzado el sitio que lo haría iluminar un haz nuevo de campos de energía. Dicho con propiedad, mi punto de encaje estaba atrapado entre dos mundos, entre dos posibilidades perceptuales. Ese estado intermedio, ese intervalo de la percepción había sido alcanzado gracias a la influencia de la misma cueva; una influencia guiada por el intento de los brujos que la esculpieron.
Don Juan me pidió prestar mucha atención a lo que iba a decir. Dijo que hacía miles de años, por medio de su capacidad de ver, los brujos descubrieron que la tierra es un ser vivo y consciente, cuya conciencia puede afectar la conciencia de los seres humanos. Al buscar los medios adecuados para utilizar la influencia de la tierra sobre la conciencia humana, encontraron que ciertas cuevas eran bastante efectivas. Don Juan dijo que la búsqueda de cuevas se transformó, para esos brujos, en una tarea que requería la totalidad de sus esfuerzos y que a través de ellos fueron capaces de descubrir una variedad de usos para los diferentes tipos de cuevas que encontraron. Añadió que, de todo aquel trabajo, lo único que interesaba a los brujos modernos era esa cueva en particular y su capacidad de mover el punto de encaje hasta hacerlo llegar a un intervalo de la percepción
Mientras don Juan hablaba, sentí la inquietante sensación de que mi mente se aclaraba. Era como si algo estuviera dirigiendo mi conciencia de ser a convergir en un largo y estrecho túnel, donde se expulsaba todos los pensamientos y sentimientos incompletos de mi conciencia normal.
Don Juan parecía saber perfectamente lo que me estaba sucediendo. Escuché su entrecortada risa de satisfacción. Anunció súbitamente que ahora podíamos hablar con más soltura y que nuestra conversación sería más profunda.
En ese momento recordé una multitud de cosas que don Juan ya me había explicado antes. Supe, por ejemplo, que yo estaba ensoñando. En realidad estaba profundamente dormido, pero perfectamente consciente de mí mismo gracias a mi segunda atención, la contraparte de mi atención normal. Estaba seguro de estar dormido, primeramente porque tenía la sensación corporal de estarlo y, luego, por una deducción racional basada en las afirmaciones que don Juan había hecho en el pasado. Don Juan había dicho que es imposible para los brujos tener una visión continua de las emanaciones del Aguila, a no ser a través del ensueño; y yo acababa de ver las emanaciones del Aguila, las hebras luminosas que irradiaban por doquier, por lo tanto yo debía estar profundamente dormido y ensoñando.
Don Juan me había explicado varias veces que el universo está formado por campos de energía que desafían las descripciones o el escrutinio, y que por ello los brujos las llaman las emanaciones del Aguila. Había dicho que parecen filamentos de luz ordinaria, pero que la luz ordinaria carece de vida comparada con las emanaciones del Aguila, las cuales exudan conciencia de ser. Hasta esa noche, nunca fui capaz de verlas de manera continua; don Juan siempre sostuvo que mi conocimiento y control del intento no eran adecuados para resistir el impacto de esa visión y, en verdad, tenía razón, era una visión inaudita de luz que irradiaba vida.
Otra explicación de don Juan que recordé fue que la percepción normal ocurre cuando el intento, el cual es energía pura, enciende una porción conocida de los filamentos luminosos dentro de nuestro capullo y, al mismo tiempo, enciende una extensión de los mismos filamentos luminosos que se extienden hasta el infinito fuera de nuestro capullo. La percepción extraordinaria, el ver, ocurre cuando se enciende un grupo no conocido de campos de energía. Todo esto me lo había explicado en términos del brillo del punto de encaje. Solamente después de ver esos filamentos de luz con vida, creí yo comprender las explicaciones de don Juan acerca de la percepción. Comprendí que ese brillo no es otra cosa que la fuerza del intento y al punto de encaje se debía llamar el punto del intento.
En otra ocasión, don Juan me había hablado del desarrollo del pensamiento racional de los antiguos brujos. Me dijo que primeramente los brujos creyeron haber descubierto que el alineamiento era la fuente misma de la conciencia de ser. Mediante el ver, los brujos encontraron que el estar consciente de ser aparece cuando un grupo de los campos de energía encerrados dentro de nuestro capullo luminoso se alinea, por así decirlo, con los mismos campos de energía fuera de él.
No obstante, al examinar todo eso con más cuidado, se les hizo evidente que lo que ellos llamaban el alineamiento de las emanaciones del Aguila no era suficiente para explicar lo que estaban viendo. Veían que sólo una porción muy pequeña del número total de filamentos luminosos dentro del capullo estaba encendida, el resto no lo estaba. El ver encendido a ese pequeño grupo de filamentos había creado un falso sentido de descubrimiento. Los filamentos no necesitaban estar alineados, porque los que estaban encerrados dentro del capullo eran los mismos que los que estaban fuera. Lo que necesitaban era estar encendidos. El capullo luminoso es simplemente una cápsula transparente que encierra una minúscula porción de unas hebras luminosas de infinita extensión. Lo que las iluminaba debía ser, en definitiva, una fuerza independiente. Consideraron entonces que lo importante era el acto de encender los filamentos luminosos. Como no podían llamarlo alineamiento, lo llamaron voluntad o la fuerza encendedora.
Al volverse su ver todavía más sofisticado y eficaz, los brujos se dieron cuenta de que lo que llamaban la voluntad no es solamente la fuerza que es responsable de nuestra conciencia de ser, sino también de todo cuando existe en el universo. Vieron que es una fuerza que posee conciencia total y que surge de los propios campos de energía que componen el universo. Decidieron entonces que era preferible llamarla intento, en vez de voluntad. Pero a la larga el nombre probó ser inadecuado, porque no hace destacar la inconcebible importancia de esa fuerza ni su activa conexión con todo lo existente.
Don Juan me había asegurado que nuestra gran falla colectiva, es el vivir nuestras vidas sin tomar en cuenta para nada esa conexión. Para nosotros, lo precipitado de nuestra existencia, nuestros inflexibles intereses, preocupaciones, esperanzas, frustraciones y miedos, tienen prioridad. En el plano de nuestros asuntos prácticos, no tenemos ni la más vaga idea de que estamos unidos con todo lo demás.
Don Juan me había también expresado su creencia de que uno de los conceptos del cristianismo, el de haber sido expulsados del paraíso, le sonaba a él como la alegoría de la pérdida de nuestro conocimiento silencioso, nuestro conocimiento del intento. La brujería era entonces un retroceso al comienzo, un retorno al paraíso.
Permanecieron en la cueva, sentados en silencio total, quizás horas enteras o tal vez sólo unos cuantos instantes. De pronto don Juan empezó a hablar y el inesperado sonido de su voz me sacudió. No capté lo que me dijo. Antes de empezar a hablar para pedirle que me lo repitiera, aclaré mi garganta, y ese acto me sacó de mi estado de reflexión. De inmediato sentí que había regresado a mi estado normal de conciencia. Noté que la oscuridad a mi alrededor había dejado de ser negra impenetrable, y que ya podía hablar.
Con voz serena, don Juan me dijo que, por primera vez en mi vida, había visto al espíritu, la fuerza que sustenta al universo. Afirmó que el espíritu no es algo que uno podría usar o comandar o hacer que se moviera de ninguna forma, no obstante uno puede usarlo, comandarlo, moverlo como se dé a uno la gana. Esta contradicción, según dijo, es la esencia de la brujería. Y por no entenderla, generaciones enteras de brujos habían sufrido dolores y pesares inimaginables. Los brujos de hoy en día, en un esfuerzo por evitar pagar este exorbitante precio de dolor, habían desarrollado un código de conducta llamado "el camino del guerrero", o la acción impecable. Un código de conducta que los preparaba realzando su cordura y su prudencia.
Don Juan explicó que en otros tiempos, en el pasado remoto, los brujos estuvieron profundamente interesados en el vínculo de conexión general que el intento posee con todas las cosas. Al concentrar su segunda atención en ese vínculo, adquirieron no sólo el conocimiento directo, sino también la capacidad de manejar ese conocimiento y ejecutar asombrosas hazañas. Sin embargo, no adquirieron el buen juicio necesario para manejar todo ese poder.
Los brujos, mostrando más cordura, decidieron entonces concentrar su segunda atención solamente en el vínculo de criaturas que poseen conciencia de ser. Estas incluyeron la gama entera de los seres orgánicos existentes, así como la gama total de los que los brujos llaman seres inorgánicos o aliados, a los que describen como entes que poseen conciencia de ser pero no vida, por lo menos, de la manera en que nosotros entendemos la vida. Esta solución tampoco tuvo éxito, porque una vez más, no les trajo ni sabiduría ni buen juicio.
En su siguiente reducción, los brujos concentraron su segunda atención sólo en el vínculo que conecta a los seres humanos con el intento. El resultado final fue muy parecido a los anteriores.
Los brujos sensatos buscaron una reducción final: cada brujo debía preocuparse solamente por su conexión individual. Pero esto resultó ser igualmente inútil.
Don Juan dijo que a pesar de existir una gran diferencia entre estas cuatro áreas de interés, todas ellas eran igual de peligrosas. Así pues, al final los brujos acabaron por enfocar sólo la capacidad que posee cada vínculo de conexión con el intento para moverse más allá de todo lo concebible y permitir, así, la percepción de mundos inimaginables. Todo lo demás, pertinente al movimiento del punto de encaje lo echaron a lado.