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Don Juan reiteró que el punto crítico de nuestra dificultad de retornar a lo abstracto era nuestra resistencia a aceptar que podíamos saber sin palabras e incluso sin pensamientos. Iba a argüir que si yo lo pensaba bien, él estaba diciendo tonterías cuando me asaltó el extraño sentimiento de que yo estaba pasando por alto algo de crucial importancia para mí. Don Juan me estaba tratando de decir algo que yo o bien no alcanzaba a captar, o no se podía decir del todo.
– El conocimiento y el lenguaje son cosas separadas -repitió lentamente.
Estuve a punto de decir: lo sé, como si realmente lo supiera, pero me contuve.
– Te dije que no hay manera de hablar del espíritu -continuó- porque al espíritu sólo se lo puede experimentar. Los brujos tratan de dar una noción de esto al decir que el espíritu no es nada que se pueda ver o sentir, pero que siempre esta ahí, vaga e indistintamente encima de nosotros. Algunas veces, hasta llega a tocarnos, sin embargo, la mayor parte del tiempo permanece indiferente.
Guardé silencio y él continuó explicando. Dijo que en gran medida, el espíritu es una especie de animal salvaje que mantiene su distancia con respecto a. nosotros hasta el momento en que algo lo tienta a avanzar. Es entonces cuando se manifiesta.
Le presenté el argumento de que, si el espíritu no es un ente, o una presencia, o algo que tuviera esencia, ¿cómo se lo podía tentar a manifestarse?
– Tu problema -dijo-, es tomar en consideración sólo tu idea de lo que es el espíritu. Por ejemplo, para ti, decir la esencia interna del hombre, o el principio fundamental es tocar lo abstracto; o probablemente decir algo menos vago, algo así como el carácter, la volición, la hombría, la dignidad, el honor. El espíritu, por supuesto, puede ser descripto mediante todos estos términos abstractos. Y eso es lo que resulta confuso, ser todo eso y no serlo al mismo tiempo.
Agregó que lo que yo consideraba como lo abstracto era, o lo opuesto a todas las cosas prácticas, o algo que se me había ocurrido considerar como carente de existencia concreta.
– Por otro lado, para un brujo, lo abstracto es algo que no tiene paralelo en la condición humana -dijo.
– ¿Pero no se da usted cuenta de que son lo mismo -grité-. Estamos hablando de la misma cosa.
– No lo estamos -insistió-. Para un brujo, el espíritu es lo abstracto, porque para conocerlo no necesita de palabras, ni siquiera de pensamientos; es lo abstracto, porque un brujo no puede concebir qué es el espíritu. Sin embargo, sin tener la más mínima oportunidad o deseo de entenderlo, el brujo lo maneja; lo reconoce, lo llama, lo incita, se familiariza con él, y lo expresa en sus actos.
Meneé la cabeza con desesperación. No podía ver yo la diferencia.
– La raíz de tu confusión es que yo he usado el término "abstracto" para denominar al espíritu -dijo-. Para ti, "abstracto" es algo que denota estados de intuición. Un ejemplo es la palabra "espíritu", que no describe la razón ni la experiencia práctica y que, claro, según tú, no sirve más que para aguijonear tu fantasía.
Estaba yo furioso con don Juan. Lo llamé obstinado y se rió de mí. Sugirió que si yo lograba considerar seriamente la proposición que el conocimiento puede ser independiente del lenguaje, sin molestarme en entenderla, tal vez pudiera ver la luz.
– Piensa en esto -dijo-. No fue el acto de conocerme lo importante para ti. El día que te conocí, tú conociste al espíritu. Pero como no podías hablar de ello, no lo notaste. Los brujos conocen al abstracto sin saber lo que están haciendo, sin verlo, sin tocarlo y sin siquiera sentir su presencia.
Permanecí callado, porque no me gustaba discutir con él. A veces él era terrible y caprichosamente abstruso. Don Juan parecía estar divirtiéndose inmensamente.