Добавить в цитаты Настройки чтения

Страница 10 из 51

– No se parecía en nada a su discípulo -dijo don Juan-. Era indio. Muy prieto y fornido. Tenía facciones toscas, boca y nariz grandes, ojos pequeños y negros, cabello negro y grueso sin una sola cana. Era más bajo de estatura que el nagual Julián. Tenía pies y manos grandes. Era muy humilde y muy sabido, pero no tenía chispa. Comparado con mi benefactor, era algo pesadito. Siempre solitario, sumido en cavilaciones y en preguntas. El nagual Julián bromeaba que su maestro impartía sabiduría por toneladas y a sus espaldas lo llamaba el nagual Tonelaje.

"Nunca entendí la razón de sus bromas -continuó don Juan-. Para mí el nagual Elías era como una ráfaga de aire fresco. Me explicaba todo pacientemente, como yo te explico a ti, probablemente con un poco más de algo que no llamaría yo compasión, sino más bien empatía.

Desde el momento que los guerreros, son incapaces de sentir compasión por sí mismos, tampoco pueden sentir compasión por nadie. Sin la fuerza impulsora de la lástima por sí mismo, la compasión no tiene sentido.

– ¿Quiere usted decir, don Juan, que a un guerrero nadie le importa?

– En cierto modo, sí. Para un guerrero todo comienza y termina en sí mismo. Sin embargo, su contacto con lo abstracto lo hace superar sus sentimientos de importancia personal. Así, el yo se convierte en algo abstracto, algo sin egoísmo.

"El nagual Elías sabía que las circunstancias de nuestras vidas y nuestras personalidades eran similares -continuó don Juan-. Por esta razón, se sintió obligado a ayudarme. Yo no siento esa similitud contigo, así que supongo que te considero de una manera muy semejante a la que el nagual Julián me consideraba a mí.

Don Juan dijo que el nagual Elías lo tomó bajo su protección casi desde el primer momento en que llegó a la casa de su benefactor. Era él quien le daba complejas explicaciones acerca de todo lo que sucedía en su aprendizaje. Nunca le importó al nagual Elías si don Juan era capaz de comprender o no. Su deseo de ayudarlo era tan intenso, que prácticamente lo tenía prisionero. De esta forma, lo protegió de los duros embates del nagual Julián.

– En un principio, yo acostumbraba a quedarme en casa del nagual Elías -continuó don Juan- y me encantaba. En casa de mi benefactor tenía que andar siempre muy alerta; siempre en guardia, temeroso de lo que él me fuera a hacer. En cambio, en casa del nagual Elías, sentía lo contrario: me sentía seguro y a gusto.

– Mi benefactor me presionaba sin misericordia. Y sencillamente, yo no podía imaginarme por qué lo hacía. A veces hasta pensaba que el hombre estaba loco de remate.

Quería preguntarle por qué lo presionaba tanto, pero don Juan continuó hablando del nagual Elías. Dijo que era un indio del estado de Oaxaca y que había sido instruido por otro nagual de nombre Rosendo, de la misma región. Don Juan describió al nagual Elías como un hombre conservador, a quien le gustaba sobremanera su soledad ermitaña. Recalcó que era un brujo curandero, con una enorme clientela, famoso no sólo en Oaxaca, sino en todo el sur de México, pero que, a pesar de su ocupación diaria y su fama, vivía completamente aislado en el extremo opuesto del país, en el norte de México.

Don Juan dejó de hablar. Arqueando las cejas, se me quedó viendo con una mirada interrogatoria. Parecía estar solicitándome una pregunta. Pero todo lo que yo quería era que continuara con su relato.

– Sin falla, cada vez que espero que me hagas una pregunta, no lo haces -dijo-. Estoy seguro de que me oíste decir que el nagual Elías era un famoso brujo que atendía gente todos los días en el sur de México y al mismo tiempo era un ermitaño en el norte de México. ¿No te parece esto curioso?

Me sentí abismalmente estúpido. Le confesé que, al momento que me decía todo eso, lo único que se me ocurrió pensar fue en lo difícil que habría sido para él viajar de un lado a otro.

Don Juan se echó a reír. Y yo le pregunté, ya que me había hecho darme cuenta de ello, que cómo era posible para el nagual Elías estar en dos sitios al mismo tiempo.

– El ensueño es el avión a propulsión de un brujo -dijo-. El nagual Elías era ensoñador, así como mi benefactor era acechador, y podía crear y proyectar lo que los brujos conocen como el cuerpo de ensueño, o el Otro, y estar en dos lugares distantes al mismo tiempo. Con su cuerpo de ensueño, llevaba a cabo sus funciones de brujo, con su ser natural era un ermitaño.

Le hice notar que me resultaba sorprendente que yo pudiera aceptar con mucha facilidad la idea de que el nagual Elías podía proyectar fuera de él la imagen sólida, tridimensional, de sí mismo, y sin embargo, no podía yo entender por nada del mundo las explicaciones acerca de los centros abstractos.

Don Juan dijo que si yo podía aceptar la idea de la vida dual del nagual Elías era porque el espíritu estaba haciendo ajustes finales en mi capacidad de estar consciente de ser. Le dije que su aseveración era tan críptica que no tenía significado para mí. Pero él, sin prestarme atención, continuó hablando. Dijo que el nagual Elías tenía una mente muy despierta y unas manos de artista. Él copiaba en madera y en hierro forjado los objetos que veía en sus viajes de ensueño. Don Juan aseveró que esos modelos eran de una belleza exquisita y perturbadora.

– ¿Qué clase de objetos eran los que él veía? -pregunté-.

– En sus viajes de ensueño, él se iba al infinito -dijo don Juan-. Y no hay modo de saber qué era lo que él veía en ese infinito. Debes de tomar en cuenta que, siendo un indio, el nagual Elías iba a sus viajes de ensueño de la misma manera que un animal salvaje merodea en busca de alimento. Un animal nunca llega a un lugar donde haya señales de actividad; sólo llega cuando no hay nadie. El nagual Elías, un ensoñador solitario, visitaba, por así decirlo, el basural del infinito cuando no había nadie. Y copiaba todo lo que veía. Pero nunca supo si esas cosas tenían uso o de dónde provenían.

Una vez más, no tuve inconveniente alguno en aceptar lo que don Juan me decía. La idea del nagual Elías viajando en el infinito no me parecía descabellada en lo más mínimo. Estaba a punto de hacer un comentario acerca de esto, cuando don Juan me interrumpió con un gesto de cejas.

– Para mí, el ir de visita con el nagual Elías era el placer máximo, y sin embargo era un lata -dijo-. A veces creía que me iba a morir de aburrimiento. No porque el nagual Elías fuera aburrido, sino porque el nagual Julián era único, sin igual. El estar con el nagual Julián echaba a perder a cualquiera.

– Pero, yo creía que usted se sentía seguro y a gusto en la casa del nagual Elías -dije.

– Claro que sí y por mucho tiempo esa era la causa de mi conflicto -respondió-. Como a ti, a mí también me encantaba atormentarme con los extravíos de la mente. Muy al comienzo encontré paz en la compañía del nagual Elías. Sin embargo, más tarde, a medida que comprendía mejor al nagual Julián, me gustaba tanto estar con el que todos los demás se vinieron al suelo. Afortunadamente resolví mi problema imaginario. Encontré el encanto de aburrirme con el nagual Elías.

Continuando su relato, don Juan dijo que frente a la casa, el nagual Elías tenía una sección abierta y techada donde estaba la fragua para sus trabajos en hierro; un banco de carpintero y herramientas. La casa de adobe, con techo de teja, consistía en un enorme cuarto con suelo de tierra, donde vivía él con cinco brujas videntes, que en realidad eran sus esposas. También había cuatro hombres, brujos videntes de su grupo, que vivían en pequeñas casas en los alrededores de la casa del nagual. Todos eran indios de diferentes partes del país que se habían trasladado al norte de México.

– El nagual Elías sentía un gran respeto por la energía sexual -dijo don Juan- pensaba que nos había sido dada para que la utilicemos en ensoñar. Creía que el ensoñar había caído en desuso porque podía alterar el precario equilibrio mental de la gente susceptible.

"Yo te he enseñado a ensoñar tal como él me lo enseñó a mi -continuó-. Él me enseñó que durante los sueños, el punto de encaje se mueve moderadamente y de manera muy natural. El equilibrio mental de uno no es otra cosa que fijar el punto de encaje en un sitio específico y habitual. Si los sueños hacen que ese punto se mueva, y si el ensoñar es el control de ese movimiento natural, y si se necesita energía sexual para ensoñar, cuando se disipa esa energía en el acto sexual, los resultados son desastrosos.

– ¿Qué me está usted tratando de decir, don Juan? -pregunté-.

Pregunté eso, porque sentía que entrar en el tema del ensueño no se debía al desarrollo natural de la conversación.

– Tú eres un ensoñador -dijo-. Si no tienes cuidado con tu energía sexual ya puedes irte acostumbrando a los movimientos erráticos en tu punto de encaje. Hace un momento te asombraban tus propias reacciones. Bien, eso se debe a que tu punto de encaje se mueve sin sentido, porque tu energía sexual no está en equilibrio.

Hice un estúpido e inadecuado comentario sobre la vida sexual de los hombres adultos.

– Nuestra energía sexual es lo que gobierna el ensueño -explicó-. El nagual Elías me enseñó que, o haces el amor con tu energía sexual o ensueñas con ella. No hay otro camino. Si te menciono todo esto es porque tienes una gran dificultad en mover tu punto de encaje para asimilar nuestro último tópico: lo abstracto.

"Lo mismo me ocurrió a mí -continuó don Juan-. Sólo cuando mi energía sexual se liberó del mundo, cayó todo en su sitio. Esa es la regla para los ensoñadores. Los acechadores son lo opuesto. Mi benefactor, por ejemplo, era un libertino sexual como hombre común y corriente y como nagual.

Don Juan parecía estar a punto de contarme las aventuras de su benefactor, pero obviamente cambió de idea. Meneó la cabeza y dijo que yo era demasiado pudibundo para tales revelaciones. No insistí.

Dijo que el nagual Elías poseía la sobriedad que sólo adquieren los soñadores tras inconcebibles batallas consigo mismos. El utilizaba esa sobriedad cuando le daba a don Juan complejas explicaciones sobre el conocimiento de los brujos.

– Según me explicó el nagual Elías, mi propia dificultad para comprender el espíritu era algo que le pasaba a la mayoría de los brujos -prosiguió don Juan-. De acuerdo al nagual Elías la dificultad era nuestra resistencia a aceptar la idea de que el conocimiento puede existir sin palabras para explicarlo.

– Pero yo no encuentro ninguna dificultad en aceptar todo esto -dije.

– El aceptar esta proposición no es tan sencillo como decir: la acepto -dijo don Juan-. El nagual Elías decía que toda la humanidad se había alejado de lo abstracto y que alguna vez debió de haber sido nuestra fuerza sustentadora. Luego sucedió algo que nos apartó de lo abstracto y ahora no podernos regresar a él. El nagual decía que un aprendiz tarda años para estar en condiciones de regresar a lo abstracto; es decir, para saber que el lenguaje y el conocimiento pueden existir independientemente el uno del otro.