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Don Juan me dio entonces otra definición del ensueño: un proceso por medio del cual los ensoñadores aíslan condiciones del ensueño en las que pueden encontrar elementos que generan energía. Su definición me dejó perplejo. Se rió, y me dio otra aún más compleja: ensoñar es el proceso por medio del cual intentamos encontrar posiciones adecuadas del punto de encaje, posiciones que nos permiten percibir elementos que generan energía en estados que parecen sueños.
Explicó que el cuerpo energético es también capaz de percibir energía diferente a la energía de nuestro mundo. Como en el caso de los seres inorgánicos, a quienes el cuerpo energético percibe como energía chisporroteante. Añadió que en nuestro mundo nada chisporrotea; todo aquí oscila.
– De ahora en adelante -dijo-, la tarea de tu ensueño va a ser determinar si los objetos en los que enfocas tu atención de ensueño generan energía terrestre, o generan energía foránea, o son meras proyecciones fantasmagóricas.
Don Juan admitió haber tenido la esperanza de que yo llegara a la idea de ver energía, como medida para determinar si estaba realmente viendo mi cuerpo dormido. Se rió de mi falsa estratagema de ponerme elaboradas vestimentas de dormir. Dijo que yo había tenido en mis manos toda la información necesaria para deducir cuál era la verdadera tarea de la tercera compuerta del ensueño y llegar a la solución correcta, pero que mi sistema de interpretación me forzó a buscar soluciones artificiales que carecían de la simplicidad y la franqueza de la brujería.