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– Ahora es cuando necesitas hacer una maniobra muy drástica -dijo-. El emisario de ensueño no tiene razón de interferir con tus prácticas de ensueño. O más bien, tú no deberías, bajo ninguna condición, permitirle que lo haga.
– ¿Cómo puedo detenerlo?
– Con una maniobra muy simple pero muy difícil. Al entrar en tu ensueño, expresa en voz alta tu deseo de no tener que ver más con el emisario de ensueño.
– ¿Quiere eso decir, don Juan, que nunca más lo escucharé?
– Efectivamente. Te vas a deshacer de él para siempre.
– ¿Pero, es aconsejable deshacerme de él?
– A estas alturas, ciertamente lo es.
Con esas palabras, don Juan me hundió en un gran dilema. No quería terminar mi relación con el emisario, y al mismo tiempo, quería seguir el consejo de don Juan. Se dio cuenta de mi duda.
– Sé que es un asunto muy difícil -concedió-. Pero si no te deshaces del emisario, los seres inorgánicos te van a tener siempre enganchado. Si quieres evitarlos haz lo que te digo, y hazlo ahora mismo.
En mi siguiente sesión de ensueño, al prepararme a pronunciar mi intento, la voz del emisario me interrumpió. Dijo: "si resuelves no hacer tu pedido, te prometo que nunca intervendré en tus prácticas de ensueño, y que te hablaré únicamente si me haces preguntas directas".
Acepté instantáneamente su proposición, la cual consideré ser un trato muy equitativo. Sentí alivio de que el asunto se hubiese resuelto así, aunque temía que don Juan iba a quedar decepcionado.
– Fue una excelente maniobra -remarcó y se rió-. Fuiste sincero; realmente ibas a pronunciar tu intento. Ser sincero era todo lo que se requería. Esencialmente no había necesidad de que te deshicieras del emisario. Lo que querías era acorralarlo para que te propusiera una alternativa conveniente para ti. Estoy seguro de que el emisario ya no va a interferir más.
Tenía razón. Continué con mis prácticas de ensueño sin ninguna intromisión por parte del emisario. Una extraordinaria consecuencia fue que empecé a tener ensueños en los que los cuartos que ensoñaba eran mi verdadero cuarto del mundo diario, con una diferencia: en mis ensueños, mi cuarto estaba siempre tan inclinado, tan distorsionado, que parecía una gigantesca pintura cubista; con ángulos obtusos y agudos en lugar de los ángulos rectos de las paredes, pisos y cielo raso. En mi cuarto asimétrico, la misma inclinación creada por los ángulos obtusos o agudos era un medio para hacer resaltar prominentemente algún detalle absurdo y superfluo, pero real; por ejemplo, intrincadas líneas en la madera del piso, o decoloraciones en la pintura de una pared, o manchas de polvo en el cielo raso, o huellas digitales en los bordes de las puertas.
En esos ensueños, me perdía inevitablemente en mundos acuosos formados por el detalle señalado por las inclinaciones. Durante toda mi práctica de ensueño, la abundancia de detalles en mi cuarto era tan inmensa y su atracción tan intensa que instantáneamente me sumergía en lo que fuera.
En el primer momento libre que tuve, me fui a ver a don Juan, y le conté mis ensueños.
– No puedo salirme de mi cuarto -le dije después de darle toda la información pertinente.
– ¿Qué te hace creer que debes salir de él? -preguntó haciendo una mueca de desdén.
– Creo que debo moverme más allá de mi cuarto, don Juan.
– Pero te estás moviendo más allá de tu cuarto. Quizá deberías preguntarte si estás otra vez atrapado en interpretaciones. ¿Qué crees que significa moverse, en este caso?
Le dije que la sensación que experimenté una vez de caminar de mi cuarto a la calle había sido tan asombrosa que ahora tenía una verdadera necesidad de volver a hacerlo.
– Pero lo que haces es mucho más excitante que lo que quieres hacer -protestó-. Vas a regiones increíbles. ¿Qué más quieres?
Le traté de explicar que tenía una exigencia física de salirme de la trampa del detalle. Mi mayor molestia era mi incapacidad de liberarme de lo que atraía mi atención de ensueño. Le dije que mi meta era tener un mínimo de voluntad.
Hubo un largo silencio. Esperé oír más acerca de la trampa del detalle, después de todo, fue él quien me previno de sus peligros.
– Vas muy bien -dijo finalmente-. A los ensoñadores les lleva largo tiempo perfeccionar su cuerpo energético. Y esto es precisamente lo que está aquí en juego: perfeccionar tu cuerpo energético.
Don Juan explicó que mi cuerpo energético estaba impulsado a examinar detalles y quedarse atrapado en ellos debido a su inexperiencia. Dijo que los brujos se pasan la vida entera completando sus cuerpos energéticos por medio de la maniobra de dejarlos absorber todos los detalles posibles.
– El cuerpo energético se abstrae en detalles hasta que está completo y maduro -don Juan prosiguió-. Y no hay modo de liberarlo de la compulsión de quedar absorto en todo. Pero si uno toma esto en consideración, en lugar de entrar en batalla con él como tú lo haces, uno le puede ayudar.
– ¿Cómo puedo ayudarlo, don Juan?
– Dirigiendo su comportamiento, o sea, acechándolo.
Explicó que ya que todo lo relacionado con el cuerpo energético depende de la adecuada posición del punto de encaje, y ya que ensoñar es el medio de desplazarlo, acechar es hacer que el punto de encaje se quede fijo en la posición perfecta; en este caso, la posición en la que el cuerpo energético se puede consolidar y desde la cual finalmente emerge.
Don Juan dijo que cuando el cuerpo energético se mueve por propios medios, los brujos asumen que la posición óptima del punto de encaje ha sido alcanzada. El siguiente paso es acecharlo, esto es, mantener fijo el punto de encaje en esa posición, para de ese modo completar el cuerpo energético. Señaló que el procedimiento es de una extraña simpleza: uno intenta acecharlo y lo acecha.
Hubo un largo silencio y miradas intensas llenas de expectativa. Yo esperaba que dijera algo más, y él esperaba que yo hubiera entendido lo que había dicho.
– Permite que tu cuerpo energético intente alcanzar la óptima posición de ensueño -explicó-. Luego permite que tu cuerpo, energético intente quedarse en esa posición. Eso quiere decir acecharlo.
Hizo una pausa, y con sus ojos me instó a que considerara su aseveración.
– Intentar es el secreto, pero tú ya sabes eso -dijo-. Los brujos desplazan su punto de encaje a través del intento, y lo fijan igualmente a través del intento. Y no hay ninguna técnica para intentar. Uno aprende a intentar usando el intento.
Una extravagante idea acerca de mi valor como brujo fue inevitable. Y tuvo que ver con una ilimitada confianza de que algo me iba a ayudar a intentar la fijación de mi punto de encaje en el lugar ideal. En el pasado había llevado a cabo, sin saber cómo, toda clase de maniobras. Don Juan se había maravillado de mi habilidad, o de mi suerte. Yo estaba seguro de que esta vez iba a pasar lo mismo. Pero me equivoqué. No tuve ningún éxito en fijar mi punto de encaje en cualquier lugar, muchísimo menos en el lugar ideal.
Después de meses de serios pero inútiles esfuerzos, me di por vencido.
– Realmente creí que lo podía hacer -le dije a don Juan en el momento en que llegué a su casa-. Mucho me temo que últimamente mi importancia personal ha crecido más que nunca.
– No realmente -dijo con una sonrisa-. Lo que pasa es que estás atrapado en otra de tus rutinarias mal interpretaciones de términos. Quieres encontrar el lugar ideal como si estuvieras tratando de encontrar las llaves de tu coche. Luego quieres atar tu punto de encaje como si te estuvieras amarrando los zapatos. El lugar ideal y la fijación del punto de encaje son metáforas. No tienen nada que ver con las palabras que se usan para describirlas.
Me pidió entonces que le contara los más recientes eventos de mis prácticas de ensueño. Lo primero que le mencioné fue que el impulso de mi atención de ensueño de quedar absorta en detalles había disminuido considerablemente. Le dije que quizá porque en mis ensueños me movía compulsiva e incesantemente, el movimiento en sí me detenía antes de que me sumergiera en el detalle que estaba observando. Detenerme así me dio la oportunidad de examinar el acto de quedar absorto en detalles; y llegué a la conclusión de que la materia inanimada poseía una fuerza inmovilizante. Yo la veía como un rayo inmóvil de luz opaca que me mantenía fijo. Por ejemplo, muchas veces alguna diminuta marca en las paredes, o en las líneas de la madera del piso de mi cuarto emitía una línea de luz que me inmovilizaba; a partir del momento en que mi atención de ensueño enfocaba esa luz, todo el ensueño giraba alrededor de esa diminuta marca. La veía agrandarse al tamaño del universo entero. Esa visión duraba hasta que me despertaba, con la nariz presionada contra la pared o contra el piso de madera. Mis conclusiones fueron que, en primer lugar, el detalle era real, y en segundo lugar, parecía que lo había estado observando mientras dormía.
Don Juan sonrió y dijo:
– Todo esto te está pasando porque tu cuerpo energético se forjó completamente en el momento en que se movió por sí mismo. No te lo dije, pero te lo insinué. Quería saber si eras capaz de descubrirlo por ti mismo, y por supuesto lo hiciste.
No tenía idea a qué se refería. Don Juan me escudriñó de la manera en que solía hacerlo. Su mirada fija y penetrante recorrió mi cuerpo.
– ¿Qué fue exactamente lo que descubrí por mí mismo, don Juan? -me vi forzado a preguntar.
– Descubriste que tu cuerpo energético está completo -contestó.
– Yo no descubrí nada de eso; se lo aseguro.
– Sí, lo descubriste. Comenzó cuando no podías encontrar un método para certificar la realidad de tus ensueños. Sin saber cómo, algo empezó a funcionar, algo que te revelaba lo que querías saber acerca de tus ensueños. Ese algo era tu cuerpo energético. Ahora te desespera no poder encontrar el lugar ideal donde fijar tu punto de encaje. Y yo te digo que ya lo encontraste. La prueba es que has descubierto que si te mueves tu cuerpo energético reduces su obsesión con los detalles.
Me quedé estupefacto. Ni siquiera pude hacerle una de mis débiles preguntas.
– Lo que vas a hacer ahora es una de las maravillas de brujos -prosiguió don Juan-. Vas a practicar ver energía en tu ensueño. Has cumplido la tarea parcial de la tercera compuerta del ensueño: mover tu cuerpo energético. Ahora vas a llevar a cabo la verdadera tarea: ver energía con tu cuerpo energético.
"Ya has visto varias veces energía -prosiguió-. Pero cada una de esas veces, viste de pura casualidad. Ahora lo vas a hacer deliberadamente.
"Los ensoñadores tienen una regla empírica -continuó-. Si sus cuerpos energéticos está completos, ven energía cada vez que miran fijamente algún objeto del mundo cotidiano. En sus ensueños, si ven energía en un objeto, están tratando con un mundo real, sin importar qué tan extraño o indefinido les pueda parecer ese mundo. Si no pueden ver energía en los objetos de su ensueño, se encuentran en un sueño común y corriente y no en un mundo real.
– ¿Qué es un mundo real, don Juan?
– Es un mundo que genera energía; lo opuesto a un mundo fantasma de proyecciones donde nada genera energía; como la mayoría de nuestros sueños, donde nada tiene un efecto energético.