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5 EL MUNDO DE LOS SERES INORGÁNICOS
A pesar de que don Juan parecía no sólo desinteresado en hablar sobre el tema del ensueño sino hasta molesto, yo aún solicitaba su consejo, pero únicamente en casos de extrema necesidad. Cada vez que hablábamos de mis prácticas de ensueño, él minimizaba la importancia de cualquier cosa que hubiese logrado. Yo consideré esa reacción suya como una confirmación de su pere
En ese entonces, mi interés en los seres inorgánicos se había convertido en la parte crucial de mis prácticas de ensueño. Después de encontrar a seres inorgánicos en mis sueños y, especialmente, después de mi encuentro con ellos en el desierto, debería haber estado más predispuesto a tomar en serio su existencia. Pero esos eventos tuvieron más bien el efecto contrario. Mi objetivo se tornó en probar que no existían.
Entretuve entonces la idea de una investigación objetiva. El método de esta investigación iba a consistir en compilar una meticulosa crónica de todo lo que aconteciera durante mis sesiones de ensueño; y luego, usar esa crónica como base para averiguar si mi ensueño confirmaba o refutaba lo que don Juan decía de los seres inorgánicos. Escribí cientos de páginas de minuciosas anotaciones sobre detalles que yo consideraba importantes, cuando debería haberme sido claro que había obtenido la evidencia de su existencia casi desde el comienzo de mi investigación.
Después de unas cuantas sesiones, descubrí que lo que había creído ser una recomendación casual de don Juan: suspender todo juicio y dejar que los seres inorgánicos se manifestaran por su propia cuenta, era en realidad el procedimiento usado por los brujos antiguos para atraerlos. Don Juan estaba simplemente siguiendo su tradición al dejarme que lo descubriera por mí mismo. La advertencia que me hizo una y otra vez fue que es muy difícil hacer que el yo quite sus barreras, excepto bajo una disciplina implacable. Decía que ciertamente nuestra razón es la línea de defensa más fuerte del yo; y cuando se trata de la brujería, la más amenazada. Don Juan consideraba que la existencia de los seres inorgánicos es el más temible asaltante de nuestra racionalidad.
Algo más que quedó aclarado en el curso de mi investigación fue la rutina que me había impuesto don Juan. Al parecer algo muy simple. Primero, observaba cada objeto de mis sueños, y luego, cambiaba de sueños. Puedo sinceramente decir que siguiendo tal rutina observé universos de detalles en sueño tras sueño. Inevitablemente, en un momento dado, mi atención de ensueño empezaba a disminuir y mis sesiones de ensueño terminaban ya fuera quedándome dormido y teniendo sueños normales de los que no tenía ninguna atención de ensueño, o quedándome despierto sin poder conciliar el sueño.
Sin embargo, de vez en cuando, tal como don Juan lo había descrito, una corriente de energía forastera, lo que él llamaba un explorador, se introducía a mis sueños. Saber de antemano que esto iba a suceder me ayudó a ajustar mi atención de ensueño y a estar alerta. La primera vez que noté energía foránea, estaba yo soñando que andaba de compras en un gran almacén. Iba yo de mostrador en mostrador buscando objetos antiguos de arte. Finalmente encontré uno. La ridiculez de buscarlos en un almacén era tan obvia que me causó risa, pero encontrar lo que buscaba borró la incongruencia. La pieza era el puño de un bastón. El vendedor me aseguró que estaba hecho de iridio, y dijo que era una de las sustancias más duras en el mundo. Era una pieza tallada: la cabeza y el hombro de un simio. A mi me parecía como de jade. El vendedor se sintió insultado cuando le insinué que quizá era jade, y para probar mi error, arrojó el objeto contra el piso de cemento con gran fuerza. No se rompió, rebotó como una pelota y salió del almacén girando como si fuera un frisbee. Lo seguí. Desapareció detrás de unos árboles. Corrí a buscarlo, y lo encontré hundido en el suelo. Se había transformado en un bastón largo, extraordinariamente bello, de color verde profundo con negro.
Lo codicié al punto de aferrarlo con toda mi fuerza. Forcejeé para arrancarlo del suelo, antes de que alguien más viniese. Pero por más que hice, no pude sacarlo. Tenía miedo de romperlo si trataba de extraerlo moviéndolo para adelante y para atrás. Empecé a cavar a su alrededor con mis manos. A medida que continuaba cavando, el bastón comenzó a derretirse, hasta que quedó únicamente un charco de agua verdusca en su lugar. Me quedé mirando fijamente el agua, la cual, de repente, pareció explotar; se convirtió en una burbuja blanca y desapareció. Mi sueño continuó con otras imágenes y otros detalles que aunque eran cristalinamente claros, no eran sobresalientes.
Cuando le conté a don Juan este ensueño, me dijo:
– Aislaste a un explorador. Los exploradores son más numerosos en nuestros sueños comunes y corrientes. Los sueños de los ensoñadores están extrañamente libres de exploradores. Al momento que aparecen, son identificados por su extrañeza y la incongruencia de su presencia.
– ¿Incongruencia, de qué manera, don Juan?
– Su presencia no tiene ningún sentido.
– En un sueño muy pocas cosas tienen sentido.
– Es únicamente en los sueños comunes y corrientes que las cosas no tienen sentido, yo diría que es así debido a que la gente común y corriente sufre asaltos más intensos de lo desconocido. En sus sueños hay muchísimos exploradores.
– ¿Y por qué es así, don Juan?
– En mi opinión, lo que ocurre es un equilibrio de fuerzas. La gente común y corriente tiene estupendas barreras para protegerse contra esos asaltos. Barreras tales como preocupaciones diarias. Mientras más fuerte es la barrera, más fuerte es el ataque.
"Por otro lado, los ensoñadores tienen menos barreras y menos exploradores en sus ensueños. Parece que en sus ensueños hay menos exploradores, quizá para asegurar que los ensoñadores se percaten rápidamente de su presencia.
Don Juan me aconsejó poner mucha atención y recordar todo detalle posible del ensueño que tuve. Hasta me hizo repetirle lo que ya le había contado.
– Me desconcierta usted -le dije-. Primero no quiere escuchar nada acerca de mis ensueños, y luego si quiere. ¿Hay algún orden en rechazar y acceder?
– Por supuesto que hay orden detrás de todo esto -dijo-. Algunas cosas son de importancia clave, ya que están asociadas con el espíritu; otras no tienen absolutamente ninguna importancia, ya que están asociadas con nuestras pinches personalidades.
"El primer explorador que aislaste, va a estar siempre presente de una forma o de otra, igual que los detalles de tu ensueño. Así que será un bastón, o un frisbee, o un vendedor, o iridio. Por cierto, ¿qué es iridio?
– Realmente no lo sé.
– ¡Ahí lo tienes! ¿Y qué dirías si resultara ser una de las sustancias más duras del mundo?
Los ojos de don Juan brillaban de deleite, mientras yo me reía nerviosamente de tan absurda posibilidad, la cual resultó ser cierta.
Una vez que hube aceptado el esquema de don Juan de que energía foránea se filtra en los sueños, empecé a tomar en cuenta la presencia de objetos extraños en mis ensueños. Invariablemente, después de haberlos aislado, mi atención de ensueño se enfocaba en ellos con una intensidad que no me ocurría en ninguna otra oportunidad. Lo primero que noté fue el gran esfuerzo que mi mente hacia para transformarlos en objetos conocidos. La desventaja de mi mente era su incapacidad de llevar totalmente a cabo tal transformación; el resultado era un objeto espurio, casi desconocido. Después, la energía foránea se disipa fácilmente, convirtiéndose en una burbuja de luz que era rápidamente absorbida por otros apremiantes detalles de mis ensueños.
– En el nivel de ensueño en que te encuentras ahora, los exploradores son rastreadores que vienen del reino de los seres inorgánicos -dijo don Juan, comentando acerca de lo que me sucedía-. Son muy rápidos, y esto quiere decir que no se quedan por mucho tiempo.
– ¿Por qué dice usted que son rastreadores, don Juan?
– Porque siguen el rastro de la conciencia. Ellos tienen conciencia de ser y propósito, aunque eso sea incomprensible para nuestras mentes.
– ¿Cuál es la diferencia entre un rastreador y un explorador?
– Los rastreadores van en pos de las huellas que deja la conciencia de ser a su paso. Los exploradores la exploran una vez que la encuentran. Como ya te lo he dicho, los exploradores vienen del mundo de los seres inorgánicos; su conciencia y propósito quizá sea comparable al propósito y la conciencia de los árboles.
Explicó que la conciencia de ser es como una velocidad interna y que la velocidad interna de los árboles y de los seres inorgánicos son infinitamente más lentas que la nuestra y por lo tanto, incomprensibles para nosotros.
– Ambos, los árboles y los seres inorgánicos, están hechos para durar mucho más que nosotros -añadió-. Son inmóviles, pero hacen que todo se mueva alrededor de ellos.
– ¿Quiere usted decir, don Juan, que los seres inorgánicos son estacionarios como los árboles?
– Naturalmente. Lo que ves en tus ensueños, como palos oscuros o luminosos, son sus proyecciones. Lo que oyes como la voz del emisario de ensueño es también su proyección. Al igual que lo son los exploradores.
Me puse repentinamente muy ansioso, agobiado por sus aseveraciones. Le pregunté a don Juan si los árboles también tenían proyecciones de esa naturaleza.
– Las tienen -dijo-. Para nosotros los seres humanos las proyecciones de los árboles son menos amigables aun que las de los seres inorgánicos. Los ensoñadores nunca las buscan, a menos que estén en un estado de profunda amenidad con los árboles; un estado muy difícil de lograr, ya que nosotros no tenemos amigos en esta tierra -se rió entre dientes y añadió-: no es un gran misterio la razón de esto.
– Quizá no lo sea para usted, don Juan, pero ciertamente lo es para mí.
– Somos destructivos a más no poder. Hemos ganado la enemistad de todos los seres vivientes de esta tierra; es por eso que no tenemos amigos.
Me sentí más mal aún y quise terminar la conversación. Pero una repentina oleada de curiosidad me hizo regresar al tema de los seres inorgánicos.
– ¿Qué cree usted que debería hacer para seguir a uno de los exploradores? -pregunté.
– ¿Qué razón podrías tener para seguirlos?
– Estoy haciendo una investigación objetiva sobre los seres inorgánicos.
– Ahora sí que me estás tomando el pelo, ¿verdad? A poco no estabas totalmente convencido de que los seres inorgánicos no existen.
Su tono burlón y su risa entrecortada me dieron a entender lo que pensaba de mi investigación.
– Cambié de parecer, don Juan. Ahora quiero explorar todas esas posibilidades.
– Acuérdate que el reino de los seres inorgánicos era el terreno de los brujos antiguos. Para llegar ahí, tuvieron que fijar tenazmente su atención de ensueño en los objetos de sus sueños. De esa manera, eran capaces de aislar a los exploradores. Y una vez que tenían a los exploradores enfocados, gritaban su intento de seguirlos. En el instante en que los brujos antiguos manifestaban en voz alta su intento, una fuerza incontenible los jalaba.
– ¿Así tan simplemente como eso, don Juan?
No me contestó. Se sonrió mirándome a los ojos, como retándome a que lo hiciera.