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César estaba a la derecha, y con su cabello plateado y el batín de seda parecía uno de los personajes elegantes de las comedias de primeros de siglo: tranquilo y distinguido, seguro de sí mismo, consciente de que la alfombra que pisaba su interlocutor tenía doscientos años y era suya. Julia vio cómo metía una mano en el bolsillo, sacaba el paquete de cigarrillos de filtro dorado e introducía uno en la boquilla de marfil. La escena era demasiado extraordinaria como para no fijarla bien en su memoria: el decorado de antigüedades de tonos oscuros y amortiguados reflejos, el techo cubierto de esbeltas figuras clásicas, el viejo dandy de elegante y equívoco aspecto, y el desastrado hombre flaco de la gabardina arrugada, frente a frente, contemplándose en silencio, como en espera de que alguien, posiblemente el apuntador oculto en alguno de los muebles de época, diese el pie de entrada para iniciar el último acto. Julia había previsto, desde que descubrió un aire familiar en el rostro del joven que miraba a la cámara del fotógrafo con toda la gravedad de sus quince o dieciséis años, que aquella parte de la representación iba a ser más o menos así. Era como esa curiosa sensación a la que llamaban déjà vu. Conocía ya aquel final, en el que sólo faltaba un mayordomo de chaleco rayado anunciando la cena para que todo rebasara el límite de lo grotesco. Miró a sus dos personajes favoritos y se llevó el cigarrillo a los labios, intentando recordar. Era cómodo el sofá de César, pensó entretanto, perezosamente voluble; ningún anfiteatro le habría ofrecido localidad más idónea. Sí. El recuerdo vino otra vez con facilidad, y resultó ser un recuerdo reciente. Ella le había echado ya un vistazo a aquel guión. Había sido sólo unas horas antes, en la Sala Doce del Museo del Prado. El cuadro de Brueghel, aquel batir de timbales como fondo al soplo arrasador de lo irremediable, barriendo a su paso hasta la última brizna de hierba sobre la tierra, convertido todo en una sola, única, gigantesca pirueta final, en la sonora carcajada de algún dios borracho que rumiaba su olímpica resaca tras las colinas e
«Todo es un tablero de ajedrez de noches y días donde el Destino juega con los hombres como piezas.»
Murmuró la cita sin pronunciar las palabras, mirando a César y a Muñoz. Todo estaba en orden, así que se podía comenzar. Oíd, oíd, oíd. La luz amarillenta de la lámpara inglesa creaba un cono de claridad que envolvía a los dos personajes. El anticuario inclinó un poco la cabeza y encendió el cigarrillo mientras Julia se suspendía el suyo de los labios. Como si aquella hubiera sido la señal para iniciar el diálogo, Muñoz asintió lentamente, aunque nadie había pronunciado todavía una palabra. Después dijo:
– Espero, César, que tenga a mano un tablero de ajedrez.
No era brillante, reconoció la joven. Ni siquiera lo apropiado. Un guionista imaginativo habría sabido encontrar, sin duda, algo mejor que poner en boca de Muñoz; pero, se dijo con desconsuelo, el autor de la tragicomedia era, a fin de cuentas, tan mediocre como el mundo que él mismo había creado. No podía exigirse que una farsa superase el talento, la estupidez o la perversidad de su propio autor.
– No creo necesario un tablero -respondió César, y aquello mejoró el diálogo. No por las palabras, que tampoco eran extraordinarias, sino por el tono, que resultó idóneo, en especial cierto matiz de hastío que el anticuario supo imprimir en la frase; algo muy propio de él, como si todo aquello lo observara sentado en una silla de jardín, de esas de hierro pintadas de blanco, con un martini muy seco en la mano y mirando la cosa, podría decirse, en lontananza. César era tan refinado en sus poses decadentes como podía serlo en su homosexualidad o en su perversidad, y Julia, que también lo había amado por eso, supo apreciar en lo que valía aquella actitud rigurosa y exacta, tan perfecta en sus matices que la hizo recostarse, admirada, en el sofá, mientras observaba al anticuario a través de las espirales de humo del cigarrillo. Porque lo más fascinante era que aquel hombre la había estado engañando durante veinte años. Sin embargo, en estricta justicia, el responsable final del engaño no era él, sino ella misma. Nada en César había cambiado: hubiera tenido o no conciencia Julia, siempre fue -tuvo que serlo a la fuerza- él mismo. Ahora estaba allí de pie, fumando con sangre fría y -lo supo con absoluta certeza- en ausencia total del remordimiento o inquietud por lo que había hecho. Figuraba -posaba- en lo formal tan distinguido y correcto como cuando Julia oía de sus labios bellas historias de amantes o guerreros. De un momento a otro podía perfectamente referirse a Long John Silver, Wendy, Lagardére o Sir Ke
Retiró el brazo del respaldo del sofá, inclinándose hacia adelante, entreabiertos los labios en atenta concentración sobre lo que ante sus ojos se desarrollaba, dispuesta a no perderse el menor detalle de la escena. Y aquel movimiento suyo pareció la señal para reanudar el diálogo. Muñoz, con las manos en los bolsillos de la gabardina y la cabeza ladeada, miraba a César.
– Acláreme una duda -dijo-. Después de que el alfil negro se come al peón blanco en A6, las blancas deciden mover su rey de D4 a E5, descubriendo el jaque de la dama blanca al rey negro… ¿Qué deben jugar las negras?
Los ojos del anticuario se animaron con un brillo divertido; parecía que sonriesen, independientes del imperturbable resto de sus facciones.
– No lo sé -repuso, al cabo de un instante-. Usted es el maestro, querido. Usted sabrá.
Muñoz hizo uno de sus gestos vagos, como si se quitase de encima el título magistral que César acababa de darle por primera vez.
– Insisto -pronunció despacio, arrastrando las palabras- en conocer su autorizada opinión.
Los labios del anticuario se contagiaron de la sonrisa que hasta aquel momento parecía limitarse a sus ojos.
– En ese caso, yo protegería el rey negro colocando el alfil en C4… -miró al jugador con solicitud cortés-. ¿Le parece apropiado?
– Me como ese alfil -afirmó Muñoz, casi con grosería-. Con mi alfil blanco de D3. Y después usted me da jaque con el caballo en D7.
– Yo no le doy nada, amigo mío -el anticuario sostenía su mirada, imperturbable-. No sé de qué me habla. Y tampoco son horas para plantear charadas.
Muñoz arrugó el ceño con aire testarudo.
– Usted me da jaque en D7 -insistió-. Déjese de historias y preste atención al tablero.
– ¿Por qué había de hacerlo?
– Porque le van quedando pocas salidas… Yo eludo ese jaque llevando el rey blanco a D6.
Suspiró César al oír aquello, y los ojos azules, que con la escasa luz de la habitación parecían en aquel momento extraordinariamente claros, casi desprovistos de color, se posaron sobre Julia. Después, tras colocarse la boquilla entre los dientes, movió la cabeza hacia abajo dos veces, con una suave mueca de pesadumbre.
– Entonces, sintiéndolo mucho -dijo, y parecía de verdad contrariado- yo habría tenido que comerme el segundo caballo blanco, el que está en B1 -miró a su interlocutor con gesto contrito-. ¿No cree que es una lástima?
– Sí. Especialmente desde el punto de vista del caballo… -Muñoz se mordió el labio inferior, inquisitivo-. ¿Y se lo comería con la torre o con la dama?
– Con la dama, naturalmente -César parecía ofendido-. Hay ciertas reglas… -dejó la frase en suspenso con un gesto de la mano derecha. Una mano pálida y fina, en cuyo dorso se transparentaban los azulados surcos de las venas, y que ahora Julia sabía, también, muy capaz de matar con idéntica naturalidad; tal vez iniciando el movimiento letal con el mismo gesto elegante que, en ese momento, el anticuario trazaba en el aire.
Entonces, por primera vez desde que llegaron a casa de César, Muñoz dejó flotar en sus labios aquella sonrisa que nunca significaba nada, imprecisa y lejana, más relacionada con sus extrañas reflexiones matemáticas que con la realidad que lo circundaba.
– Yo en su lugar habría jugado dama a C2, pero eso ahora ya no tiene importancia… -dijo en voz baja-. Lo que me gustaría saber es cómo pensaba matarme.
– No diga inconveniencias -respondió el anticuario, y parecía sinceramente escandalizado. Después, como apelando a la urbanidad del ajedrecista, hizo un gesto en dirección al sofá donde Julia estaba sentada, aunque sin mirarla-. La señorita…
– A estas alturas -comentó Muñoz, y la sonrisa difusa seguía flotándole en un extremo de la boca- la señorita tiene, imagino, la misma curiosidad que yo. Pero no ha respondido a mi pregunta… ¿Pensaba recurrir a su vieja táctica del golpe en la garganta o en la nuca, o me reservaba un desenlace más clásico? Me refiero a veneno, puñal o algo por el estilo… ¿Cómo diría usted? -miró brevemente hacia las pinturas del techo, buscando allí el término apropiado-. Ah, sí. Algo de tipo veneciano.
– Yo hubiese dicho florentino -corrigió César, puntilloso hasta el fin, aunque sin ocultar cierta admiración-. Pero ignoraba que fuese usted capaz de ironizar sobre tales cuestiones.
– Y no lo soy -respondió el jugador-. No lo soy en absoluto -miró a Julia y después señaló al anticuario con un dedo-… Ahí lo tiene: el alfil, que ocupa un lugar de confianza junto al rey y la reina. Puestos a novelar la cosa, el bishop inglés, el obispo intrigante. El Gran Visir traidor que conspira en la sombra porque, en realidad, es la Dama Negra disfrazada…
– Qué folletín maravilloso -comentó César, burlón, juntando las manos en lento y silencioso aplauso-. Pero no me ha dicho lo que moverían las blancas después de perder su caballo… Si he de serle franco, querido, me tiene en ascuas.
– Alfil a D3, jaque. Y las negras pierden la partida.
– ¿Así de fácil? Me alarma usted, amigo mío.
– Así de fácil.
César consideró la cuestión. Después retiró lo que quedaba de cigarrillo en el extremo de la boquilla y lo puso en un cenicero, tras desprender delicadamente la brasa.