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Ella lo siguió, dócil. Subieron la escalera, hasta el vestíbulo. Aún quedaban algunos ajedrecistas en las mesas, pero a Cifuentes, el director, no se le veía por ninguna parte. Muñoz guió a Julia directamente hasta la biblioteca. Allí, entre trofeos y diplomas, un par de cientos de libros ocupaban los estantes protegidos por vitrinas. El jugador soltó la mano de Julia y abrió una de ellas, escogiendo un grueso tomo encuadernado en tela. En el lomo, en letras doradas oscurecidas por el uso y el tiempo, Julia leyó, desconcertada:
Semanario de ajedrez. Cuarto Trimestre. El año era ilegible.
Muñoz puso el tomo sobre la mesa y hojeó algunas páginas amarillentas, impresas en mal papel. Problemas de ajedrez, análisis de partidas, información sobre torneos, antiguas fotografías de sonrientes ganadores con camisa blanca y corbata, trajes y cortes de pelo de la época. Se detuvo en una doble página llena de fotografías.
– Mírelas con atención -le dijo a Julia.
La joven se inclinó sobre las fotos. Eran de mala calidad, y todas mostraban grupos de ajedrecistas posando ante la cámara. Algunos sostenían copas o diplomas. Leyó el encabezamiento de la página: II EDICIÓN DEL TROFEO NACIONAL JOSÉ RAÚL CAPABLANCA. Miró a Muñoz, desconcertada.
– No comprendo -murmuró.
El jugador de ajedrez señaló con el dedo una de las fotografías. Era un grupo de jóvenes, y dos sostenían pequeñas copas en la mano. El resto, otros cuatro, miraban al objetivo con gesto solemne. El pie de foto decía: FINALISTAS DE LA MODALIDAD JUVENIL.
– ¿Reconoce a alguien? -preguntó Muñoz.
Julia estudió los rostros, uno por uno. Sólo en el que ocupaba el extremo derecho de la fotografía encontró un vago aire familiar. Era un joven de quince o dieciséis años, peinado hacia atrás, con chaqueta y corbata y un brazalete de luto sobre el brazo izquierdo. Miraba a la cámara con ojos tranquilos e inteligentes en los que Julia creyó leer un aire de desafío. Entonces lo reconoció. La mano le temblaba cuando puso un dedo sobre él, y al levantar los ojos hacia el ajedrecista vio que éste asentía.
– Sí -dijo Muñoz-. Es el jugador invisible.