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– Max… es diferente -ensombreció el gesto mirando calle abajo, por si Max o la rubia del impermeable aún anduvieran por allí. Y lo que pudo ver, aparte de helar sus palabras, la sacudió como si hubiese recibido un golpe. No había ninguna mujer que respondiera a la descripción; pero, entre los toldos y los plásticos de los tenderetes, sí un coche aparcado cerca de la esquina. Un coche azul.

Desde donde se hallaba, Julia no podía saber si era un Ford, pero la excitación que sentía se disparó en el acto. Apartándose de la vendedora de imágenes, ante la sorpresa de César, dio unos pasos por la acera y, tras sortear un par de puestos de baratijas, se quedó mirando hacia la esquina, alzada sobre la punta de los zapatos para ver mejor. Era un Ford azul, con los cristales oscuros. No podía ver la matrícula, pensó atropelladamente, pero para una sola mañana eran demasiadas coincidencias: Max, Menchu, la tarjeta sobre el parabrisas, el envase vacío, la mujer del impermeable, y ahora el coche que se había convertido en elemento clave de su pesadilla. Sintió que las manos le temblaban y las metió en los bolsillos de la chaqueta mientras sentía, a su espalda, la proximidad del anticuario. Aquello le dio valor.

– Es el coche, César. ¿Comprendes?… Sea quien sea, está dentro.

César no dijo nada. Se quitó despacio el sombrero, que tal vez consideraba inadecuado para lo que podía ocurrir a continuación, y miró a Julia. Ella nunca lo había querido tanto, apretada la fina línea de los labios y adelantado el mentón, con los ojos azules entornados y un reflejo de inusual dureza brillándole entre los párpados. Las líneas delgadas de su rostro meticulosamente afeitado estaban tensas; se le marcaban los músculos faciales a ambos lados de la mandíbula. Podía ser homosexual, decían aquellos ojos; y también un hombre de correctos modales, poco inclinado a actitudes violentas. Pero no era, en absoluto, un cobarde. Al menos estando de por medio su princesa.

– Espérame aquí -dijo él.

– No. Vamos juntos -lo miró con ternura. Alguna vez lo había besado en los labios, jugando, como cuando era niña. En aquel momento sintió el impulso de hacerlo otra vez; pero ya no era un juego-. Tú y yo.

Introdujo la mano en el bolso y amartilló la Derringer. César, con mucha calma, como si escogiese un bastón de paseo, se puso el paraguas bajo el brazo y, acercándose a uno de los tenderetes, agarró un atizador de hierro de grandes proporciones.

– Con su permiso -le dijo al sorprendido vendedor, poniéndole en la mano el primer billete que sacó de la cartera. Después miró serenamente a Julia: -Por una vez, querida, permíteme que pase primero.

Y se encaminaron hacia el coche. Lo hicieron amparándose en los puestos para no ser vistos; Julia con la mano dentro del bolso, César con el atizador en la derecha, paraguas y sombrero en la izquierda. El corazón de la joven palpitaba con fuerza cuando logró ver la matrícula. Ya no había duda: Ford azul, cristales oscuros, letras TH. Sentía la boca seca y una molesta sensación en el estómago, como si éste se hubiese contraído sobre sí mismo. Aquello, se dijo fugazmente, era lo que sentía Pedro Blood antes de saltar al abordaje.

Llegaron a la esquina y todo ocurrió muy rápido. Alguien, en el interior del coche, había bajado el cristal del lado del conductor para tirar una colilla. César dejó caer al suelo sombrero y paraguas, levantó el atizador y se encaminó, rodeando el vehículo, hacia el lado izquierdo, dispuesto, si hacía falta, a matar piratas o lo que hubiese dentro. Julia, con los dientes apretados y la sangre batiéndole en las sienes, echó a correr, sacó la pistola del bolso y la metió por la ventanilla, antes de que tuviesen tiempo de subir el cristal. Ante el cañón de la pistola apareció un rostro desconocido: un hombre joven, con barba, que miraba el arma con ojos espantados. En el asiento contiguo, otro más se volvió con sobresalto cuando César abrió la otra puerta alzando, amenazante, el atizador de hierro sobre su cabeza.

– ¡Salgan de ahí! ¡Salgan de ahí! -gritó Julia, a punto de perder el control.

Demudado el rostro, el hombre de la barba levantaba las manos con los dedos abiertos, en gesto de súplica.

– ¡Cálmese, señorita! -balbució-. Por el amor de Dios, cálmese… ¡Somos policías!

– Reconozco -dijo el inspector jefe Feijoo, cruzando las manos sobre su mesa de despacho- que hasta ahora no hemos sido muy eficaces en este asunto…

Dejó la frase en el aire y sonrió a César con placidez, como si la falta de eficacia de la policía lo justificase todo. Entre gentes de mundo, parecía decir su mirada, podemos permitirnos cierta autocrítica constructiva.

Pero César no parecía dispuesto a dejar las cosas así.

– Eso es una forma -dijo con desdén- de calificar lo que otros llamarían pura incompetencia.

A Feijoo, se le notaba en lo descompuesto de la sonrisa, el comentario le sentó como un tiro. Los dientes asomaron bajo el poblado mostacho, mordiéndole el labio inferior. Miró al anticuario y luego a Julia antes de tamborilear impaciente sobre la mesa con el extremo de un bolígrafo barato. Con César de por medio, no tenía más recurso que andar con pies de plomo; y los tres sabían ya por qué.

– La policía tiene sus métodos.

Todo aquello eran simples palabras y César se impacientaba, cruel. Tener negocios con Feijoo no obligaba a mostrarle simpatía. Y menos después de haberlo sorprendido jugando sucio.

– Si esos métodos consisten en hacer seguir a Julia mientras un loco anda suelto por ahí enviando tarjetas anónimas, prefiero no decir lo que opino de tales métodos… -se volvió hacia la joven y después miró de nuevo al policía-. Ni siquiera me cabe en la cabeza que la consideren sospechosa en la muerte del profesor Ortega… ¿Por qué no me han investigado a mí?

– Lo hemos hecho -el policía estaba picado por la impertinencia de César, y tascaba el freno con esfuerzo-. La verdad es que investigamos a todo el mundo -mostró las palmas de las manos, asumiendo lo que estaba dispuesto a reconocer como un monumental patinazo-. Desgraciadamente, este trabajo es así.

– ¿Y han puesto algo en claro?

– Lamento decir que no -Feijoo se rascó una axila bajo la chaqueta y se removió en el asiento, incómodo-. Si he de ser franco, nos encontramos como al principio… Los forenses tampoco se ponen de acuerdo sobre la causa de la muerte de Álvaro Ortega. Nuestra esperanza, si realmente hay un asesino, es que dé un paso en falso.

– ¿Para eso me han estado siguiendo? -preguntó Julia, todavía furiosa. Estaba sentada, apretando el bolso en el regazo, y un cigarrillo le humeaba entre los dedos-. ¿Para ver si el paso en falso lo daba yo?

El policía la miró hoscamente.

– No debe tomárselo tan a pecho. Es pura rutina… Una simple táctica policial.

César enarcó una ceja.

– Como táctica no parece muy prometedora. Ni rápida.

Feijoo tragó al mismo tiempo saliva y el sarcasmo. En aquel momento, pensó Julia con malvado regocijo, el policía renegaba, con toda el alma, de sus inconfesables relaciones comerciales con el anticuario. Bastaría con que César abriese la boca en un par de lugares oportunos para que, sin acusaciones directas ni papeleo oficial, del modo discreto en que solían hacerse aquellas cosas a cierto nivel, el inspector jefe terminara su carrera en cualquier oscuro despacho de una ignota dependencia policial. De chupatintas y sin plus.

– Lo único que puedo asegurarles -dijo por fin, una vez hubo digerido parte del despecho que, se le pintaba en la cara, tenía clavado en mitad del estómago- es que seguiremos investigando… -pareció recordar algo, de mala gana-. Y por supuesto, la señorita gozará de protección especial.

– Ni hablar -dijo Julia. La humillación de Feijoo no bastaba para hacerle olvidar la suya propia-. No más coches azules, por favor. Ya basta.

– Se trata de su seguridad, señorita.

– Ya han visto que puedo protegerme sola.

El policía desvió la mirada. Aún tenía que dolerle la garganta tras la bronca dirigida, minutos antes, a los dos inspectores por haberse dejado sorprender de aquel modo. «¡Panolis! -les había gritado-… ¡Domingueros de mierda!… ¡Me habéis dejado con el culo al aire y os voy a crucificar por esto!…» César y Julia lo habían oído todo a través de la puerta, mientras aguardaban en el pasillo de la comisaría.

– En cuanto a eso -empezó a decir, tras larga reflexión. Saltaba a la vista que había estado librando una dura lucha interior, deber o conveniencia, antes de derrumbarse ante el peso de la última-. Dadas las circunstancias, no creo que… Quiero decir que esa pistola… -tragó de nuevo saliva, antes de mirar a César-. Después de todo se trata de una pieza antigua, no un arma moderna propiamente dicha. Y usted, como anticuario, tiene la debida licencia… -miró la superficie de la mesa. Sin duda meditaba sobre la última pieza, un reloj del siglo Xviii, que César le había pagado a buen precio semanas atrás-. Por mi parte, y hablo también en nombre de los dos inspectores implicados… -otra vez sonrió atravesadamente, conciliador-. Quiero decir que estamos dispuestos a ignorar los detalles del asunto. Usted, don César, recupera su Derringer, prometiendo, eso sí, cuidar más de ella en el futuro. Por su parte, la señorita nos tiene al corriente de cualquier novedad y, por supuesto, nos telefonea en el acto cuando se crea con problemas. Y aquí no hay de por medio pistola que valga… ¿Me explico?

– A la perfección -dijo César.

– Bien -la concesión sobre la pistola parecía haberle dado algún ascendiente moral, así que Feijoo estaba más relajado al dirigirse a Julia-. En cuanto a la rueda de su coche, es conveniente saber si desea poner denuncia.

Lo miró, sorprendida.

– ¿Una denuncia?… ¿Contra quién?

El inspector jefe tardó en contestar, como si esperase que Julia adivinara sin necesidad de palabras.

– Contra persona o personas desconocidas -dijo-. Responsables de intento de homicidio.

– ¿El de Álvaro?

– El de usted -los dientes despuntaron otra vez bajo el mostacho-. Porque, sea quien sea el que envía esas tarjetas, su intención es algo más seria que jugar al ajedrez. El spray con el que hincharon su neumático después de haberlo desinflado, se compra en cualquier tienda de repuestos de automóvil… Sólo que éste había sido previamente rellenado con una jeringuilla que sirvió para meterle gasolina… Esa mezcla, con el gas y la substancia plástica que contiene el envase original, se convierte en muy explosiva a partir de cierta temperatura… Habría bastado recorrer unos cientos de metros para que se calentara el neumático, produciéndose la explosión justo debajo del depósito de combustible. El coche se habría convertido en una antorcha, con ustedes dentro -seguía sonriendo encantado, con manifiesta mala fe, como si contarles aquello supusiera una pequeña revancha que se había estado reservando-… ¿No es terrible?