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Roger de Arras ha dicho algo en voz baja y el duque ríe, de buen humor, pues acaba de comerse un caballo. Y Beatriz de Ostenburgo, o de Borgoña, siente que la música es insoportablemente triste. Y está a punto de requerir a una de sus doncellas para que la haga callar, pero se contiene, pues percibe en sus notas el eco exacto, la armonía con la congoja que inunda su corazón. Y con la música se mezcla el murmullo amistoso de los dos hombres que juegan al ajedrez, mientras encuentra angustiosamente bello el poema cuyas líneas tiemblan entre sus dedos. Y en los ojos azules, desprendida del mismo rocío que cubre la rosa y las armas del caballero, hay una lágrima cuando levanta la mirada y encuentra la de Julia, que observa en silencio desde la penumbra. Y piensa que la mirada de esa joven de ojos oscuros y aspecto meridional, parecida a algunos de los retratos que vienen de Italia, no es sino el reflejo, en la superficie empañada de un espejo lejano, de su propia mirada fija y dolorida. Y a Beatriz de Ostenburgo, o de Borgoña, le parece estar fuera de la habitación, al otro lado de un cristal oscuro, y desde allí se contempla a sí misma, bajo el mutilado San Jorge del capitel gótico, ante la ventana que enmarca un cielo azul que contrasta con el negro de su vestido. Y comprende que no habrá confesión que alivie su pecado.