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El camión seguía allí, detenido ante el semáforo en rojo. Tal vez sólo era una coincidencia. El mundo estaba lleno de coches azules y con los cristales oscuros. Dio un paso hacia el escaparate, metiendo la mano en el bolso de cuero que llevaba colgado del hombro. Álvaro en la bañera, bajo los grifos abiertos. Buscó a tientas, apartando tabaco, encendedor, polvera. Tocó la culata de la Derringer con una especie de jubiloso consuelo, de odio exaltado hacia aquel coche ahora invisible que encarnaba la sombra desnuda del miedo. Hijo de puta, pensó, y la mano que empuñaba el arma dentro del bolso se puso a temblar a un tiempo de pavor y de ira. Hijo de puta, seas quien seas, aunque hoy les toque mover a las negras te voy a enseñar yo a jugar al ajedrez… Y ante los atónitos ojos de Menchu salió a la calle con los dientes apretados y los ojos fijos en el camión que ocultaba el automóvil. Cruzó entre dos coches detenidos en la acera, justo cuando el disco cambiaba a verde. Sorteó un parachoques, escuchó indiferente un claxon a su espalda, estuvo a punto de sacar la Derringer del bolso en su impaciencia por que pasara el camión, y por fin, entre una humareda de gasoil, llegó al otro lado de la calle a tiempo de ver cómo un Ford azul con los cristales oscuros, cuya matrícula terminaba en las letras Th, se perdía en el tráfico, calle arriba, alejándose de su vista.