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Hubo una pausa de varios segundos en la línea hasta que Alexander reunió el valor para plantear el motivo de su llamada. Explicó que tenía dinero ahorrado, porque había trabajado durante el semestre haciendo clases de música y sirviendo en una pizzería. Su propósito había sido reponer lo que destrozó en su habitación, pero después cambió de idea.

– No tengo tiempo para oír tus planes financieros. Anda al grano, ¿qué es lo que quieres? -lo conminó la abuela.

– Desde mañana estaré de vacaciones… -¿Y?

– Pensé que, si yo pago mi pasaje, tal vez pudieras llevarme contigo en tu próximo viaje. ¿No me dijiste que irías al Himalaya?

Otro silencio glacial acogió la pregunta. Kate Cold estaba haciendo un esfuerzo tremendo por controlar la satisfacción que la embargaba: todo estaba saliendo de acuerdo a sus planes. Si lo hubiera invitado, su nieto habría puesto una serie de inconvenientes, tal como hizo cuando se trató de viajar al Amazonas, pero de esa manera la iniciativa partía de él. Tan segura estaba de que Alexander iría con ella, que le tenía preparada una sorpresa.

– ¿Estás ahí, Kate? -preguntó Alexander tímidamente.

– Claro. ¿Dónde quieres que esté?

– ¿Puedes pensarlo, al menos?

– ¡Vaya! Yo creía que la juventud estaba dedicada a fumar pasto y conseguir pareja a través de Internet… -comentó ella entre dientes.

– Eso es un poco más tarde, Kate, tengo dieciséis años y no me alcanza el presupuesto ni siquiera para una cita virtual -se rió Alexander y agregó-: Creo haberte probado que soy buen compañero de viaje. No te molestaré en nada y puedo ayudarte. Ya no tienes edad para andar sola…

– Pero ¡qué dices, mocoso!

– Me refiero… bueno, puedo cargar tu equipaje, por ejemplo. También puedo tomar fotos.

– ¿Crees que el International Geographic publicaría tus fotos? Vendrán Timothy Bruce y Joel González, los mismos fotógrafos que fueron con nosotros al Amazonas.

– ¿Se curó González?

– Sanaron las costillas rotas, pero todavía anda asustado. Timothy Bruce lo cuida como una madre.

– Yo también te cuidaré a ti como una madre, Kate. En el Himalaya te puede pisotear una manada de yaks. Además hay poco oxígeno, te puede dar un ataque al corazón -suplicó el nieto.

– No pienso darle a Leblanc el gusto de morirme antes que él -masculló ella entre dientes, y agregó-: Pero veo que algo sabes sobre esa región.

– No te imaginas cuánto he leído al respecto. ¿Puedo ir contigo? ¡Por favor!

– Está bien, pero no voy a esperarte ni un solo minuto. Nos encontramos en el aeropuerto John F Ke

– ¡Allí estaré, te lo prometo!

– Trae ropa abrigada. Cuanto más alto subamos, más frío hará. Seguro que tendrás ocasión de hacer montañismo, así es que puedes traer también tu equipo de escalar.

– ¡Gracias, gracias, abuela! -exclamó el muchacho, emocionado.

– ¡Si vuelves a llamarme abuela, no te llevo a ninguna parte! -replicó Kate, colgando el teléfono y echándose a reír con su risa de hiena.