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Y así fue como el honrado Isaac Rosenblat se convirtió en guardián de las tres piedras maravillosas; cómo se hizo cargo de convertirlas en dinero contante y sonante; cómo invirtió el capital sabiamente; y cómo asesoró a Kate Cold para crear la Fundación Diamante. Le aconsejó nombrar presidente al antropólogo Ludovic Leblanc, pero mantener en sus propias manos el control del dinero. De ese modo también reanudó la amistad con ella, dormida durante cuarenta años.

– ¿Sabes que yo también soy viudo, Kate? -le confesó esa misma noche, cuando salieron a cenar juntos.

– Supongo que no pensarás declararte, Isaac. Hace mucho que no he lavado los calcetines de un marido y no pienso hacerlo ahora -dijo riendo la escritora.

Brindaron por los diamantes.

Unos meses más tarde Kate se encontraba ante su computadora, sin más ropa sobre su enjuto cuerpo que una camiseta llena de agujeros que le llegaba a medio muslo y dejaba a la vista sus rodillas nudosas, sus piernas cruzadas de venas y cicatrices y sus firmes pies de caminante. Sobre su cabeza giraban, con un zumbido de moscardones, las aspas de un ventilador, que no lograban aliviar el calor sofocante de Nueva York en verano. Desde hacía algún tiempo -dieciséis o diecisiete años- la escritora contemplaba la posibilidad de instalar aire acondicionado en su apartamento, pero todavía no había encontrado el momento para hacerlo. El sudor le empapaba el cabello y le chorreaba por la espalda, mientras sus dedos azotaban con furia el teclado. Sabía que bastaba rozar las teclas, pero ella era un animal de costumbres y por eso las machacaba, como antes hacía en su anticuada máquina de escribir.

A un lado de la computadora tenía un jarro de té helado con vodka, una mezcla explosiva de cuya invención se sentía muy orgullosa. Al otro lado descansaba su pipa de marinero apagada. Se había resignado a fumar menos, porque la tos no la dejaba en paz, pero mantenía la pipa cargada por compañía: el olor del tabaco negro reconfortaba su alma. «A los sesenta y cinco años no son muchos los vicios que una bruja como yo puede permitirse», pensaba. No estaba dispuesta a renunciar a ninguno de sus vicios, pero si no dejaba de fumar iban a estallarle los pulmones.

Kate llevaba seis meses dedicada a poner en pie la Fundación Diamante, que había creado con el famoso antropólogo Ludovic Leblanc, a quien, dicho sea de paso, consideraba su enemigo. Detestaba ese tipo de trabajo, pero, si no lo hacía, su nieto Alexander jamás se lo perdonaría. «Soy una persona de acción, una reportera de viajes y aventuras, no una burócrata», suspiraba entre sorbo y sorbo de té con vodka.

Además de lidiar con el asunto de la fundación, había tenido que volar dos veces a Caracas para declarar en el juicio contra Mauro Carías y la doctora Omayra Torres, los responsables de la muerte de centenares de indígenas infectados de viruela. Mauro Carías no asistió al juicio, estaba convertido en vegetal en una clínica privada. Habría sido mejor que el garrotazo que recibió de los indios lo hubiera despachado al otro mundo.

Las cosas se complicaban para Kate Cold, porque la revista International Geographic le había encargado escribir un reportaje sobre el Reino del Dragón de Oro. No le convenía seguir postergando el viaje, porque podían dárselo a otro reportero, pero antes de partir debía curarse la tos. Ese pequeño país estaba incrustado entre los picos del Himalaya, donde el clima era muy traicionero; la temperatura podía variar treinta grados en pocas horas. La idea de consultar a un médico no se le pasaba por la mente, por supuesto. No lo había hecho jamás en su vida y no era cosa de comenzar ahora; tenía la peor opinión de los profesionales que ganan por hora. Ella cobraba por palabra. Le parecía obvio que a ningún médico le conviene que el paciente sane, por eso prefería remedios caseros. Tenía su fe puesta en una corteza de árbol traída del Amazonas, que dejaría sus pulmones como nuevos. Un centenario chamán de nombre Walimai le había asegurado que la corteza servía para curar las enfermedades de la nariz y la boca. Kate la pulverizaba en la licuadora y la diluía en su té con vodka, para disimular el sabor amargo, y lo bebía a lo largo del día con gran determinación. La medicina aún no había dado resultados, le explicaba en ese mismo momento al profesor Ludovic Leblanc a través del correo electrónico.

Nada hacía tan felices a Cold y Leblanc como odiarse mutuamente, y no perdían ocasión de demostrarlo. No les faltaban pretextos, porque estaban inevitablemente unidos por la Fundación Diamante, cuyo presidente era él, mientras ella manejaba el dinero. El trabajo común para la fundación los obligaba a comunicarse casi a diario y lo hacían por correo electrónico para no tener que escuchar sus voces en el teléfono. Procuraban verse lo menos posible.

La Fundación Diamante había sido creada para proteger a las tribus del Amazonas en general y a la gente de la neblina en particular, como había exigido Alexander. El profesor Ludovic Leblanc estaba escribiendo un pesado libraco académico sobre la tribu y su propio papel en esa aventura, aunque en verdad los indios habían sido salvados milagrosamente del genocidio por Alexander Cold y su amiga brasilera Nadia Santos, y no por Leblanc. Al recordar esas semanas en la selva, Kate no podía evitar una sonrisa. Cuando partieron de viaje al Amazonas, su nieto era un chiquillo mimado y cuando volvieron, poco más tarde, estaba convertido en un hombre. Alexander -o jaguar, como se le había puesto en la cabeza que debía llamarlo- se había portado como un valiente, era justo reconocerlo. Estaba orgullosa de él. La fundación existía gracias a Alex y Nadia; sin ellos el proyecto habría quedado en puras palabras: ellos lo habían financiado.

Al comienzo el profesor pretendía que la organización se llamara Fundación Ludovic Leblanc, porque estaba seguro de que su nombre atraería a la prensa y a posibles benefactores; pero Kate no le permitió terminar la frase.

– Tendrá que pasar sobre mi cadáver antes de poner el capital aportado por mi propio nieto a nombre suyo, Leblanc -lo interrumpió.

El antropólogo debió resignarse, porque ella disponía de los tres fabulosos diamantes del Amazonas. Como el joyero Rosenblat, tampoco Ludovic Leblanc creía ni una palabra de la historia de aquellas extraordinarias piedras. ¿Diamantes en un nido de águilas? ¡Cómo no! Sospechaba que el guía César Santos, padre de Nadia, tenía acceso a una mina secreta en plena jungla, de donde la chica había obtenido las piedras. Acariciaba la fantasía de regresar al Amazonas y convencer al guía de compartir las riquezas con él. Era un sueño disparatado, porque se estaba poniendo viejo, le dolían las articulaciones y ya no tenía energía para viajar a lugares sin aire acondicionado. Además estaba muy ocupado escribiendo su obra maestra.

Le parecía imposible concentrarse en su importante misión con su reducido sueldo de profesor. Su oficina era un hoyo insalubre, en un edificio decrépito, en un cuarto piso sin ascensor, una vergüenza. Si al menos Kate Cold fuera algo más generosa con el presupuesto… «¡Qué mujer tan desagradable!», pensaba el antropólogo. Era imposible tratar con ella. El presidente de la Fundación Diamante debía trabajar con estilo. Necesitaba una secretaria y una oficina decente; pero la avara de Kate no le soltaba ni un centavo más del estrictamente necesario para las tribus. Justamente en ese momento ambos discutían por correo electrónico a propósito de un automóvil, que a él le parecía indispensable. Movilizarse en metro era una pérdida de su precioso tiempo, que estaría mejor empleado al servicio de los indios y los bosques, explicaba. En la pantalla de ella iban formándose las frases de Leblanc: «No pido algo especial, Cold, no se trata de una limusina con chofer, sino apenas un pequeño convertible…».

Sonó el teléfono y la escritora lo ignoró, porque no deseaba perder el hilo de los contundentes argumentos con que planeaba acribillar a Leblanc, pero la campanilla siguió repicando hasta desquiciarla. Furiosa, cogió el auricular de un manotazo, refunfuñando contra el atrevido que la interrumpía en su trabajo intelectual.

– Hola, abuela -saludó alegremente la voz de su nieto mayor desde California.

– ¡Alexander! -exclamó encantada al oírlo, pero enseguida se controló, no fuera su nieto a sospechar que lo echaba de menos-. ¿No te he dicho mil veces que no me llames abuela?

– También quedamos en que tú me llamarías Jaguar -replicó el muchacho, imperturbable.

– De jaguar no tienes ni un bigote, eres un pobre gato despelucado.

– Tú, en cambio, eres la madre de mi padre, así es que legalmente puedo llamarte abuela. -¿Recibiste mi regalo? -lo cortó ella. -¡Es maravilloso, Kate!

En realidad lo era. Alexander acababa de cumplir dieciséis años y el correo le llevó una enorme caja proveniente de Nueva York con el presente de su abuela. Kate Cold se había desprendido de una de sus más preciadas posesiones: la piel de una pitón de varios metros de largo, la misma que se había tragado su máquina fotográfica en Malaisia, varios años atrás. Ahora el trofeo colgaba, como único adorno, en la pieza de Alexander. Meses antes el chico había destrozado el mobiliario en un arrebato de angustia por la enfermedad de su madre. Sólo quedaron un colchón medio destripado para dormir y una linterna para leer en la noche.

– ¿Cómo están tus hermanas?

– Andrea no entra a mi pieza, porque le tiene horror a la piel de la culebra, pero Nicole me sirve como esclava para que la deje tocarla. Me ha ofrecido todo lo que tiene a cambio de la pitón, pero jamás se la daré a nadie.

– Así lo espero. ¿Y cómo sigue tu madre?

– Mucho mejor, con decirte que ha vuelto a sus pinceles y sus pinturas. ¿Sabes? Walimai, el chamán, me dijo que tengo el poder de curar y que debo usarlo bien. He pensado que no voy a ser músico, como había pensado, sino médico. ¿Qué te parece? -preguntó Alex.

– Supongo que creerás que tú has curado a tu madre… -se rió la abuela.

– Yo no la curé, sino el agua de la salud y las plantas medicinales que traje del Amazonas…

– Y la quimioterapia y la radiación también -lo interrumpió ella.

– Nunca sabremos qué la curó, Kate. Otros pacientes que recibieron el mismo tratamiento en el mismo hospital ya se han muerto, en cambio mi mamá está en plena remisión. Esta enfermedad es muy traicionera y puede volver en cualquier momento, pero creo que las plantas que me dio el chamán Walimai y el agua maravillosa podrán mantenerla sana.

– Bastante trabajo te costó conseguirlas -comentó Kate.

– Casi dejé la vida…

– Eso no sería nada, dejaste la flauta de tu abuelo -lo cortó ella.

– Tu consideración por mi bienestar es conmovedora, Kate -se burló Alexander.

– ¡En fin! El asunto ya no tiene remedio. Supongo que debo preguntar por tu familia…

– También es tuya y me parece que no tienes otra. Por si te interesa, poco a poco estamos volviendo a la normalidad en la familia. A mi mamá le está saliendo pelo crespo y canoso. Se veía más bonita pelada -la informó su nieto.

– Me alegro de que Lisa esté sanando. Me cae bien, es buena pintora -admitió Kate Cold. -Y buena madre…