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La acción de Angie fue tan inesperada y tan atrevida, que la gente se paralizó, como en una fotografía. La tierra no tembló cuando los pies del rey se posaron en ella. Con sus gritos de rabia nadie quedó sordo, no cayeron pájaros muertos del cielo ni se convulsionó el bosque en estertores de agonía. Al ver el rostro de Kosongo por primera vez nadie quedó ciego, sólo sorprendido. Cuando cayó el sombrero y la cortina, todos pudieron ver la cabeza inconfundible del comandante Maurice Mbembelé.

– ¡Ya decía Kate que ustedes se parecen demasiado! -exclamó Angie.

Para entonces los soldados habían reaccionado y se precipitaron a rodear al comandante, pero ninguno se atrevió a tocarlo.

Incluso los hombres que conducían a Kate hacia su muerte soltaron a la escritora y regresaron corriendo junto a su jefe, pero tampoco ellos osaron ayudarlo. Esto permitió a Kate disimularse entre la gente y hablar con Nadia. Mbembelé logró desprenderse del manto y de un salto se puso de pie. Era la imagen misma de la furia, cubierto de sudor, con los ojos desorbitados, echando espuma por la boca, rugiendo como una fiera. Levantó su poderoso puño con la intención de descargarlo sobre Angie, pero ésta ya estaba fuera de su alcance.

Beyé-Dokou escogió ese momento para adelantarse. Se requería un valor inmenso para desafiar al comandante en tiempos normales; hacerlo entonces, cuando estaba indignado, era de una temeridad suicida. El pequeño cazador se veía insignificante frente al descomunal Mbembelé, quien se elevaba como una torre frente a él. Mirándolo hacia arriba, el pigmeo invitó al gigante a batirse en combate singular.

Un murmullo de asombro recorrió la aldea. Nadie podía creer lo que estaba ocurriendo. La gente se adelantó, agrupándose detrás de los pigmeos, sin que los guardias, tan pasmados como el resto de la población, atinaran a intervenir.

Mbembelé vaciló, desconcertado, mientras las palabras del esclavo penetraban en su cerebro. Cuando por fin comprendió el inmenso atrevimiento que tal desafío implicaba, lanzó una carcajada estrepitosa, que se prolongó en oleadas durante varios minutos. Los Hermanos del Leopardo lo imitaron, porque supusieron que eso se esperaba de ellos, pero la risa resultó forzada; el asunto había tomado un cariz demasiado grotesco y no sabían cómo actuar. Podían palpar la hostilidad de la población y presentían que los guardias bantúes estaban confundidos, listos para sublevarse.

– ¡Despejen la plaza! -ordenó Mbembelé.

La idea de Ezenji o duelo mano a mano no resultaba novedosa para nadie en Ngoubé, porque así se castigaba a los presos y de paso se creaba una diversión que al comandante le encantaba. Lo único diferente en este caso era que Mbembelé no sería juez y espectador, sino que le tocaría participar. Por supuesto que pelear contra un pigmeo no le causaba ni la menor preocupación, pensaba aplastarlo como un gusano, pero antes lo haría sufrir un poco.

El hermano Fernando, quien se había mantenido a cierta distancia, ahora salió al frente revestido de una nueva autoridad. La noticia de la muerte de sus compañeros había reforzado su fe y su coraje. No temía a Mbembelé, porque albergaba la convicción de que los seres malvados tarde o temprano pagan sus faltas y aquel comandante había cumplido ampliamente su cuota de crímenes; había llegado la hora de rendir cuentas.

– Yo serviré de árbitro. No pueden usar armas de fuego. ¿Qué armas escogen, lanza, cuchillo o machete? -anunció.

– Nada de eso. Lucharemos sin armas, mano a mano -replicó el comandante con una mueca feroz.

– Está bien -aceptó Beyé-Dokou sin vacilar.

Alexander se dio cuenta de que su amigo se creía protegido por el fósil; no sabía que sólo servía de escudo contra armas cortantes, pero no lo salvaría de la fuerza sobrehumana del comandante, quien podía descuartizarlo a mano limpia. Se llevó aparte al hermano Fernando para rogarle que no aceptara esas condiciones, pero el misionero replicó que Dios velaba por la causa de los justos.

– ¡Beyé-Dokou está perdido en una lucha cuerpo a cuerpo! ¡El comandante es mucho más fuerte! -exclamó Alexander.

– También el toro es más fuerte que el torero. El truco consiste en cansar a la bestia -indicó el misionero.

Alexander abrió la boca para replicar y al instante comprendió lo que el hermano Fernando intentaba explicarle. Salió disparado a preparar a su amigo para la tremenda prueba que debía enfrentar.

En el otro extremo de la aldea, Nadia había quitado la tranca y abierto el portón del corral donde mantenían encerradas a las pigmeas. Un par de cazadores, que no se habían presentado en Ngoubé con los demás, se aproximaron trayendo lanzas, que repartieron entre ellas. Las mujeres se deslizaron como fantasmas entre las chozas y se ubicaron en torno a la plaza, ocultas por las sombras de la noche, preparadas para actuar cuando llegara el momento. Nadia se reunió con Alexander, quien estaba aleccionando a Beyé-Dokou, mientras los soldados trazaban el ring en el lugar habitual.

– No hay que preocuparse por los fusiles, Jaguar, sólo la pistola que tiene Mbembelé en el cinturón, es la única que no pudimos inutilizar -dijo Nadia.

– ¿Y los guardias bantúes?

– No sabemos cómo van a reaccionar, pero a Kate se le ha ocurrido una idea -replicó ella.

– ¿Crees que debo decirle a Beyé-Dokou que el amuleto no puede protegerlo de Mbembelé?

– ¿Para qué? Eso le quitaría confianza -contestó ella.

Alexander notó que la voz de su amiga sonaba cascada, no parecía totalmente humana, era casi un graznido. Nadia tenía los ojos vidriosos, estaba muy pálida y respiraba agitadamente.

– ¿Qué te pasa, Águila? -preguntó.

– Nada. Cuídate mucho, Jaguar. Tengo que irme.

– ¿Adonde vas?

– A buscar ayuda contra el monstruo de tres cabezas, Jaguar. -¡Acuérdate de la predicción de Ma Bangesé, no podemos separarnos!

Nadia le dio un beso ligero en la frente y salió corriendo. En la excitación que reinaba en la aldea, nadie, salvo Alexander, vio al águila blanca que se elevaba por encima de las chozas y se perdía en dirección al bosque.

En una esquina del cuadrilátero aguardaba el comandante Mbembelé. Iba descalzo y vestía solamente el pantalón corto, que había llevado bajo el manto real, y un ancho cinturón de cuero con su pistola al cinto. Se había frotado el cuerpo con aceite de palma, sus prodigiosos músculos parecían esculpidos en roca viva y su piel relucía como obsidiana en la luz vacilante de las cien antorchas. Las cicatrices rituales en sus brazos y mejillas acentuaban su extraordinario aspecto. Sobre el cuello de toro su cabeza afeitada parecía pequeña. Las facciones clásicas de su rostro habrían sido hermosas si no estuvieran desfiguradas por una expresión bestial. A pesar del odio que ese hombre provocaba, nadie dejaba de admirar su estupendo físico.

Por contraste, el hombrecito que estaba en la esquina opuesta era un enano que a duras penas alcanzaba la cintura del gigantesco Mbembelé. Nada atrayente había en su figura desproporcionada y su rostro chato, de nariz aplastada y frente corta, excepto el coraje y la inteligencia que brillaban en sus ojos. Se había quitado su roñosa camiseta amarilla y también estaba prácticamente desnudo y embetunado de aceite. Llevaba al cuello un trozo de roca colgado de una cuerda: el mágico excremento de dragón de Alexander.

– Un amigo mío, llamado Tensing, que conoce mejor que nadie el arte de la lucha cuerpo a cuerpo, me dijo que la fuerza del enemigo es también su debilidad -explicó Alexander a Beyé-Dokou.

– ¿Qué quiere decir eso? -preguntó el pigmeo.

– La fuerza de Mbembelé reside en su tamaño y su peso. Es como un búfalo, puro músculo. Como pesa mucho, no tiene flexibilidad y se cansa rápido. Además, es arrogante, no está acostumbrado a que lo desafíen. Hace muchos años que no tiene necesidad de cazar o de pelear. Tú estás en mejor forma.

– Y yo tengo esto -agregó Beyé-Dokou acariciando el amuleto.

– Más importante que eso, amigo mío, es que tú peleas por tu vida y la de tu familia. Mbembelé lo hace por gusto. Es un matón y como todos los matones, es cobarde -replicó Alexander.

Jena, la esposa de Beyé-Dokou, se acercó a su marido, le dio un breve abrazo y le dijo unas palabras al oído. En ese instante los tambores anunciaron el comienzo del combate.

En torno al cuadrilátero, alumbrado por antorchas y por la luna, estaban los soldados de la Hermandad del Leopardo con sus fusiles, detrás los guardias bantúes y en tercera fila la población de Ngoubé, todos en peligroso estado de agitación. Por orden de Kate, quien no podía desperdiciar la ocasión de escribir un fantástico reportaje para la revista, Joel González se disponía a fotografiar el evento.

El hermano Fernando limpió sus lentes y se quitó la camisa. Su cuerpo ascético, muy delgado y fibroso, era de un blanco enfermizo. Vestido sólo con pantalones y botas, se preparaba para servir de arbitro, a pesar de que tenía poca esperanza de hacer respetar las reglas elementales de cualquier deporte. Comprendía que se trataba de una lucha mortal; su esperanza consistía en evitar que lo fuera. Besó el escapulario que llevaba al cuello y se encomendó a Dios.

Mbembelé lanzó un rugido visceral y avanzó haciendo temblar el suelo con sus pasos. Beyé-Dokou lo aguardó inmóvil, en silencio, en la misma actitud alerta, pero calmada, que empleaba durante la caza. Un puño del gigante salió disparado como un cañonazo contra el rostro del pigmeo, quien lo esquivó por unos milímetros. El comandante se fue hacia delante, pero recuperó de inmediato el equilibrio. Cuando asestó el segundo golpe, su contrincante ya no estaba allí, lo tenía detrás. Se volvió furioso y sé le fue encima como una fiera brava, pero ninguno de sus puñetazos lograba tocar a Beyé-Dokou, quien danzaba por las orillas del ring. Cada vez que lo atacaba, el otro se escabullía.

Dada la escasa estatura de su oponente, Mbembelé debía boxear hacia abajo, en una postura incómoda que restaba fuerza a sus brazos. Si hubiera logrado colocar uno solo de sus golpes, habría destrozado la cabeza de Beyé-Dokou, pero no podía asestar ninguno, porque el otro era rápido como una gacela y resbaloso como un pez. Pronto el comandante estaba jadeando y el sudor le caía sobre los ojos, cegándolo. Calculó que debía medirse: no derrotaría al otro en un solo round, como había supuesto. El hermano Fernando ordenó una pausa y el fornido Mbembelé obedeció al punto, retirándose a su rincón, donde lo esperaba un balde con agua para beber y lavarse el sudor.

Alexander recibió en su esquina a Beyé-Dokou, quien llegó sonriendo y dando pasitos de baile, como si se tratara de una fiesta. Eso aumentó la rabia del comandante, quien lo observaba desde el otro lado luchando por recuperar el aliento. Beyé-Dokou no parecía tener sed, pero aceptó que le echaran agua por la cabeza.

– Tu amuleto es muy mágico, es lo más mágico que existe después de Ipemba-Afua -dijo, muy satisfecho.

– Mbembelé es como un tronco de árbol, le cuesta mucho doblar la cintura, por eso no puede golpear hacia abajo -le explicó Alexander-.Vas muy bien, Beyé-Dokou, pero tienes que cansarlo más.

– Ya lo sé. Es como el elefante. ¿Cómo vas a cazar al elefante si no lo cansas primero?