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14 La última noche

Los festejos comenzaron alrededor de las cinco de la tarde, cuando el calor disminuyó un poco. Entre la población de Ngoubé reinaba un clima de gran tensión. La madre de Nze había echado a correr la voz entre los bantúes de que Nana-Asante, la legítima reina, tan llorada por su pueblo, estaba viva. Agregó que los extranjeros pensaban ayudar a la reina a recuperar su trono y que ésa sería la única oportunidad que tendrían de deshacerse de Kosongo y Mbembelé. ¿Hasta cuándo iban a soportar que reclutaran a sus hijos para convertirlos en asesinos? Vivían espiados sin libertad para moverse o pensar, cada vez más pobres. Todo lo que producían se lo llevaba Kosongo; mientras él acumulaba oro, diamantes y marfil, el resto de la gente no contaba ni con vacunas. La mujer habló discretamente con sus hijas, éstas con las amigas y en menos de una hora la mayor parte de los adultos compartían la misma inquietud. No se atrevieron a hacer partícipes a los guardias, aunque eran miembros de sus propias familias, porque no sabían cómo reaccionarían; Mbembelé les había lavado el cerebro y los tenía en un puño. La angustia era mayor entre las mujeres pigmeas, porque esa tarde se vencía el plazo para salvar a sus hijos. Sus maridos siempre conseguían llegar a tiempo con los colmillos de elefante, pero ahora algo había cambiado. Nadia le dio a Jena la fantástica noticia de que habían recuperado el amuleto sagrado, Ipemba-Afua, y que los hombres no vendrían con el marfil, sino con la decisión de enfrentarse a Kosongo. Ellas también tendrían que luchar. Durante años habían soportado la esclavitud creyendo que si obedecían sus familias podrían sobrevivir; pero la mansedumbre de poco les había servido, sus condiciones de vida eran cada vez más duras. Cuanto más aguantaban, peor era el abuso que padecían. Tal como Jena explicó a sus compañeras, cuando no hubiera más elefantes en el bosque, venderían a sus hijos de todos modos. Más valía morir en la rebelión, que vivir en la esclavitud.

El harén de Kosongo también estaba alborotado, porque ya se sabía que la futura esposa no tenía miedo de nada y era casi tan fuerte como Mbembelé, se burlaba del rey y había aturdido al viejo de un solo sopapo. Las mujeres que no tuvieron la suerte de ver la escena no lo podían creer. Sentían terror de Kosongo, quien las había obligado a casarse con él, y un respeto reverencial por el viejo cascarrabias encargado de vigilarlas. Algunas pensaban que en menos de tres días la arrogante Angie Ninderera sería domada y convertida en una más de las sumisas esposas del rey, tal como les ocurrió a cada una de ellas; pero las cuatro jóvenes que la acompañaron al río y vieron sus músculos y su actitud, estaban convencidas de que no sería así.

Los únicos que no se daban cuenta de que algo estaba sucediendo eran justamente quienes debían estar mejor informados: Mbembelé y su «ejército». La autoridad se les había subido a la cabeza, se sentían invencibles. Habían creado su propio infierno, donde se sentían confortables y, como jamás habían sido desafiados, se descuidaron.

Por orden de Mbembelé, las mujeres de la aldea se encargaron de los preparativos para la boda del rey. Decoraron la plaza con un centenar de antorchas y arcos hechos con ramas de palma, amontonaron pirámides de fruta y cocinaron un banquete con lo que había a mano: gallinas, ratas, lagartos, antílope, mandioca y maíz. Los bidones con vino de palma empezaron a circular temprano entre los guardias, pero la población civil se abstuvo de beberlo, tal como había instruido la madre de Nze.

Todo estaba listo para la doble ceremonia de la boda real y la entrega del marfil. La noche aún no había caído, pero ya ardían las antorchas y el aire estaba impregnado del olor a carne asada. Bajo el Árbol de las Palabras se alineaban los soldados de Mbembelé y los personajes de su patética corte. La población de Ngoubé se agrupaba a ambos lados de la plazuela y los guardias bantúes vigilaban en sus puestos, armados con sus machetes y garrotes. Para los visitantes extranjeros habían provisto banquitos de madera. Joel González tenía sus cámaras listas y los demás se mantenían alertas, preparados para actuar cuando llegara el momento. La única del grupo que estaba ausente era Nadia.

En un sitio de honor bajo el árbol aguardaba Angie Ninderera, impresionante en su túnica nueva y sus adornos de oro. No parecía preocupada en lo más mínimo, a pesar de que muchas cosas podían salir mal esa tarde. Cuando por la mañana Kate le planteó sus temores, Angie replicó que no había nacido aún el hombre que pudiera asustarla y agregó que ya vería Kosongo quién era ella.

– Pronto el rey me ofrecerá todo el oro que tiene, para que me vaya lo más lejos posible -se rió.

– A menos que te eche al pozo de los cocodrilos -masculló Kate, muy nerviosa.

Cuando los cazadores llegaron a la aldea con sus redes y sus lanzas, pero sin los colmillos de elefante, los habitantes de la aldea comprendieron que la tragedia ya había comenzado y nada podría detenerla. Un largo suspiro salió de todos los pechos y recorrió la plaza; en cierta forma la gente se sintió aliviada, cualquier cosa era mejor que seguir soportando la horrible tensión de ese día. Los guardias bantúes, desconcertados, rodearon a los pigmeos esperando instrucciones de su jefe, pero el comandante no se encontraba allí.

Transcurrió media hora, durante la cual la angustia entre los presentes aumentó a un nivel insoportable. Los bidones con licor circulaban entre los jóvenes guardias, que tenían los ojos inyectados y se habían puesto locuaces y desordenados. Uno de los Hermanos del Leopardo les ladró y de inmediato dejaron los recipientes de vino en el suelo y se cuadraron por unos minutos, pero la disciplina no duró mucho.

Un marcial redoble de tambores anunció por fin la llegada del rey. Abría la marcha la Boca Real, acompañado por un guardia con una cesta de pesadas joyas de oro de regalo para la novia. Kosongo podía mostrarse generoso en público, porque apenas Angie pasara a ser parte de su harén, las joyas volvían a su poder. Seguían las esposas cubiertas de oro y el viejo que las cuidaba, con la cara hinchada y sólo cuatro dientes sueltos bailándole en la boca. Se notaba un cambio evidente en la actitud de las mujeres, ya no actuaban como ovejas, sino como una manada de animadas cebras. Angie les hizo un gesto con la mano y ellas contestaron con amplias sonrisas de complicidad.

Detrás del harén iban los cargadores llevando en andas la plataforma sobre la cual estaba Kosongo sentado en el sillón francés.

Lucía el mismo atuendo de antes, con el impresionante sombrero y la cortina de cuentas tapándole la cara. El manto aparecía chamuscado en algunas partes, pero en buen estado. Lo único que faltaba era el amuleto de los pigmeos colgando del cetro, en su lugar había un hueso similar, que a la distancia podía pasar por Ipemba-Afua. Al rey no le convenía admitir que le habían despojado del objeto sagrado. Por lo demás, estaba seguro de que no necesitaba el amuleto para controlar a los pigmeos, a quienes consideraba unas criaturas miserables.

El cortejo real se detuvo en el centro de la plaza, para que nadie dejara de admirar al soberano. Antes que los portadores llevaran la plataforma a su sitio bajo el Árbol de las Palabras, la Boca Real preguntó a los pigmeos por el marfil. Los cazadores se adelantaron y la población entera pudo apreciar que uno de ellos llevaba el amuleto sagrado, Ipemba-Afua.

– Se acabaron los elefantes. No podemos traer más colmillos. Ahora queremos a nuestras mujeres y nuestros hijos. Vamos a volver al bosque -anunció Beyé-Dokou sin que le temblara la voz.

Un silencio sepulcral recibió este breve discurso. La posibilidad de una rebelión de los esclavos no se le había ocurrido a nadie todavía. La primera reacción de los Hermanos del Leopardo fue matar a tiros al grupo de hombrecitos, pero no estaba Mbembelé entre ellos para dar la orden y el rey aún no reaccionaba. La población estaba desconcertada, porque la madre de Nze no había dicho nada respecto a los pigmeos. Durante años los bantúes se beneficiaron del trabajo de los esclavos y no les convenía perderlos, pero comprendieron que se había roto el equilibrio de antes. Por primera vez sintieron respeto por aquellos seres, los más pobres, indefensos y vulnerables, mostraban un valor increíble.

Kosongo llamó a su mensajero con un gesto y murmuró algo a su oído. La Boca Real dio orden de traer a los niños. Seis guardias se dirigieron a uno de los corrales y poco después reaparecieron conduciendo a un grupo miserable: dos mujeres de edad, vestidas con faldas de rafia, cada una con bebés en brazos, rodeadas por varios niños de diferentes edades, diminutos y aterrorizados. Cuando vieron a sus padres algunos hicieron ademán de correr hacia ellos, pero fueron detenidos por los guardias.

– El rey debe comerciar, es su deber. Ustedes saben lo que pasa si no traen marfil -anunció la Boca Real.

Kate Cold no pudo soportar más la angustia y, a pesar de haberle prometido a Alexander que no iba a intervenir, corrió hacia el centro de la plazuela y se plantó delante de la plataforma real, que aún estaba sobre los hombros de los portadores. Sin acordarse para nada del protocolo, que la obligaba a postrarse, increpó a Kosongo a gritos, recordándole que ellos eran periodistas internacionales, que informarían al mundo sobre los crímenes contra la humanidad que se cometían en esa aldea. No alcanzó a terminar, porque dos soldados armados de fusiles la levantaron por los brazos. La vieja escritora siguió alegando mientras se la llevaban pataleando en el aire en dirección al pozo de los cocodrilos.

El plan trazado con tanto cuidado por Nadia y Alexander se desmoronó en cuestión de minutos. Habían asignado una misión a cada miembro del grupo, pero la intervención a destiempo de Kate sembró el caos entre los amigos. Por fortuna también los guardias y el resto de la población estaban confundidos. El pigmeo designado para disparar al rey la ampolla de anestésico, quien se había mantenido oculto entre las chozas, no pudo esperar el mejor momento para hacerlo. Apurado por las circunstancias, se llevó la cerbatana a la boca y sopló, pero la inyección destinada a Kosongo dio en el pecho de uno de los cargadores que sostenían la plataforma. El hombre sintió una picada de abeja, pero no disponía de una mano libre para sacudir al supuesto insecto. Durante unos instantes se mantuvo en pie y de súbito se le doblaron las rodillas y cayó inconsciente. Sus compañeros no estaban preparados y el peso fue insostenible, la plataforma se inclinó y el sillón francés rodó hacia el suelo. Kosongo dio un grito tratando de equilibrarse y por una fracción de segundo quedó suspendido en el aire, luego aterrizó enredado en el manto, con el sombrero torcido y bramando de rabia.

Angie Ninderera decidió que había llegado el momento de improvisar, puesto que el plan original estaba arruinado. De cuatro zancadas llegó junto al rey caído, de dos manotazos apartó a los guardias que intentaron detenerla y con uno de sus largos alaridos de indio comanche cogió el sombrero y lo arrancó de la cabeza real.