Страница 44 из 123
– Sólo puedo decirte que no debes preocuparte por nada. Has sido la personificación de la discreción, Martha, vas a quedar limpia como una patena.
– No sé por qué dices eso -dijo Martha, y se ruborizó levemente-. ¿Por qué no habría de quedar limpia como una patena, como dices tú? Estás insinuando… -Se interrumpió, y respiró hondo-. Espero que no insinúes lo contrario.
– ¡Por supuesto que no! Tranquilízate.
El móvil de Martha sonó y ella contestó al instante.
– Hola -dijo, con la cara inexpresiva-. Sí, lo sé, pero he estado muy ocupada. ¿Qué? No, me apetece mucho. Sí, a las ocho. Ahora no puedo hablar. Nos veremos luego. Lo siento, Jocasta -añadió.
– No pasa nada. Martha, ¿cuándo volviste?
– ¿Cuándo volví? ¿De dónde?
– Del viaje -dijo Jocasta armándose de paciencia-. Quería saber si habías hecho algo entre tu regreso y la universidad.
– Por supuesto que no -comentó Martha, y parecía casi enfadada-. ¿Qué querías que hiciera? No había tiempo.
– Pero…
– Discúlpame -dijo de repente-, me he acordado de algo. -Se levantó y salió de la habitación caminando muy deprisa.
Eso fue el detonante para Jocasta. Desencadenó el recuerdo: uno que hacía mucho tiempo que había decidido que era un error, un caso de confusión de identidades, cometido mientras se abría camino en una calle atiborrada y pestilente.
Martha tardó bastante rato. Jocasta oyó la cisterna del inodoro, y después el grifo. Cuando Martha volvió, se había repasado los labios y echado más perfume.
– Perdóname -dijo-, he recordado que tenía que echar un vistazo al correo.
– No te preocupes -dijo Jocasta-. Tengo que irme. Te prometo de verdad que el artículo sólo dirá cosas positivas sobre ti. Sobre ti y sobre el partido.
– Gracias. Bien. Tendré que fiarme de ti.
– Sí, tendrás que hacerlo. Necesitaremos una buena fotografía tuya. Alguien podría pasar por tu despacho.
– De ninguna manera. Los próximos dos días los tengo llenos de reuniones.
– Ah, está bien -dijo Jocasta suspirando-, pondremos la que me dio Chad. Adiós, Martha. Una noche podríamos salir las tres, tú, yo y Clio. Es una pena que perdiéramos el contacto. Nos hemos perdido muchas cosas de la vida de las demás. Y sin embargo, nos hemos encontrado. -Se acercó a la puerta, cogió su chaqueta y le sonrió a Martha-. No te preocupes por el artículo.
Vio que se relajaba.
– No lo haré -dijo Martha, y le devolvió la sonrisa.
Por primera vez pareció más simpática, menos agresiva. Jocasta respiró hondo. Era el momento.
– Me he acordado de algo -dijo-. Es extraoficial, no te asustes. No volviste a Bangkok, ¿verdad? ¿Aquel año? A…, veamos…, ¿a finales de junio?
La sonrisa se desvaneció por completo. Martha parecía… ¿qué parecía? ¿Furiosa? ¿Asustada? No, peor aún, aterrada. Atrapada. Y después enfadada.
– ¿Volver? Ni hablar. Ya te lo he dicho, me fui a Estados Unidos, y desde allí regresé a casa.
– Pues debí de equivocarme -dijo Jocasta, siempre en un tono de voz cariñoso-. Creí verte un día. Yo regresé desde allí. Fue fuera de la estación, en Bangkok. Te llamé. A gritos, pero quien fuera que se alejaba desapareció.
– Bueno, supongo que es normal -dijo Martha-. Si no se llamaba Martha.
Por supuesto que era Martha. En ese momento lo supo con toda la certeza con que era posible saber algo. Y Martha supo que lo sabía.
Entonces, ¿por qué le mentía?