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Dejó el estéreo en marcha. Kate vio que su abuela espiaba por la ventana. Dios mío, que no saliera y pidiera que se lo presentara.

– Tengo que irme -dijo ella-. Muchas gracias por acompañarme.

– ¿Quieres que salgamos el sábado? -preguntó él. Le miraba las piernas y ella las sacó del coche de lado-. De copas por Brixton.

Kate sintió que se ruborizaba de emoción. Era increíble. Nat Tucker la invitaba a salir.

– Bueno… -Logró esperar un momento y después dijo-: Sí, de acuerdo.

Su tono fue asombrosamente moderado.

– Te recogeré. A las nueve. ¿De acuerdo?

– Sí. De acuerdo.

El esfuerzo por mantener una cara inexpresiva, un tono de voz despreocupado, era tan inmenso que casi no podía respirar. Se había alejado unos pasos cuando él la llamó.

– ¿No quieres la mochila?

– Oh, oh, sí. Gracias.

Nat bajó del coche, sacó la mochila y se la pasó por encima de la verja.

– Adiós y hasta pronto.

Kate fue incapaz de decir nada.

– ¿Martha? Hola, soy Jocasta.

– Creo que te habría reconocido -dijo Martha. Sonrió de una forma amable y cortés-. Estás igual que siempre. Pasa.

– Me temo que no estoy igual. -Jocasta entró en el piso. Era sencillamente alucinante. Suelo de madera clara, paredes blancas, ventanales inmensos y una cantidad mínima de muebles de color negro y cromo-. Qué maravilla -dijo.

– Gracias. Me gusta. Y está cerca del trabajo.

Martha también estaba maravillosa, de una forma elegante y cuidada. Estaba muy esbelta, y vestía con pantalones gris oscuro y una blusa de seda color crema. Su piel también era de color crema, y casi sin maquillar, sólo un poco de sombra de ojos y rímel y los labios pintados de beige oscuro. Tenía el pelo castaño liso y brillante, con mechas, cortado a la altura de los hombros.

– ¿Dónde? -preguntó Jocasta-. Me refiero al trabajo.

– Ah, ahí detrás. -Martha gesticuló vagamente hacia el mundo que había tras ellas.

– Sí, pero ¿cómo se llama?, ¿qué haces exactamente?

– Soy socia de un bufete de abogados de la City. Por ahora. -No accedió a decirle a Jocasta el nombre de la empresa.

– Vale. ¿Es divertido?

– Divertido no es la palabra, pero me gusta. ¿Te apetece un café o algo?

– Sí, por favor.

– Discúlpame un momento. Ponte cómoda. ¿Necesitas una mesa o un sitio para escribir?

– No, no te preocupes.

Desapareció. Menuda esnob, pensó Jocasta, y recordó a la otra Martha, más bien nerviosa y deseosa de hacer amigos, un poco a la defensiva con su familia. Demasiado educada y ansiosa por caer bien, ¿qué la había cambiado tanto? Clio apenas había cambiado.

Y era divertida. Muy divertida.

– Bien, ya está. -Martha apareció de nuevo, con una bandeja negra de madera, con tazas blancas, la cafetera, una jarra de leche y un bol con terrones de azúcar moreno y blanco. Jocasta casi esperó que dejara la cuenta sobre la mesa, delante de ella.

– Gracias. Bueno, salud. -Levantó su taza-. Me alegro de verte.

– Y yo a ti.

Estaba demasiado rígida, notó Jocasta, quieta y en absoluto control. También estaba claro que estaba muy nerviosa. Parecía raro en una persona tan obviamente segura de sí misma. En fin, para eso eran las entrevistas. Para descubrir cosas.

– Dime -dijo-, ¿qué hace tu hermano? ¿Es abogado?

– Oh, no -contestó Jocasta-, es un trabajo demasiado duro. Está trabajando para la empresa de la familia. Está casado, más o menos. Tiene dos niñas. -Sonrió a Martha-. ¿Fuiste a la Universidad de Bristol, verdad?

– Sí.

– ¿Y qué? ¿Te gustó?

– Sí, mucho.

– ¿Qué estudiaste?

– Derecho. Oye, ¿esto forma parte de la entrevista? Por que ya te he dicho…

– Martha -dijo Jocasta-, me estoy poniendo al día. Te contaré cosas de mí si quieres. Y de Clio.

Eso picó la curiosidad de Martha.

– ¿Cómo está Clio?

– No muy bien -dijo Jocasta-. Se está divorciando. Pero en el trabajo le va de maravilla.

– Qué pena, lo del divorcio. ¿Conoces a su marido?

– No. Parece un gilipollas. -Sonrió expansivamente a Martha-. Es cirujano. Arrogante, pagado de sí mismo. Está mejor sin él. La verdad es que yo le hice enfadar.

– Creía que no le conocías.

– Personalmente no. Pero escribí sobre su hospital. Una larga historia. En fin, no le hizo ninguna gracia.

– Ya me lo imagino -dijo Martha.

Cogió su taza de café. Le temblaba ligeramente la mano. Jocasta lo notó. Su pequeña mano con una perfecta manicura.

– Pero ella es la misma Clio de siempre. ¿Recuerdas que empezamos a llamarla pequeña Clio al segundo día de estar en Bangkok?

– No, no me acuerdo -dijo Martha.

Estaba decidida a frenar cualquier intento de reminiscencia.

– ¿Seguiste el plan que tenías, ir a Australia y acabar en Nueva York?

– Tienes una memoria asombrosa -dijo Martha-. Sí fui a Australia, pero no viajé mucho por Estados Unidos. Mira, Jocasta, no quiero ser descortés, pero no tengo mucho tiempo. Creo que deberíamos empezar.

– Por supuesto. Manos a la obra. Empezaremos por algunos datos básicos.

– ¿Como cuáles?

– Bueno, lo de siempre: tu edad, lo que haces, cómo te metiste en política, todo eso. Después iremos a los detalles. Es una buena historia, creo.

Vio que Martha se relajaba poco a poco y recuperaba la seguridad al asumir el control, presentando lo que era evidentemente una historia muy ensayada. Y era una buena historia, desde un punto de vista periodístico: la muerte de la mujer de la limpieza, su deseo de hacer algo por ayudar, para cambiar las cosas, su entrada en el Partido Progresista de Centro, su vuelta a las raíces.

Jocasta escuchó educadamente, le hizo preguntas sobre el Partido Progresista de Centro, sobre el número de parlamentarios que tenía, cuántos creían que se presentarían a las elecciones generales. Siguió con un rollo muy aburrido sobre el proceso electoral, y entonces empezó, de una forma muy furtiva, a cruzar la puerta. Lo que tenía de momento no la convertiría en la próxima Lynda Lee-Potter.

– Está claro que en tu despacho te va de maravilla -dijo-. ¿No lo echarás de menos?

– Seguramente, pero creo que vale la pena hacer algo, aunque sea poco.

– Me refería a los lujos.

– ¿Disculpa?

– Es evidente que este piso no es barato. Y que te gusta la ropa cara, reconozco los zapatos Jimmy Choo a primera vista. Y los bolsos de Gucci, si hace falta.

– Jocasta, no creo que eso sea relevante. -Había vuelto a ponerse tensa.

– Claro que lo es. Tiene que importarte mucho para abandonarlo todo. Creo que es estupendo.

– Bien -se relajó un poco-, bueno, ya te he dicho que me gustaría hacer alguna cosa. Y los bolsos de Gucci no pasan de moda. No podré tener el último modelo. Si me eligen, claro.

– Tendrás que ir y venir de Suffolk a menudo.

– Bastante. Todos los fines de semana.

– ¿Qué coche tienes?

– ¿Es importante?

– No lo sé. Sólo pensaba que tal vez también tendrías que cambiarlo. Chad me dijo que tenías un Mercedes descapotable.

– Bueno, sí, y no sé si lo cambiaré o no. Puede ser.

– ¿Y tu vida personal?

– ¿Mi qué? -Se ruborizó mucho-. Jocasta…

– Te mudarás a Binsmow. Pensaba que si había un hombre en tu vida, podría no gustarle. Es un paso radical. ¿O ya vive allí?

– No, quiero decir que no hay un hombre en mi vida. Nadie importante. Sólo buenos amigos.

– Qué suerte. ¿O tal vez no lo es?

– Lo siento, pero no te entiendo.

– Quiero decir que puede ser una suerte para tus planes políticos, pero que a lo mejor te gustaría tener a alguien.

– No quiero hacer comentarios sobre eso.

– De acuerdo. Bien, por lo que has visto, ¿la política te parece sexy? Con todo el poder, y sus secretos, maridos que viven lejos de casa, secretarias e investigadoras núbiles por todas partes. A mí me parece muy sexy, ¡y yo apenas me muevo en los márgenes!

– Tal vez por eso -dijo Martha fríamente-, sólo puedo decirte que no tengo experiencia personal en ese tema.

Jocasta se rindió.

– Recuerdo que eras bastante tímida. Cuando nos conocimos. ¿En qué eres diferente de aquella joven Martha? ¿ La Martha con quien viajé?

– Jocasta -dijo Martha-, no quiero entrar en eso.

– ¿Por qué no? Es demasiado bueno para no utilizarlo, Martha. Te hace parecer más viva e interesante. Sin duda, ha de ser una de las cosas que te han hecho como eres. Para mí fue una experiencia decisiva. ¿No lo fue para ti?

– La verdad es que no. No, yo no lo diría.

Se estaba alterando por momentos.

– Oye, ya te he dicho al empezar que no quería que fuera un artículo personal.

– ¿Tomaste muchas drogas? -preguntó Jocasta. Cada vez sentía más curiosidad-. Aunque no lo publicaría.

– Por supuesto que no.

– Pues yo sí -dijo Jocasta alegremente-. Y encima me puse enferma. Muy enferma. Dengue. ¿Nunca te pasó algo así? ¿No tuviste que ir a uno de esos horribles hospitales?

– No. No me quedé mucho en Tailandia. Me fui enseguida a Sidney.

– ¿Cuándo?

– ¿Cuándo qué?

– ¿Cuándo te fuiste a Sidney? No pongas esa cara de susto, sólo quiero saberlo. Yo fui en enero.

– No estoy del todo segura. Hace mucho tiempo, Jocasta.

– ¿Y después te fuiste a Cairms? ¿A la selva tropical?

– Sí, unos días. Fue estupendo.

– ¿Y no te pareció que eso te cambiaba una barbaridad? ¿No afectó a lo que podríamos llamar tu filosofía política?

– No -dijo Martha con firmeza-, no me cambió. Tengo que irme ya, Jocasta…

– Veamos, ¿cuál es tu filosofía política? ¿Puedes resumírmela?

Esa vuelta repentina a terreno seguro la pilló por sorpresa.

– Bien, sí. Es que la gente, todo el mundo, debería tener una oportunidad. Muchas oportunidades: una buena educación, una buena atención médica, una vivienda digna. No se debería abandonar a nadie a su destino.

– Eso está muy bien -dijo Jocasta sonriéndole cariñosamente-. Me gusta. Gracias. Muchas gracias, Martha, ha sido estupendo. Puedo escribir un buen artículo y estoy segura de que Chad estará contento.

– ¿Podré verlo? ¿Antes de que se publique?

– Lo siento, pero es imposible. El director no lo permite.

– ¿Por qué?

– Porque si todas las personas sobre las que escribimos tuvieran que leer su artículo, y tal vez cambiarlo, deberíamos reescribirlo y mostrárselo otra vez, y el periódico no saldría nunca.

– Yo no lo veo así -dijo Martha, con voz tensa-. No es una noticia de actualidad, no tiene que tener una fecha de publicación cerrada.

– En eso te equivocas. Éste está programado para la sección del suplemento del sábado, y eso se imprime mañana. Lo siento.

– Jocasta, en serio, me gustaría leerlo -dijo Martha con un tono ansioso subyacente en la voz-. Podrías mandármelo por correo electrónico y yo te lo devolvería enseguida.

– Sinceramente, no vale la pena.

¿Por qué estaba tan preocupada? Era muy raro. Jocasta repasó la entrevista. No había dicho nada que pudiera manipularse ni remotamente. Había dado una información mínima en todo. De hecho, sería un artículo muy aburrido y eso la preocupaba.