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Capítulo 24 Martes, 5 de abril
Per-Åke Sandström, periodista freelance, de cuarenta y siete años de edad, llegó a su apartamento de Solna poco después de la medianoche. Estaba ligeramente bebido y sentía un nudo de pánico atenazaba en su estómago. Había pasado el día desesperado, impotente. Per-Åke Sandström tenía miedo.
Apenas habían transcurrido dos semanas desde que mataron a Dag Svensson en Enskede. Sandström se quedó estupefacto cuando se enteró de la noticia por la tele la misma noche de los sucesos. Le invadió una ola de alivio y esperanza; Svensson estaba muerto y, quizá, de esa manera, también había acabado el problema que representaba el libro sobre trajficking en el que pensaba denunciarlo como un delincuente sexual. «Joder, por una sola puta de más se pringó bien.»
Odiaba a Dag Svensson. Le había rogado y suplicado, se había arrastrado ante ese puto cerdo.
El día del asesinato estaba demasiado eufórico para pensar con lucidez. Hasta el día siguiente no empezó a reflexionar. Si Dag Svensson estaba trabajando en un libro donde lo denunciaría como violador con tendencias pedófilas, no sería nada improbable que la policía comenzara a hurgar en su pequeño desliz. Dios mío, podría convertirse en sospechoso de los asesinatos.
Ese sentimiento de pánico se calmó parcialmente cuando la cara de Lisbeth Salander apareció en las portadas de todos los periódicos del país. ¿Quién diablos era Lisbeth Salander? Nunca había oído hablar de ella. Pero, al parecer, la policía la consideraba la principal sospechosa y, según el fiscal, los crímenes podían estar a punto de resolverse. Era posible que él no despertara ni el más mínimo interés. Pero por experiencia, sabía que los periodistas siempre guardaban sus documentos y sus notas.
«Mille
Desconocía cuan avanzado estaba el libro. Ignoraba cuánto sabían ellos. No tenía a nadie a quien preguntar. Se sentía como flotando en un inmenso vacío.
Durante la semana siguiente, osciló entre el pánico y la embriaguez. La policía no había llamado a su puerta. Tal vez -con una suerte de locos- saliera de ésta. De lo contrario, su vida habría acabado.
Metió la llave en la cerradura y la giró. De repente, al abrir la puerta, oyó un crujido al que le siguió un paralizante dolor en la parte baja de la espalda.
Gu
Al principio, pensó en no cogerlo. Consultó la hora y constató que eran más de las doce. Pero el teléfono siguió sonando y, tras el décimo timbrazo, fue incapaz de resistirse; tal vez era importante.
– Soy Mikael Blomkvist -dijo la voz al otro lado de la línea.
«Mierda»
– Es más de medianoche. Estaba durmiendo.
– Lo siento. Pensé que le interesaría lo que le voy a decir.
– ¿Qué quiere?
– Mañana convocaré una rueda de prensa a las diez en relación a los asesinatos de Dag Svensson y Mia Bergman. Gu
– Desvelaré los detalles del libro sobre el comercio sexual que Dag Svensson estaba a punto de terminar. El único putero al que voy a mencionar es a usted.
– Prometió darme tiempo…
Björck percibió el pánico en su propia voz e interrumpió la frase.
– Ya han pasado varios días. Prometió llamarme después del fin de semana. Mañana es martes. O me lo cuenta o convoco la rueda de prensa.
– Si lo hace, nunca sabrá nada de Zala.
– Puede. Pero entonces ya no será asunto mío, se las tendrá que ver con los policías de la investigación oficial. Y con el resto de los medios de comunicación del país, por supuesto.
No había lugar para la negociación.
Gu
Iba a por todas. Pasara lo que pasase.
Sandström no sabía cuánto tiempo llevaba inconsciente, pero cuando recobró el conocimiento estaba tendido en el suelo del salón. Le dolía todo el cuerpo y no se podía mover. Tardó un rato en darse cuenta de que tenía las manos a la espalda, inmovilizadas con algo que le pareció cinta aislante, y los pies atados. Un trozo de cinta le tapaba la boca. Las luces del salón estaban encendidas y las persianas bajadas. Era incapaz de entender lo que le había pasado.
Percibió unos ruidos que procedían de su cuarto de trabajo. Se quedó quieto, escuchando, y oyó abrirse y cerrarse un cajón. «¿Un robo?» Reconoció un ruido de papeles; alguien estaba hurgando en sus cajones.
Una eternidad más tarde, sintió unos pasos a su espalda. Intentó girar la cabeza, pero no alcanzó a ver a nadie. Procuró mantener la calma.
De repente, alguien le pasó por la cabeza la lazada de una fuerte cuerda de algodón. La soga se fue estrechando alrededor de su cuello. El pánico casi le hizo vaciar sus intestinos. Alzó la mirada y vio que la cuerda subía hasta una polea que estaba colgada en el gancho de la lámpara del salón. Luego su enemigo lo rodeó y entró en su campo de visión. Primero descubrió un par de pequeñas botas negras.
Ignoraba con qué se iba a encontrar pero, al levantar la vista, el shock no pudo ser mayor. Al principio, no reconoció a la loca psicópata cuya fotografía había ocupado las portadas de los periódicos desde las fiestas de Pascua. Tenía el pelo negro y corto; no se parecía en absoluto a las fotos. Iba vestida completamente de negro: vaqueros, una abierta chaqueta de algodón que le llegaba hasta la cintura, camiseta y guantes.
Lo que más miedo le produjo fue su rostro. Iba pintada. Con pintalabios negro, eyeliner y una vulgar y llamativa sombra de ojos de tono verdinegro. El resto estaba cubierto de blanco. Recorriendo la cara en diagonal, desde la parte izquierda de la frente hasta la parte derecha de la mandíbula, cruzándole la nariz, tenía pintada una ancha banda roja.
Era una máscara grotesca. Parecía estar completamente perturbada.
Su cerebro opuso resistencia. La situación le resultaba irreal.
Lisbeth Salander agarró el cabo de la cuerda y tiró. Él sintió cómo la soga se le hundió en el cuello y fue incapaz de respirar durante unos cuantos segundos. Luego, se revolvió buscando un sitio en el que apoyar los pies. Con la ayuda de la polea, a ella le costó muy poco levantarlo. Cuando ya estaba completamente erguido, dejó de subirlo, le dio unas cuantas vueltas a la cuerda y haciendo un nudo marinero la ató a la tubería de agua de un radiador.
Después, lo dejó, desapareció de su campo de visión. Estuvo fuera quince minutos. Al volver, acercó una silla y se sentó frente a él. Sandström intentó desviar la mirada de su cara pintada, pero no pudo. Lisbeth dejó una pistola sobre la mesa del salón. «Mi propia pistola. La habrá encontrado en la caja de zapatos del armario.» Una Colt 1911 Government. Una pequeña arma ilegal que tenía desde hacía ya varios años. Se la compró, por puro capricho, a un amigo suyo que quería venderla, aunque ni siquiera la había probado. Ante sus ojos, ella abrió el cargador y lo llenó de munición. Lo introdujo en la pistola y alimentó el cañón con una bala. Per-Åke Sandström creyó desmayarse. Se forzó a sostener la mirada de ella.
– No entiendo por qué los hombres siempre documentáis vuestras perversiones -dijo Lisbeth en voz baja.
Tenía una voz suave, pero fría como el hielo. Cogió una foto, impresa directamente del ordenador de Sandström, y la sujetó en alto.
– Supongo que ésta es la chica estoniana, Ines Hammujärvi, de diecisiete años, originaria del pueblo de Rieplau, a las afueras de Narva. ¿Te lo pasaste bien con ella?
La pregunta era retórica. Per-Åke Sandström no podía contestar. Su boca seguía tapada con la cinta y su cerebro no era capaz de emitir respuesta alguna. En la foto se veía… «Dios mío, ¿por qué guardaría las fotos?»
– ¿Sabes quién soy? Dimelo con la cabeza.
Per-Åke Sandström asintió.
– Eres un sádico cerdo, un hijo de puta y un violador.
Él no se movió.
– Admítelo.
Volvió a asentir. De repente, las lágrimas afloraron a sus ojos.
– Dejemos las cosas claras -dijo Lisbeth Salander-. Mi opinión es que deberías ser ejecutado inmediatamente. Me trae sin cuidado si sobrevives a esta noche o no. ¿Entiendes?
Él asintió.
– A estas alturas no creo que hayas pasado por alto que soy una loca a la que le encanta matar gente. Especialmente hombres.
Señaló los periódicos vespertinos de los últimos días que él había acumulado sobre la mesa del salón.
– Voy a quitarte la cinta de la boca. Si gritas o subes la voz, te daré con ésta.
Levantó la pistola eléctrica.
– Este trasto es muy dañino; y dispara descargas de setenta y cinco mil voltios. En esta ocasión serán unos sesenta mil, porque ya la he usado una vez y no la he cargado. ¿Lo entiendes?
Él pareció dudar.
– Eso significa que tus músculos dejarán de responder. Fue lo que te pasó en la puerta cuando llegaste a casa. -Ella le sonrió-. Y eso, a su vez, significa que las piernas no te sostendrán y que te ahorcarás tú solito. Después de disparar, me levantaré y abandonaré la casa.
Él asintió con la cabeza. «Dios mío, es una maldita asesina loca.» No pudo remediar que las lágrimas corrieran sin control por sus mejillas. Se sorbió los mocos.
Ella se levantó y le quitó la cinta. Su grotesco rostro quedó tan sólo a escasos centímetros del suyo.
– Calla -dijo ella-. No digas ni una palabra. Si hablas sin mi permiso, usaré la pistola.
Ella esperó a que él terminara de sorberse los mocos y lo miró fijamente.
– Tienes una sola oportunidad de sobrevivir a esta noche -dijo-. Una, no dos. Te voy a hacer una serie de preguntas. Si las contestas, te dejaré vivir. Mueve la cabeza si lo has comprendido.
Él movió afirmativamente la cabeza.
– Si te niegas a contestar a alguna de las preguntas, te dispararé. ¿Entiendes?
Él asintió.
– Si me mientes o tus respuestas son evasivas, te daré.
Volvió a asentir.
– No voy a negociar contigo. No tendrás otra oportunidad. O respondes a mis preguntas de inmediato o mueres. Si tus contestaciones me resultan satisfactorias, vivirás. Así de fácil.
Asintió de nuevo con la cabeza. La creyó. No tenía elección.
– Por favor -dijo-. No quiero morir.
Ella lo miró seriamente.
– Vivir o morir tan sólo depende de ti. Pero acabas de romper mi primera regla. No puedes hablar sin mi permiso.
Apretó la boca. «Dios mío, está loca de atar.»