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– Aunque Salander se haya vuelto loca y hecho todo lo que dice la policía, hay que darle, al menos, el beneficio de la duda. Vivimos en una sociedad de derecho y nadie debe ser condenado sin haber sido escuchado.
– Estoy completamente de acuerdo -dijo Mikael.
– Eso tengo entendido, por lo que Erika me ha contado. Cuando la llamé pensé que los de Mille
– Conozco a Lisbeth Salander. Me cuesta verla como una asesina psicópata.
De repente Paolo se rió.
– Es una chalada de la hostia, pero va con los buenos. Me cae bien.
– ¿De qué la conoces?
– He boxeado con Salander desde que ella tenía diecisiete años.
Mikael Blomkvist cerró los ojos durante diez segundos antes de volver a levantar la vista para mirar a Paolo Roberto. Como siempre, Lisbeth Salander seguía siendo una caja de sorpresas.
– Hombre, claro, Lisbeth Salander boxeando con Paolo Roberto. Estáis en la misma categoría de peso.
– No estoy bromeando.
– Te creo. En una ocasión, Lisbeth me contó que solía hacer de sparring con los chicos de un club de boxeo.
– Déjame contarte cómo empezó. Hace diez años entré como ayudante del entrenador de los júnior que querían empezar a boxear en el club de Zinkensdamm. Yo ya era un boxeador consagrado y el responsable de los júnior pensó que yo podría atraer a la gente, así que empecé a ir por las tardes y me convertí en el sparring de los chicos.
– Vale.
– Y bueno, una cosa llevó a otra, me quedé todo el verano y hasta bien entrado el otoño. Hicieron una campaña y pusieron pósteres y cosas así para intentar despertar el interés de los jóvenes por el boxeo. Y la verdad es que se apuntaron muchos chavales de quince o dieciséis años hasta unos cuantos más. Había bastantes inmigrantes. El boxeo era una buena alternativa a merodear por el centro y meterse en líos. Que me lo digan a mí. Yo sé lo que es eso.
– Vale.
– Y un día, en pleno verano, apareció esa chica flacucha de la nada. Ya sabes la pinta que tiene. Entró en el local del club y dijo que quería aprender a boxear.
– Me puedo imaginar la escena.
– No veas la que montó. Media docena de chavales, más o menos con el doble de peso que ella y considerablemente más grandes, se partieron de risa. Yo también me reí. Nada serio, pero nos metimos un poco con ella. También teníamos un grupo femenino y yo le dije alguna estupidez del tipo «las niñas pequeñas sólo pueden boxear los jueves» o algo así.
– Imagino que ella no se rió.
– Pues no, no se rió para nada. Me clavó sus ojos negros. Luego, alargó la mano y cogió unos guantes que alguien había dejado por allí. Le quedaban enormes y ni siquiera se los ató. Nos tronchamos de risa. ¿Te lo imaginas?
– Esto promete.
Paolo Roberto volvió a reírse.
– Como yo era el entrenador, me acerqué y fingí lanzarle unos cuantos jabs.
– Uy, uy, uy.
– Sí, más o menos. De repente la cabrona me soltó una leche en todos los morros.
Volvió a reírse.
– Allí estaba yo haciendo el payaso con ella; me cogió completamente desprevenido. Me metió unos dos o tres castañazos antes de que ni siquiera se me ocurriera esquivarlos. A ver, su fuerza muscular era cero y sus golpes me hacían más bien cosquillas. Pero cuando yo empecé a esquivarlos ella cambió de táctica. Boxeó de manera instintiva y colocó más golpes aún. Así que comencé a pararlos en serio, y descubrí que la muy cabrona era más rápida que un reptil. Si hubiese sido un poco más alta y más fuerte, allí habría habido un combate en toda regla. ¿Entiendes lo que te digo?
– Perfectamente.
– Y, entonces, volvió a cambiar de táctica y me dio en todos los huevos. Ni te cuento lo que me dolió.
Mikael asintió con la cabeza.
– Así que yo le devolví unos jabs y le pegué en la cara. No fue ningún puñetazo fuerte ni nada por el estilo, sólo un pum. Entonces ella me dio una patada en la rodilla. Aquello era una locura. Yo era tres veces más grande y pesado, y ella no tenía absolutamente nada que hacer, pero me estaba moliendo a palos como si le fuera la vida en ello.
– La habías provocado.
– Luego caí en la cuenta. Y me dio mucha vergüenza. Quiero decir… nos habíamos anunciado con pósteres y todo eso para atraer a los jóvenes al club, y cuando Lisbeth se presenta y dice completamente en serio que quiere aprender a boxear, se encuentra con una panda de chavales que no hacen más que reírse de ella. Yo habría perdido la cabeza si alguien me hubiera tratado así.
Mikael asintió con la cabeza.
– En fin, aquella pelea duró varios minutos. Así que ai final la cogí, la tumbé en el suelo y la sujeté hasta que dejó de patalear. Joder, la tía tenía incluso lágrimas en los ojos y me miraba con tanta rabia que… bueno…
– Que empezaste a boxear con ella.
– Cuando se tranquilizó la dejé levantarse y le pregunté si eso de aprender a boxear iba en serio. Me tiró los guantes y se dirigió a la salida. Salí corriendo tras ella y le bloqueé el paso. Le pedí perdón y le dije que, si lo decía en serio, yo le enseñaría, que se presentara al día siguiente a las cinco en punto.
Se calló un rato y su mirada se perdió en el vacío.
– Al día siguiente por la tarde les tocaba a las chicas y ella apareció. La metí en el cuadrilátero con una tía que se llamaba Je
– ¿Y qué sucedió?
– Diez segundos después Je
Mikael asintió con la cabeza.
– Pero la limitación de Salander era que sus golpes no valían nada. Empecé a entrenar con ella. La tuve en la sección femenina durante un par de semanas y perdió varias peleas, porque tarde o temprano alguien conseguía encajarle un buen puñetazo y entonces teníamos que parar y llevarla al vestuario, porque se cabreaba y empezaba a dar patadas y a morder y pelear de verdad.
– Suena a Lisbeth.
– No se rendía nunca. Pero al final fastidió a tantas chicas que su entrenador la echó.
– ¡Anda!
– Sí, resultaba imposible boxear con ella. Sólo tenía una posición, la que nosotros llamamos Terminator Mode; que consiste en dejar KO al adversario; y daba igual si se trataba sólo de un calentamiento o de un entrenamiento con el sparring. A menudo las chicas volvían a casa magulladas porque Lisbeth les había dado una patada. Entonces se me ocurrió una idea. Yo tenía problemas con un chico sirio de diecisiete años llamado Samir. Un buen boxeador: constitución fuerte y con vodka en el golpe, pero no sabía moverse. Se quedaba parado todo el rato.
– ¿Y?
– Le pedí a Salander que pasara una tarde por el club cuando yo estuviera entrenando a Samir. Ella se cambió y yo la metí en el cuadrilátero con él, con su protector de cabeza, de dentadura y toda la pesca. Al principio, Samir se negó a hacer de sparring con ella porque «no era más que una jodida tía» y todas esas chorradas machistas. Así que le dije alto y claro, de modo que todo el mundo pudiera oírlo, que ahí nadie iba a hacer de sparring, y aposté quinientas coronas a que ella lo iba a noquear. A Salander le dije que no se trataba de ningún entrenamiento y que Samir le iba a pegar muy en serio. Me miró con su típico gesto desconfiado. Samir todavía estaba de cháchara cuando sonó la campana. Lisbeth tomó impulso con todas sus fuerzas y le endosó un puñetazo con una energía de tres pares de cojones en toda la cara y le hizo besar la lona. Para entonces, yo llevaba entrenándola todo el verano y ella ya había empezado a echar un poco de músculo y a tener algo de potencia en sus golpes.
– Supongo que Samir se pondría muy contento.
– Bueno, imagínate; se habló de esa pelea durante meses. Samir recibió una paliza. Ella ganó por puntos. Si hubiese tenido más fuerza, lo habría dejado bastante maltrecho. Al poco tiempo de empezar el combate, Samir estaba tan frustrado que fue a por ella con todas sus ganas. A mí me aterrorizaba la idea de que acertara, porque entonces habríamos tenido que llamar a la ambulancia. Al encajar algún que otro puñetazo con los hombros ella se hizo unos cuantos moratones y acabó contra las cuerdas, porque no podía resistir la contundencia de los golpes de Samir. Pero el tío estaba a años luz de alcanzarla de verdad.
– Joder, me gustaría haberlo visto.
– A partir de ese día, los chavales del club comenzaron a respetar a Salander. Sobre todo Samir. Y yo empecé a meterla para que hiciera de sparring de chicos bastante más grandes y pesados. Ella era mi arma secreta y resultó ser un ejercicio cojonudo. Diseñamos sesiones de entrenamiento en las que la tarea de Lisbeth consistía en intentar acertar cinco golpes en distintos puntos del cuerpo: mandíbula, frente, estómago, etcétera. Y los chicos con los que peleaba debían defenderse y proteger esos puntos. Haber boxeado con Lisbeth Salander se convirtió en sinónimo de prestigio. Era como pelear con un avispón. La verdad es que la llamamos la avispa y se convirtió en una especie de mascota para el club. Creo que le gustaba porque un día se presentó en el club con el tatuaje de una avispa en el cuello.
Mikael sonrió. Se acordaba perfectamente de su avispa. Formaba parte de la descripción de la orden de busca y captura.
– ¿Cuánto tiempo duró?
– Más de tres años, pero sólo una tarde por semana. Yo sólo estuve allí a jornada completa durante ese verano y luego, esporádicamente. El que llevaba las sesiones con Salander era nuestro entrenador júnior, Putte Karlsson. Después, Salander empezó a trabajar y ya no tuvo tanto tiempo, pero hasta el año pasado se dejó ver por allí una vez al mes para entrenar. Yo me la encontraba unas cuantas veces al año y hacía sesiones de sparring con ella. Era un buen entrenamiento; me hacía sudar la gota gorda, por decirlo de alguna manera. Ella casi nunca hablaba con nadie. Cuando no había sparring podía pasarse dos horas dándole al saco de arena intensamente, como si se enfrentara a un enemigo mortal.