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Intentó visualizar el encuentro que tuvo con Bjurman hacía ya más de nueve meses. Quedaron en Gamia Stan. Bjurman lo llamó una tarde al trabajo y le propuso ir a tomar una cerveza. Hablaron de tiro y de todo un poco pero Bjurman quería verlo por un motivo especial. Necesitaba que le hiciera un favor. Le preguntó por Zalachenko.

Björck se levantó y se acercó a la ventana de la cocina. En aquella ocasión estaba algo achispado. Bueno, la verdad era que había empinado el codo más de la cuenta. ¿Qué era lo que le había preguntado Bjurman?

– A propósito, ando metido en un caso en el que ha aparecido un viejo conocido.

– ¿Ah, sí? ¿Quién?

– Alexander Zalachenko. ¿Te acuerdas de él?

– Hombre, no es un tipo del que uno se olvide así como así.

– ¿Qué habrá sido de él?

Técnicamente no era asunto de Bjurman. El simple hecho de formular esas preguntas constituía un motivo más que razonable para poner a Bjurman bajo vigilancia, de no haber sido porque era el administrador de Lisbeth Salander. Dijo que necesitaba ese viejo informe. «Y yo se lo di.»

Björck había cometido un error garrafal. Había dado por descontado que Bjurman ya estaba al tanto; cualquier otra cosa le parecía impensable. Y Bjurman le presentó el tema como si sólo se tratara de coger un atajo en el lento proceso burocrático, donde todo estaba clasificado como confidencial y rodeado de mucho secretismo, y, además, todo podía prolongarse durante meses y meses. Máxime tratándose de un asunto referente a Zalachenko.

«Le entregué el informe de la investigación. Seguía estando clasificado como secreto, pero Bjurman tenía una razón lógica y comprensible, y él no era una persona que se fuera de la lengua. Es cierto que era tonto, pero nunca fue un bocazas. ¿Qué daño podía hacer? Habían pasado tantos años.»

Bjurman lo engañó. Le hizo creer que se trataba de una cuestión burocrática, de simples formalidades. Cuanto más lo pensaba, más se convencía de que Bjurman había presentado el asunto con palabras muy premeditadas y prudentes.

«Pero ¿qué coño andaba buscando Bjurman? ¿Y por qué lo mató Salander?»

En el transcurso de ese mismo sábado, Mikael Blomkvist visitó Lundagatan cuatro veces más con la esperanza de ver a Miriam Wu. Se la había tragado la tierra.

Pasó gran parte del día en el café-bar de Hornsgatan con su iBook y volvió a leer el correo electrónico que había recibido Dag Svensson en su dirección de mille

Ojalá hubiera podido llamar a Dag Svensson para preguntarle por qué el documento sobre Irina P. se hallaba dentro de la carpeta de Zala. La única conclusión convincente era que Dag sospechase de Zala por el asesinato de la chica.

De repente, a eso de las cinco de la tarde, Bublanski lo llamó y le dio el número de teléfono de Miriam Wu. No entendía qué le había hecho cambiar de opinión, pero en cuanto lo grabó en la memoria de su teléfono, intentó contactar cada media hora. Hasta las once de la noche Miriam no conectó el móvil. Y contestó. Fue una conversación breve.

– Hola, Miriam. Me llamo Mikael Blomkvist.

– ¿Y tú quién coño eres?

– Soy periodista y trabajo en una revista llamada Mille

Miriam Wu se expresó de una manera concisa y contundente.

– Ah, ese Blomkvist. Vete a la mierda, periodista asqueroso.

Colgó antes de que a Mikael le diera tiempo de explicarle por qué la telefoneaba. Maldijo por dentro a Tony Scala e intentó llamarla de nuevo. No lo cogió. Al final le mandó un mensaje de texto.

Por favor, llámame. Es importante.

Ella hizo caso omiso.

A altas horas de la madrugada del sábado, Mikael apagó el ordenador, se desnudó y se metió en la cama. Estaba frustrado y hubiera deseado que Erika Berger se encontrara allí.