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– ¿Los policías son más inteligentes que esa gente normal a la que tú llamas detectives aficionados? -preguntó.

– No, no creo. No obstante, los policías cuentan con una formación especializada y su trabajo es investigar delitos.

– La gente normal también está formada -dijo Mikael sosegadamente-. Y a veces un detective aficionado es mejor que un policía de verdad.

– ¿Tú crees?

– No es que lo crea, lo sé. Mira el caso Joy Rahman; todos aquellos policías se pasaron cinco años con el culo pegado a una silla y los ojos cerrados mientras Rahman cumplía condena por haber asesinado a una vieja siendo inocente. Todavía seguiría encerrado si no fuera porque una profesora se tomó la molestia de dedicar varios años a realizar una investigación seria. Lo hizo, y sin disponer de todos los recursos de los que tú dispones. No sólo probó que él era inocente, sino que también identificó a la persona que, con toda probabilidad, era el verdadero asesino.

– En el caso Rahman intervino una cuestión de prestigio. El fiscal se negó a escuchar los hechos.

Mikael Blomkvist observó con detenimiento a Bublanski.

– Bublanski, te voy a contar una cosa. En estos momentos, el caso Lisbeth también se ha convertido en una cuestión de prestigio. Yo sostengo que ella no mató a Dag y Mia. Y lo voy a probar. Te voy a ofrecer un asesino alternativo y, cuando esto ocurra, escribiré un artículo que a ti y a tus colegas os resultará una verdadera tortura.

De camino a su casa de Katarina Bangata, Bublanski sintió la necesidad de hablar con Dios sobre el tema, pero en vez de pasarse por la sinagoga, se fue a la iglesia católica de Folkungagatan. Se sentó en uno de los bancos del fondo y no se movió durante más de una hora. Como judío, teóricamente, no pintaba nada en una iglesia católica; sin embargo, era un sitio tranquilo que visitaba con asiduidad cada vez que necesitaba poner en orden sus ideas. Jan Bublanski estaba convencido de que Dios no lo desaprobaría. Además, existía una gran diferencia entre el catolicismo y el judaismo. Él acudía a la sinagoga porque buscaba compañía y unión con otras personas; los católicos iban a la iglesia porque buscaban estar solos con Dios. La iglesia invitaba al silencio e instaba a que no se molestara a sus visitantes.

Le estuvo dando vueltas al tema de Lisbeth Salander y Miriam Wu. Y reflexionó sobre lo que le ocultaban Erika Berger y Mikael Blomkvist. Estaba convencido de que sabían algo sobre Salander que no le habían contado. Se preguntó qué tipo de «investigación» habría hecho Lisbeth Salander para Mikael Blomkvist. Por un breve instante, se le pasó por la cabeza que a lo mejor Salander habría trabajado para Blomkvist antes de que él revelara el caso We

Bublanski estaba preocupado.

Le disgustaba la convicción inquebrantable que Mikael Blomkvist tenía sobre la inocencia de Salander. Una cosa era que a él, como policía, le asaltaran las dudas -dudar era su profesión- y otra, que Mikael Blomkvist, en calidad de detective aficionado, lo retara.

Los detectives aficionados le caían mal, ya que, por lo general, eran sinónimo de teorías conspirativas que, como se podía constatar, daban pie a llamativos titulares en los periódicos. No obstante, la mayoría de las veces no hacían más que generar trabajo extra e inútil a la policía.

Esta se había convertido en la investigación criminal más deslavazada en la que había participado en toda su carrera. En cierto sentido, andaba desorientado y no sabía qué dirección tomar. La investigación de un asesinato debería seguir una cadena de lógica.

Si un chico de diecisiete años es hallado muerto por arma blanca en Mariatorget, se trata de averiguar qué pandillas de cabezas rapadas u otros jóvenes estuvieron rondando por Södra Station una hora antes. Siempre acaban saliendo a flote amigos, conocidos, testigos y, tarde o temprano, sospechosos.

Si en un bar de Skärholmen matan a un hombre de cuarenta y dos años pegándole tres tiros, y resulta que el individuo en cuestión era un matón de la mafia yugoslava, entonces se trata de dar con los advenedizos que intentan hacerse con el control del contrabando de tabaco.

Si una mujer de veintiséis años con un pasado respetable y una vida normal aparece estrangulada en su casa, se trata de averiguar quién era su novio o quién fue la última persona con quien habló en el bar la noche anterior.

Bublanski había realizado tantas investigaciones de ese tipo que las podría hacer hasta con los ojos cerrados.

La investigación que les ocupaba había empezado estupendamente. A las pocas horas ya tenían una sospechosa. Lisbeth Salander estaba hecha para el papel; un caso clínico evidente que llevaba toda su vida sufriendo violentos e incontrolables arrebatos. En teoría, sólo se trataba de localizarla y sacarle una confesión o, dependiendo de las circunstancias, enviarla al psiquiátrico. Pero todo se había ido al garete en cuestión de horas también.

Salander no vivía donde creían que vivía. Tenía amigos como Dragan Armanskij y Mikael Blomkvist. Tenía una relación con una renombrada bollera que gustaba de utilizar esposas en sus relaciones sexuales y que había hecho que los medios de comunicación entraran en barrena en una situación ya de por sí infectada. Tenía dos millones y medio de coronas en el banco, aunque no se le conocía ningún trabajo. Más adelante, apareció en escena Blomkvist con sus teorías sobre trafficking y conspiraciones, y como famoso periodista que era, contaba con un poder nada desdeñable para provocar, con un solo artículo bien colocado, un completo caos en la investigación.

Y lo peor de todo: la principal sospechosa resultaba imposible de localizar, a pesar de no levantar dos palmos del suelo, de tener un aspecto muy característico y todo el cuerpo lleno de tatuajes. Pronto haría dos semanas desde que se cometieran los asesinatos y no tenían ni la menor pista de su paradero.

Gu

No lograba entender los vericuetos de esa historia.

Al principio, cuando se enteró del asesinato de Nils Bjurman un día después de que el abogado fuera hallado muerto, se quedó boquiabierto. Pero luego no se sorprendió cuando Lisbeth Salander, casi de inmediato, fue señalada como la principal sospechosa y se puso en marcha su caza y captura. Siguió, palabra por palabra, todo lo que se decía en la tele y compró cuantos periódicos pudo conseguir para leer, también palabra por palabra, todo lo que se había escrito.

No dudó ni un instante en que Lisbeth Salander era una enferma mental capaz de matar. Carecía de razones para poner en entredicho su culpabilidad y cuestionar las conclusiones de la investigación policial; más bien al contrario, todos sus conocimientos sobre Lisbeth Salander indicaban que se trataba de una verdadera loca psicótica. Había estado a punto de telefonear para contribuir a la investigación con su asesoramiento o, por lo menos, para controlar que el asunto se llevara de la manera más apropiada posible, pero terminó llegando a la conclusión de que, en realidad, eso a él ya no le incumbía. No era su cometido y, en todo caso, había gente competente para ocuparse de eso. Además, una llamada suya podría acabar, precisamente, acaparando esa indeseada atención que él deseaba evitar. En su lugar, se relajó y se limitó a seguir, con distraído interés, las continuas noticias de los informativos.

La visita de Mikael Blomkvist había dado al traste con esa tranquilidad. A Björck nunca se le había pasado por la cabeza que la orgía asesina de Salander pudiera concernirle a él personalmente, pero una de sus víctimas era un periodista cabrón que estaba a punto de exponerlo al escarnio público ante toda Suecia.

Mucho menos aún podía haberse imaginado que el nombre de Zala apareciera en la historia como una bomba de relojería y -lo más increíble de todo- que Mikael Blomkvist conociera el nombre. Resultaba tan inverosímil que desafiaba toda lógica.

Al día siguiente de la visita de Mikael, levantó el auricular y llamó a su antiguo jefe, de setenta y ocho años de edad, que vivía en Laholm. De alguna manera, tenía que formarse una idea clara de la situación sin insinuar que llamaba por razones bien distintas a la pura curiosidad y la inquietud profesional. Fue una conversación relativamente breve.

– Soy Björck. Supongo que has leído los periódicos.

– Sí, lo he hecho. Ella ha vuelto a aparecer.

– Y no ha cambiado gran cosa.

– Eso ya no es asunto nuestro.

– ¿Y no crees que…?

– No, no lo creo. Todo eso está ya enterrado. No hay ninguna conexión.

– Pero ¿por qué precisamente a Bjurman? Supongo que no fue una casualidad que él se convirtiera en su administrador.

Se hizo un silencio que se prolongó unos cuantos segundos.

– No, no fue casualidad. Hace tres años parecía una buena idea. ¿Quién podría haber previsto todo esto?

– ¿Qué sabía Bjurman?

De repente, su antiguo jefe se rió ahogadamente.

– Bueno, ya sabes cómo era Bjurman. No era lo que se dice un tipo muy listo.

– Me refiero a si… ¿conocía la conexión? ¿Puede haber algo entre sus papeles que conduzca a…?

– No, claro que no. Entiendo lo que me planteas, pero no te preocupes. Salander siempre ha sido un factor imprevisible en esta historia. Nos aseguramos de que se le diera el cometido a Bjurman, pero sólo para que alguien al que pudiéramos controlar fuera su administrador. Mejor él que un completo desconocido. Si ella se hubiera puesto a largar cosas por esa boquita, entonces él habría acudido a nosotros. De todos modos, el tema se va a resolver de la mejor manera posible.

– ¿Qué quieres decir?

– Bueno, después de esto Salander va a pasar una larga temporada en el psiquiátrico.

– Entiendo.

– No te preocupes. Sigue tranquilamente con tu baja.

Pero eso era lo que el jefe adjunto Björck no conseguía hacer; Mikael Blomkvist ya se había encargado. Se sentó a la mesa de la cocina y contempló Jungfrufjärden mientras intentaba recapitular sobre su situación. Se sentía amenazado por dos flancos.

Mikael Blomkvist lo iba a denunciar por putero. El riesgo de terminar su carrera policial siendo condenado por violar la ley de comercio sexual resultaba inminente.

Pero el factor que revestía verdadera gravedad era que Mikael Blomkvist iba a la caza de Zalachenko, quien, de alguna manera, se hallaba implicado en la historia. Ese nexo lo llevaría, de nuevo, hasta la mismísima puerta de Gu

Su ex jefe estaba convencido de que no había nada entre los papeles de Bjurman que pudiera conducir a ningún sitio. Pero sí lo había; la investigación de 1991. El informe se lo entregó Gu