Страница 48 из 131
Capítulo 12 Jueves de Pascua, 24 de marzo
Obviamente, A
Hacía más de dos años que Mikael no iba a Saltsjöbaden. Sólo visitaba a Erika y su marido en muy contadas ocasiones. Se le antojó un síntoma de inmadurez.
Mikael ignoraba por completo cómo funcionaba exactamente el matrimonio de Erika y Greger. Conocía a Erika desde principios de los ochenta. Pensaba seguir manteniendo su relación con ella hasta que fuese demasiado viejo y no pudiese levantarse de la silla de ruedas. La historia sólo se había visto interrumpida durante un breve período a finales de la década, cuando ambos, cada uno con su respectiva pareja, contrajeron matrimonio. La interrupción duró más de un año, hasta que les fueron infieles a sus cónyuges.
Para Mikael aquello terminó en divorcio. Para Erika significó la constatación por parte de Greger Backman de que una pasión sexual así, después de tantos años, probablemente fuera tan fuerte que sería absurdo pretender que las convenciones o la moral vigente lograran que cada uno de ellos se mantuviera alejado de la cama del otro. Greger también le explicó que no quería arriesgarse a perderla de la misma manera que Mikael había perdido a su mujer.
Cuando Erika confesó su infidelidad, Greger Backman llamó a la puerta de la casa de Blomkvist, quien había estado esperando y temiendo esa visita. Mikael se sentía como una mierda. Pero en vez de romperle la cara, Greger Backman le propuso ir a tomar algo. Cerraron tres pubs de Södermalm antes de ir lo suficientemente cargados como para entablar una conversación seria, cosa que tuvo lugar en un banco de Mariatorget, más o menos al amanecer.
A Mikael le costó creer a Greger Backman cuando éste le comentó con franqueza que, si intentaba sabotear su matrimonio con Erika, volvería a visitarlo, sobrio y con un garrote, pero que si sólo se trataba de deseo carnal y de la incapacidad que tiene el alma de moderarse y templarse, entonces lo aceptaba.
Mikael y Erika continuaron su relación con el visto bueno de Greger Backman y sin intentar ocultarle nada. Por lo que Mikael sabía, Greger y Erika seguían siendo felices en su matrimonio. Mikael aceptaba que Greger consintiera su relación sin protestas, incluso hasta el punto de que Erika, si le apetecía -algo que ocurría con cierta regularidad-, no tenía más que coger el teléfono y comunicarle que pensaba pasar la noche con Mikael.
Greger Backman nunca criticó a Mikael. Ni una sola palabra. Al contrario, parecía creer que la relación entre Erika y Mikael era positiva, y que el amor que Greger sentía por ella se hacía más profundo al no poder dar por descontado que Erika siempre estaría con él.
En cambio, Mikael nunca se sintió cómodo en compañía de Greger, lo cual constituía un sombrío recordatorio de que, por liberales que fuesen las relaciones, también tenían un precio. Por consiguiente, sólo había visitado Saltsjöbaden en contadas ocasiones, cuando Erika daba grandes fiestas y su ausencia lo hubiera puesto en evidencia.
Se detuvo delante de su chalé de doscientos cincuenta metros cuadrados. Resuelto, a pesar de lo desagradable que resultaba llegar con malas noticias, puso el dedo en el timbre y lo mantuvo allí unos cuarenta segundos, hasta que oyó pasos. Greger Backman abrió con una toalla rodeándole la cintura y una cara de somnolienta rabia que, al encontrarse con el amante de su mujer en la escalera, se convirtió en asombro.
– Hola, Greger -dijo Mikael.
– Buenos días, Blomkvist. ¿Qué coño de horas son éstas?
Greger Backman era rubio y delgaducho. Tenía abundante pelo en el pecho y casi nada en la cabeza. Lucía una barba de una semana y una cicatriz sobre la ceja derecha provocada por un grave accidente de navegación ocurrido varios años atrás.
– Las cinco y pico -dijo Mikael-. ¿Puedes despertar a Erika? He de hablar con ella.
Greger Backman suponía que si Mikael Blomkvist había superado su aversión a visitar Saltsjöbaden y a verlo a él, algo fuera de lo normal debía de haber sucedido. Además, Mikael parecía necesitar un trago o, por lo menos, una cama donde descansar. Por lo tanto, abrió la puerta y lo dejó entrar.
– ¿Qué ha pasado? -preguntó.
Antes de que a Mikael le diera tiempo a contestar, Erika Berger apareció por la escalera de la planta superior, atándose el cinturón de una bata blanca de felpa. Al ver a Mikael en el vestíbulo se detuvo en seco, a medio camino.
– ¿Qué pasa?
– Dag Svensson y Mia Bergman -dijo Mikael. Su rostro reveló inmediatamente el tipo de noticia que le traía.
– No… -dijo Erika, tapándose la cara con la mano.
– Acabo de salir de la comisaría. Dag y Mia han sido asesinados esta noche.
– ¿Asesinados? -preguntaron al unísono tanto Erika como Greger.
Erika contempló a Mikael con una escéptica mirada.
– ¿En serio?
Mikael asintió tristemente con la cabeza.
– Alguien ha entrado en su casa de Enskede y los ha matado a tiros. He sido yo el que los ha encontrado.
Erika se sentó en la escalera.
– No quería que te enteraras por los informativos -dijo Mikael.
Eran las siete menos un minuto de la mañana del jueves de Pascua cuando Mikael y Erika entraron en la redacción de Mille
– ¿Qué coño está pasando? -preguntó Christer Malm.
Malin Eriksson le chistó y subió el volumen del informativo de las siete:
Dos personas, un hombre y una mujer, fueron muertos a tiros anoche en un apartamento de Enskede. La policía ha informado de que se trata de un doble asesinato. A ninguna de las víctimas se le conocen antecedentes. Se ignoran los motivos del crimen. Nuestra reportera Ha
«Poco antes de la medianoche, cuando la policía recibió el aviso de que se habían producido disparos en un edificio de Björneborgsvägen, aquí, en Enskede. Según un vecino, en la casa se oyeron varios tiros. Se desconoce el móvil y hasta el momento no se ha detenido a nadie. Se ha acordonado el piso, donde en estos momentos está trabajando la policía forense».
– Eso es concisión -dijo Malin bajando el volumen de la radio.
Luego se puso a llorar. Erika se acercó a ella y le pasó el brazo por los hombros.
– ¡Joder! -exclamó Christer Malm sin dirigirse a nadie en particular.
– Sentaos -ordenó Erika Berger con voz firme-. Mikael…
Este volvió a contar una vez más lo ocurrido durante la noche. Habló con voz monótona, empleando un estilo periodístico, neutro y objetivo, al describir cómo encontró a Dag y Mia.
– ¡Joder! -volvió a decir Christer Malm-. Esto es una locura.
Los sentimientos pudieron de nuevo con Malin. Se echó a llorar otra vez sin ningún disimulo.
– Perdón -dijo.
– Yo me siento igual -reconoció Christen
Mikael se preguntó por qué no era capaz de llorar. Sólo sentía un gran vacío, casi como si estuviese anestesiado.
– A ver, lo que sabemos hasta el momento no es mucho -dijo Erika Berger-. Tenemos que hablar de dos cosas. Primera: nos encontramos a tres semanas de llevar a la imprenta el material de Dag Svensson. ¿Seguimos adelante con la publicación? ¿Podemos publicar? Ésa es una. La segunda es algo que Mikael y yo hemos estado comentando mientras veníamos.
– No sabemos por qué se han producido los asesinatos -dijo Mikael-. Puede ser por alguna historia personal de la vida de Dag y Mia o simplemente tratarse de la obra de un loco. Pero no podemos descartar que tenga algo que ver con su trabajo.
Un silencio se instaló alrededor de la mesa. Hasta que Mikael carraspeó y dijo:
– Como ya sabéis, estamos a punto de publicar un material muy fuerte en el que identificamos con nombre y apellido a determinados tipos que lo que menos desean en este mundo es verse implicados en el tema. Hace dos semanas Dag empezó a confrontar el material con ellos. Lo que intentaba decir antes era que si alguno de esos…
– Espera -dijo Malin Eriksson-. Revelamos el nombre de tres policías, uno de los cuales trabaja en la policía de seguridad y otro en la brigada antivicio, varios abogados, un fiscal y un par de guarros que van de periodistas. ¿Estás diciendo que uno de ellos habría cometido un doble asesinato para impedir la publicación?
– Bueno, no sé -contestó Mikael, pensativo-. Tienen bastante que perder, pero no deben de ser muy listos que digamos si creen que pueden acallar una historia así matando a un periodista. Pero también denunciamos a unos cuantos chulos y, aunque utilizamos nombres falsos, no resulta muy difícil deducir quiénes son. Algunos de ellos han sido condenados con anterioridad por delitos violentos.
– De acuerdo -dijo Christer-. Pero describes los asesinatos como ejecuciones. Si he entendido la idea del libro de Dag Svensson, no se trata de unos tipos muy listos. ¿Son capaces de cometer un doble asesinato y salirse con la suya?
– ¿Qué inteligencia se necesita para pegar dos tiros? -preguntó Malin.
– Ahora estamos especulando sobre algo de lo que no sabemos nada -interrumpió Erika Berger-. Pero la verdad es que tenemos que hacernos esa pregunta. Si los artículos de Dag, o incluso la tesis de Mia, fueron el móvil de los crímenes, habría que aumentar la seguridad en la redacción.
– Y una tercera cuestión -dijo Malin-. ¿Debemos facilitar los nombres a la policía? ¿Qué les dijiste anoche a los agentes?
– Contesté a todas las preguntas que me hicieron. Les comenté el carácter de la historia con la que estaba trabajando Dag, pero no me preguntaron por los detalles ni les di ningún nombre.
– Es algo que, sin duda, deberíamos hacer -sentenció Erika Berger.
– Tampoco está tan claro -contestó Mikael-. Podríamos darles una lista, pero ¿qué hacemos si la policía empieza a hacernos preguntas sobre cómo hemos averiguado los nombres? No podemos revelar las fuentes que quieren permanecer anónimas. Afecta a varias de las chicas con las que habló Mia.
– ¡Joder, qué lío! -dijo Erika-. Volvemos a la primera pregunta: ¿publicamos?
Mikael levantó una mano.
– Espera. Si queréis lo votamos, pero el editor responsable soy yo y por primera vez en mi vida pienso tomar una decisión sin la ayuda de nadie. La respuesta es «no». No podemos publicarlo en el próximo número. Es absurdo que sigamos adelante sin más.
El silencio volvió a invadir la mesa.
– Tengo muchas ganas de publicar pero, sin duda, nos veremos obligados a reformular bastantes cosas. Dag y Mia tenían la documentación, y la historia también se basaba en que Mia pensaba poner una denuncia policial contra las personas identificadas. Ella era experta en la materia. ¿Lo somos nosotros?
Se oyó un portazo y, acto seguido, Henry Cortez apareció en la puerta.
– ¿Se trata de Dag y Mia? -preguntó, jadeando.
Todos asintieron.
– ¡Joder! ¡Qué locura!