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Dag Svensson miraba a Mikael Blomkvist con la boca abierta.

– ¿Lo dices en serio?

– ¿Por qué no? Ya lo has intentado todo y, además, hasta un secreta de la Säpo debería ser capaz de calcular que las posibilidades de ganar cien mil coronas no están nada mal siendo él uno de los veinte elegidos.

Dag Svensson soltó una carcajada.

– Estás loco. ¿Eso es legal?

– No creo que sea ilegal regalar un móvil.

– Joder, tío, estás loco.

Dag Svensson siguió riéndose. Mikael dudó un segundo. En realidad, se iba ya para casa y no frecuentaba mucho los bares, pero Dag Svensson le caía bien y se sentía a gusto con él.

– ¿Vamos a tomar una cerveza? -preguntó espontáneamente.

Dag Svensson consultó su reloj.

– Claro -dijo-. Venga, una rápida. Déjame darle un toque a Mia. Ha salido con unas amigas y va a venir a buscarme.

Fueron al Kvarnen, más que nada porque les pillaba cerca. Dag Svensson se reía entre dientes mientras iba redactando mentalmente la carta que le dirigiría a Björck a la Säpo. De reojo, Mikael le echó una mirada algo escéptica a su colaborador, que resultaba tan fácil de entretener. Tuvieron la suerte de conseguir una mesa justo al lado de la entrada y pidieron dos pintas. Se sentaron e, inclinados sobre la mesa y mientras bebían, trataron el tema que ahora ocupaba el tiempo de Dag Svensson.

Mikael no vio que Lisbeth Salander estaba en la barra con Miriam Wu. Lisbeth dio un paso atrás, de modo que Mimmi quedó entre ella y Mikael Blomkvist. Lo observó oculta tras el hombro de Mimmi.

Era la primera vez que salía desde que volvió a Suecia y va y se tropieza con él. El Kalle Blomkvist de los Cojones.

Era la primera vez que lo veía en más de un año.

– ¿Qué te pasa? -preguntó Mimmi.

– Nada -respondió Lisbeth Salander.

Siguieron hablando. O mejor dicho: Mimmi continuó contando una historia sobre una bollera que conoció, hacía ya unos años, en un viaje a Londres. Iba de una visita a una galería de arte y de una situación que se tornó cada vez más absurda a medida que Mimmi intentó ligar con ella. De vez en cuando, Lisbeth movía la cabeza y, como de costumbre, no se enteró muy bien de la historia y no le vio ninguna gracia.

Mikael Blomkvist no había cambiado mucho, constató Lisbeth. Tenía un aspecto insultantemente bueno; estaba tranquilo y relajado pero mostraba una expresión seria. Escuchaba a su compañero de mesa y asentía con la cabeza a intervalos regulares. Parecía tratarse de una conversación importante.

Lisbeth dirigió la mirada al amigo de Mikael. Un chico rubio con el pelo rapado, unos años más joven que él, que hablaba con un gesto concentrado y daba la impresión de intentar explicar algo. No lo había visto en su vida y no tenía ni idea de quién era.

De repente, un grupo de gente se acercó hasta la mesa de Mikael y le estrechó la mano. Una mujer le acarició la mejilla, dijo algo y todos se rieron. Mikael parecía incómodo pero también se rió.

Lisbeth Salander arqueó una ceja.

– No me estás escuchando -dijo Mimmi.

– Sí que te escucho.

– Eres una pésima compañera de juerga. Me rindo. ¿Volvemos a casa a follar?

– Dentro de un rato -contestó Lisbeth.

Se acercó un poco a Mimmi y le puso una mano en la cadera. Mimmi la miró.

– Tengo ganas de besarte en la boca.

– No lo hagas.

– ¿Tienes miedo de que la gente piense que eres una bollera?

– Ahora mismo no me apetece llamar la atención.

– Venga, entonces vámonos.

– Todavía no. Espera un poco.

No fue necesario esperar mucho. A los veinte minutos de su llegada, el hombre que acompañaba a Mikael recibió una llamada en el móvil. Apuraron las cervezas y se levantaron a la vez.

– Mira -dijo Mimmi -. Ese es Mikael Blomkvist. Tras el caso We

– ¿Sí? -dijo Lisbeth.

– ¿Te lo perdiste? Pasó más o menos cuando te fuiste del país.

– Algo he oído.

Lisbeth esperó cinco minutos antes de mirar a Mimmi.

– Querías besarme en la boca.

Mimmi la contempló perpleja.

– Sólo te estaba tomando el pelo.

Lisbeth se puso de puntillas, bajó la cabeza de Mimmi a su altura y le dio un largo beso con lengua. Cuando terminaron, la gente las aplaudió.

– Estás chalada -dijo Mimmi.

Lisbeth Salander no volvió a casa hasta las siete de la mañana. Se acercó el cuello de la camiseta a la nariz y lo olisqueó. Pensó en darse una ducha pero pasó y, en su lugar, dejó la ropa amontonada en el suelo y se metió en la cama. Durmió hasta las cuatro de la tarde. Se levantó y bajó a Söderhallarna a desayunar.

Pensó en Mikael Blomkvist y en su reacción al encontrarse repentinamente en el mismo local que él. Su presencia la había irritado, pero también pudo constatar que ya no le dolía verlo. Él se había convertido en un pequeño punto en el horizonte, una pequeña interferencia en su vida.

Las había peores.

Pero de pronto deseó haber tenido el coraje de acercarse y saludarlo.

O tal vez de romperle las piernas. No estaba segura.

Fuera como fuese, se apoderó de ella una repentina curiosidad por saber en qué andaba metido.

Durante la tarde hizo unas gestiones y regresó a casa sobre las siete. Encendió su PowerBook e inició el Asphyxia 1.3. El icono de MikBlom/laptop seguía en el servidor de Holanda. Hizo doble clic y abrió una copia exacta del disco duro de Mikael Blomkvist. Desde que se había ido de Suecia, hacía ya más de un año, era la primera vez que se metía en su ordenador. Para su satisfacción, advirtió que él todavía no había actualizado la última versión de MacOS, cosa que habría supuesto la eliminación de Asphyxia y la interrupción del pirateo. También constató que debía rediseñar el programa para que una actualización no lo inutilizara.

El volumen del disco duro se había incrementado en casi 6,9 gigabytes desde su última visita. Gran parte del aumento consistía en archivos pdf y documentos en Quark. Estos últimos no ocupaban mucho espacio; las carpetas de fotografías, en cambio, a pesar de estar comprimidas, sí. Al parecer, desde que había vuelto como editor responsable, había empezado a archivar una copia de cada número de Mille

Ordenó el disco duro en orden cronológico, con los documentos más viejos en primer lugar, y reparó en que, durante los últimos meses, Mikael se había centrado principalmente en una carpeta titulada «Dag Svensson» que, al parecer, se trataba de un proyecto de libro. Luego abrió el correo de Mikael y repasó detenidamente la lista de direcciones de su correspondencia.

Una dirección la sobresaltó. El 26 de enero Mikael había recibido un correo de esa Harriet Vanger de los Cojones. Lo abrió y leyó unas breves líneas referentes a una futura junta anual de Mille

Lisbeth asimiló la información. Luego se encogió de hombros y descargó el correo de Mikael Blomkvist, el manuscrito del libro de Dag Svensson, cuyo título provisional era Las sanguijuelas y su subtítulo Los pilares sociales de la industria de las putas. También encontró una copia de una tesis doctoral titulada From Russia with Love, escrita por una mujer llamada Mia Bergman.

Se desconectó, se dirigió a la cocina y conectó la cafetera eléctrica. Luego se sentó en el nuevo sofá del salón con su PowerBook. Abrió la pitillera que le había regalado Mimmi y encendió un Marlboro Light. El resto de la noche lo pasó leyendo.

A las nueve ya había terminado de leer la tesis de Mia Bergman. Pensativa, se mordió el labio.

A las diez y media ya había leído el libro de Dag Svensson. Se dio cuenta de que, dentro de poco, Mille

A eso de las once y media estaba llegando al final de los correos de Mikael Blomkvist cuando, de repente, se incorporó y abrió los ojos de par en par.

Un escalofrío le recorrió la espalda.

Se trataba de un correo de Dag Svensson a Mikael Blomkvist.

Svensson mencionaba que estaba dándole vueltas a la posibilidad de que un tal Zala, un gánster de un país del Este, constituyera un capítulo propio, pero era consciente de que faltaba poco tiempo para la fecha de entrega. Mikael no había contestado.

«Zala.»

Petrificada, Lisbeth se quedó pensando hasta que apareció el salvapantallas.

Dag Svensson dejó de lado su cuaderno y se rascó la cabeza. Meditabundo, contempló la única palabra escrita en la parte superior de la página. Cuatro letras. «Zala.»

Desconcertado, se pasó tres minutos dibujando una serie de círculos concéntricos alrededor del nombre. Luego se levantó y fue a la pequeña cocina a por una taza de café. Miró de reojo su reloj y constató que ya era hora de irse a casa a descansar, pero había descubierto que se encontraba a gusto en la redacción de Mille

Zala.

Hasta ese momento, se había mostrado impaciente por terminar el manuscrito y publicar el libro. Ahora, de repente, deseaba tener más tiempo.

Reflexionó sobre el informe de la autopsia que el inspector Gulbrandsen le había dejado leer. Irina P. fue encontrada en el canal de Södertälje. Había sido objeto de una extrema violencia y presentaba contusiones en la cara y el tórax. La muerte se produjo por rotura del cuello pero, como mínimo, dos de sus otras lesiones también eran letales. Tenía seis costillas rotas y el pulmón izquierdo perforado. El bazo estaba destrozado como consecuencia de una grave contusión. Los daños eran difíciles de interpretar. El médico forense había lanzado la teoría de que habían usado una maza de madera envuelta en tela. No se podía explicar qué motivos tendría el asesino para envolver una maza de madera en una tela, pero las contusiones no coincidían con ninguna de las características de las armas habituales.

El crimen seguía sin resolverse y, a Guldbrandsen, las posibilidades de hacerlo no se le antojaban muy elevadas.

En el material reunido por Mia Bergman a lo largo de los últimos años, el nombre de Zala aparecía en cuatro ocasiones, pero siempre manteniéndose al margen, como un escurridizo fantasma. Nadie sabía quién era, ni siquiera si existía. Algunas de las chicas habían hablado de él como una amenaza no definida que constituía un peligro para las desobedientes. Había dedicado una semana a averiguar más sobre Zala preguntando a policías, periodistas y otras fuentes relacionadas con el comercio sexual.

Había vuelto a contactar con el periodista Per-Åke Sandström, al que pensaba denunciar despiadadamente en el libro. A esas alturas, Sandström ya había empezado a darse cuenta de la gravedad de la situación. Le suplicó a Dag Svensson que tuviera compasión. Le ofreció dinero. Dag Svensson no tenía intención alguna de renunciar a ponerlo en evidencia. En cambio, usó su poder para presionar a Sandström y obtener información sobre Zala.